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Psicología

La psicología sugiere que la parte más solitaria del envejecimiento no es estar solo, sino darse cuenta de que algunas amistades no sobreviven cuando uno deja de tomar la iniciativa

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Normalmente, se asocia el envejecimiento con la soledad, pero no tiene por qué ser necesariamente así. Sin embargo, sí es cierto que las relaciones cambian con el paso de los años. Las obligaciones laborales desaparecen tras la jubilación, los hijos hacen su propia vida y muchas de las circunstancias que durante décadas mantuvieron un determinado estilo de vida dejan de existir. Es entonces cuando algunas amistades empiezan a espaciarse. Primero pasan semanas sin hablar. Después meses. Hasta que llega un momento en el que una persona se pregunta qué ocurriría si dejara de ser ella quien llama, escribe o propone quedar.

Desde la perspectiva psicológica, uno de los aspectos más destacados de esta sensación de soledad es que simplemente no ocurre nada. No existe un conflicto, pero nadie pregunta cómo estás o propone un café. Y esa ausencia puede revelar algo que durante años había permanecido oculto: quizá aquella relación dependía mucho más de una sola persona de lo que parecía. Durante la juventud y buena parte de la vida adulta, mantener determinadas amistades resulta relativamente sencillo, ya que las personas coinciden en la universidad o en el trabajo. Pero cuando esas estructuras desaparecen, las amistades necesitan algo diferente: intención.

La razón por la que algunas amistades no sobreviven durante la vejez

Una investigación llevada a cabo por la Universidad de Aalto, en Finlandia, y la Universidad de Oxford, en Reino Unido, y cuyos resultados fueron difundidos por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), apunta a que el número de conexiones sociales alcanza su punto máximo alrededor de los 25 años. Los investigadores señalan que durante la juventud tendemos a ampliar progresivamente nuestro círculo de relaciones hasta llegar a esa edad, momento a partir del cual comienza un descenso gradual. Después de los 25, y de forma más evidente a partir de los 30, la red de amistades se va reduciendo poco a poco, en parte porque las obligaciones laborales y personales hacen que dispongamos de menos tiempo para mantener el contacto con otras personas.

«A veces un periodo de transición en la vida nos brinda la oportunidad de dejar atrás personas con las que no tenías tanta afinidad, relaciones que manteníamos por una simple cuestión de proximidad pero que no nos aportaban nada emocionalmente. Nuestras prioridades cambian con el tiempo. A veces puede parecernos raro seguir yendo de bares con nuestros amigos solteros cuando ya no tenemos interés en conocer a parejas potenciales, o tal vez ya no nos apetezca hablar de qué vamos a ponernos para ir a tal o cual fiesta o del nuevo gimnasio que acaban de abrir cuando nos hemos pasado la noche en vela tratando de calmar a nuestro recién nacido», explica Andrea Bonior, psicóloga clínica, a Vice.

La psicología ha estudiado ampliamente la importancia de las relaciones sociales para el bienestar durante el envejecimiento, ya que proporcionan apoyo emocional, compañía y un sentimiento de pertenencia. Sin embargo, es fundamental entender la diferencia entre tener contactos sociales y sentirse conectado con otras personas. Precisamente, uno de los aspectos más interesantes de la soledad es que no depende únicamente del número de personas que rodean a una persona, sino de la calidad de los vínculos y de la percepción de conexión.

Esto adquiere especial relevancia durante la vejez porque las fuentes habituales de interacción social empiezan a desaparecer. En primer lugar, la jubilación reduce drásticamente el contacto diario con compañeros. Más adelante, los cambios de residencia pueden alejar a los amigos. Asimismo, los problemas de movilidad pueden dificultar los encuentros.

A todo ello se suma un fenómeno menos visible: las amistades que se mantienen durante años por inercia es muy probable que no sobrevivan cuando desaparece la situación que las sostenía. Dos personas que durante décadas han sido inseparables porque trabajaban juntas pero, cuando una se jubila y la otra sigue trabajando, la relación cambia. De la misma manera, dos vecinos pueden haber hablado todos los días durante años y dejar de hacerlo después de una mudanza.

Pero, ¿qué explica que el número de amistades tienda a disminuir con el paso de los años? Jeffrey Hall, profesor de Comunicación de la Universidad de Kansas, señala que uno de los principales factores es la falta de tiempo, especialmente a partir de la treintena. Según explica, este elemento puede ser tan determinante como la propia afinidad entre las personas. Hall estima que hacen falta unas 90 horas de interacción para que un conocido llegue a convertirse en amigo y alrededor de 200 horas para que esa relación alcance un grado de verdadera intimidad. Sin embargo, las responsabilidades laborales, familiares y personales dejan cada vez menos margen para invertir ese tiempo en construir nuevas amistades o mantener las que ya existen.

Finalmente, la psicología recuerda que durante la vejez se pueden construir nuevas relaciones y cuidar las que verdaderamente importan. Quizá esa sea una de las formas más maduras de entender esta etapa de la vida: no aferrarse a todas las relaciones del pasado, sino aprender a reconocer cuáles merece la pena seguir cuidando.