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Psicología

La psicología sugiere que los niños nacidos entre 1959 y 1970 no se hicieron fuertes por el tipo de crianza, sino porque tuvieron que aprender a controlar sus emociones

Durante años se ha repetido una idea bastante extendida: que los niños que crecieron en las décadas de 1960 y 1970 eran «más duros» porque tuvieron una infancia más exigente. Más calle, menos supervisión y más responsabilidades desde pequeños. Sin embargo, la psicología actual matiza bastante esa visión. Ni toda una generación se volvió más fuerte, ni una crianza más estricta enseña por sí sola a gestionar las emociones. De hecho, muchos expertos señalan justo lo contrario.

Es cierto que muchos niños de esa época crecieron con más autonomía. Pasaban más tiempo fuera de casa, resolvían conflictos sin la intervención inmediata de un adulto y asumían tareas domésticas desde edades tempranas. Ese contexto pudo favorecer habilidades prácticas, como saber apañarse solo, tomar decisiones rápidas o adaptarse a situaciones nuevas. Pero eso no equivale necesariamente a ser más resiliente. La resiliencia no es un rasgo fijo ni algo que dependa sólo de la dificultad sino que es una capacidad que se construye con el tiempo y que está influida por varios factores como el entorno familiar, los vínculos afectivos, el temperamento o incluso las oportunidades sociales. De hecho, diferentes investigaciones señalan que el apoyo social, la autoestima y la salud mental tienen un papel clave en ese proceso. Es decir, no basta con enfrentarse a problemas para desarrollar fortaleza emocional.

La psicología sugiere que los niños nacidos entre 1959 y 1970 no se hicieron fuertes por el tipo de crianza

Aunque hay elementos comunes en la infancia de esas décadas, no todos los niños vivieron lo mismo ni obtuvieron los mismos resultados. Entre las experiencias más habituales estaban:

Todo esto podía fomentar independencia, pero también podía generar situaciones de desprotección en algunos casos. Por eso, la psicología insiste en evitar generalizaciones, dado que no hay una única forma de crecer ni un modelo que funcione igual para todos.

¿Aprender solo ayuda a gestionar mejor las emociones?

Según explica la psicología, la regulación emocional no consiste únicamente en aguantar o salir adelante por cuenta propia sino que implica reconocer lo que uno siente, entenderlo y saber cómo responder. Y aquí entra un punto clave: estas habilidades se desarrollan en relación con otros. Los niños aprenden a identificar emociones observando a los adultos, escuchando cómo se nombran y recibiendo ayuda para gestionarlas. Según diversas revisiones científicas, el papel de padres y cuidadores es fundamental en este proceso. No se trata solo de dar libertad, sino de acompañar.

Tres formas de reaccionar ante la dificultad

Desde fuera, algunos comportamientos pueden parecer similares. Pero no lo son por dentro.

Esta diferencia es importante, porque explica por qué no toda independencia se traduce en salud emocional.

Una crianza más estricta no garantiza fortaleza

Otro mito bastante extendido es que una educación más dura o exigente genera automáticamente adultos más fuertes. La evidencia científica no lo respalda. Las prácticas de crianza positivas, con apoyo, límites claros y comunicación, se asocian con una mayor resiliencia. En cambio, el estrés familiar, las amenazas o la dificultad de los adultos para gestionar sus propias emociones pueden tener el efecto contrario.

De este modo la adversidad puede generar aprendizaje, sí, pero también puede aumentar la vulnerabilidad. De hecho, muchos adultos han aprendido a funcionar a pesar de lo que vivieron, no necesariamente gracias a ello.

Qué pueden aprender los padres actuales

Más que replicar modelos del pasado, la psicología actual apunta a encontrar un equilibrio. Dar autonomía sigue siendo importante y permitir que los niños tomen decisiones, se equivoquen o afronten pequeños retos forma parte del aprendizaje, pero eso no implica desaparecer.

Organismos como UNICEF recomiendan combinar libertad con presencia emocional. Es decir, dejar espacio, pero estar disponibles y algunas claves prácticas son:

¿Qué hace realmente a un niño resiliente?

No hay una única respuesta. Pero sí hay un patrón que deja claro que los niños desarrollan resiliencia cuando pueden enfrentarse a desafíos sin perder el apoyo emocional. Cuando hay dificultades, pero también vínculos seguros. Las infancias de los años 60 y 70 ayudan a entender cómo la autonomía puede influir en el desarrollo. Pero también recuerdan algo importante: no todo lo que parece fortaleza lo es. El reto hoy entonces no es volver atrás, sino quedarse con lo que funciona, es decir, libertad y acompañamiento.