FRASES PARA REFLEXIONAR

La reflexión de ‘El Principito’ sobre el crecimiento personal: «Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio»

Frase de 'El Principito'
'El Principito'.
Elena García

En el capítulo X de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry construye uno de los encuentros más ingeniosos del libro. El principito llega a un asteroide habitado por un rey que, encantado de tener por fin un súbdito, le ofrece el cargo de ministro de justicia. El principito señala el problema evidente: no hay nadie más en ese planeta. ¿A quién juzgaría? El rey, lejos de achicarse, le da una respuesta que resume en dos frases algo que la filosofía lleva siglos intentando explicar: «Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo que juzgar a los demás. Si logras juzgarte bien a ti mismo eres un verdadero sabio».

El contexto importa, y mucho. El rey de ese asteroide no es un personaje que Saint-Exupéry dibuje con simpatía. Es un monarca que gobierna sobre la nada, que da órdenes a las estrellas para que salgan a la hora en que habrían salido de todas formas, y que confunde el control ilusorio con el poder real. Es, en suma, un retrato de la vanidad adulta en estado puro. Y sin embargo, en medio de esa caricatura, el autor le pone en la boca una de las reflexiones más certeras de todo el libro. Esa es la habilidad de Saint-Exupéry: hacer que la verdad aparezca donde menos se la espera.

¿Por qué es tan difícil juzgarse a uno mismo? La respuesta más inmediata es también la más honesta: porque duele. Cuando uno evalúa a los demás, activa desde una posición cómoda y externamente segura. No hay nada en juego para quien juzga, salvo quizás la reputación de ser justo o perspicaz. Pero cuando uno vuelve la mirada hacia sí mismo, lo que encuentra no es un extraño sino alguien a quien lleva toda la vida queriendo bien, justificando, protegiendo. Los mecanismos de defensa que la psicología ha descrito durante décadas – la negación, la racionalización, la proyección – existen precisamente para que esa mirada interior sea lo más indolora posible, aunque con ello también sea lo más inexacta.

La proyección merece especial atención aquí, porque conecta directamente con lo que la frase señala. Criticar a los demás es, muchas veces, una forma indirecta de no criticarse a uno mismo. Se juzga en el otro lo que uno no está dispuesto a ver en sí mismo. El que critica sin descanso la deshonestidad ajena rara vez se pregunta en qué medida es él también deshonesto. El que condena la cobardía del prójimo no siempre está dispuesto a medir la suya. Juzgar hacia fuera es, en ese sentido, más sencillo no solo porque es menos doloroso, sino porque cumple una función: desviar la atención.

Que la sabiduría comienza por el autoconocimiento no es una idea nueva. Sócrates lo formuló hace veinticinco siglos con la famosa inscripción del templo de Delfos: conócete a ti mismo. Las tradiciones budistas llevan milenios señalando que la fuente del sufrimiento está en la incapacidad de verse a uno mismo con claridad. La psicología moderna ha construido sobre eso el concepto de metacognición: la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento, de observar los propios procesos mentales desde cierta distancia. Todas estas tradiciones, tan distintas entre sí, apuntan al mismo sitio que apunta el rey del asteroide en El Principito: que conocerse bien es difícil, que requiere esfuerzo sostenido, y que quien lo logra alcanza algo que merece llamarse sabiduría.

Lo que hace la frase de Saint-Exupéry especialmente valiosa no es que diga algo nuevo, sino que lo dice de una manera que no requiere erudición para entenderse. No hace falta haber leído a Sócrates ni conocer los términos de la psicología cognitiva. Basta con haber tenido alguna vez la sensación de que era mucho más sencillo señalar los fallos del otro que asumir los propios. Esa sensación es universal, y la frase la nombra con una sencillez y una precisión que pocas veces se encuentran juntas.

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