En Alemania los padres millennials están recuperando tendencias de crianza de hace 30 años y la psicología lo avala porque hace a los niños más resilientes
Un tipo de crianza basado en menos pantallas, más tiempo al aire libre y una infancia con mayor autonomía
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Menos pantallas, más tiempo fuera de casa y una infancia con bastante más margen de maniobra. Lo que hace no tanto se daba por superado, incluso como algo desfasado, está empezando a volver con fuerza entre muchos padres millennialsen Alemania. Y no es una moda puntual ni una reacción improvisada, sino una forma de responder a una inquietud muy concreta: hasta qué punto el exceso de estímulos digitales está afectando al desarrollo de los niños.
Para quienes crecieron en los años noventa, ese modelo no suena extraño. Era lo normal salir solo al parque, pasar horas sin supervisión constante o no tener acceso a tecnología hasta bastante más tarde. Esa experiencia, que muchos recuerdan como una infancia más libre, es la que ahora se intenta recuperar, aunque con matices, en un contexto completamente distinto. En ese marco aparece lo que algunos especialistas llaman «crianza retro», un término que puede resultar engañoso si se interpreta como una vuelta literal al pasado. Pero en realidad, lo que plantean muchos expertos es otra cosa: recuperar ciertas dinámicas que funcionaban bien, limitar la exposición digital en edades tempranas y devolver a los niños espacios que hoy han quedado reducidos o directamente desaparecidos.
En Alemania los padres millennials están recuperando tendencias de crianza de hace 30 años
Uno de los puntos en los que más insisten los especialistas es en el desequilibrio actual entre consumo digital y experiencia real. La disponibilidad constante de contenido, accesible en segundos desde cualquier dispositivo, ha cambiado por completo la forma en la que los niños se relacionan con el entorno.
En este sentido, la llamada «dieta mediática» de los años noventa resulta, según varios expertos, más ajustada al desarrollo infantil. No porque fuera perfecta, sino porque existían límites claros. La televisión tenía horarios, los videojuegos no estaban disponibles en cualquier momento y el acceso a dispositivos personales llegaba mucho más tarde. Ese ritmo, aunque no se diseñó con intención pedagógica, encajaba mejor con los tiempos de maduración. El problema actual no es sólo la cantidad de estímulos, sino su inmediatez. Cuando todo está disponible al instante, la capacidad de espera se reduce, y con ella también la curiosidad sostenida. Es decir, el niño obtiene respuesta antes incluso de formular la pregunta, y eso tiene consecuencias en cómo desarrolla el interés por aprender.
La importancia del aburrimiento y del juego sin estructura
Uno de los elementos que más cuesta aceptar a muchos padres es el papel del aburrimiento. Durante años se ha intentado eliminarlo llenando el tiempo de actividades, tareas o entretenimiento constante. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo se empieza a ver justo al contrario y se deja claro que el aburrimiento no es un fallo del sistema, es parte del proceso. Es el momento en el que el niño se ve obligado a inventar, a buscar alternativas, a generar ideas propias. Cuando ese espacio desaparece porque siempre hay una pantalla disponible, también desaparece esa oportunidad.
Algo parecido ocurre con el juego libre. No estructurado, sin reglas impuestas desde fuera, sin objetivos concretos. Ese tipo de juego, que era habitual hace décadas, ha ido perdiendo peso frente a actividades dirigidas. Y, sin embargo, es ahí donde se desarrollan muchas habilidades sociales y cognitivas que no se adquieren de otra manera.
Afrontar pequeñas dificultades es clave para la resiliencia
Otro de los puntos que explican este cambio de enfoque tiene que ver con la resiliencia. La tendencia a evitar cualquier frustración en la infancia ha generado, según muchos especialistas, un efecto contrario al deseado.
Resolver conflictos, equivocarse, enfrentarse a pequeñas dificultades sin intervención inmediata del adulto forma parte del aprendizaje. No se trata de dejar al niño solo, sino de no anticiparse constantemente a cualquier problema. Esa diferencia, que puede parecer menor, cambia por completo la forma en la que el menor desarrolla su autonomía. En este sentido, el modelo de los años noventa ofrecía más margen. Había más libertad, pero también más exposición a situaciones cotidianas que obligaban a reaccionar. Esa experiencia acumulada es la que muchos padres intentan recuperar ahora, conscientes de que no todo puede estar controlado.
Los límites de copiar el pasado sin adaptarlo al presente
Aun así, los expertos insisten en que este enfoque tiene riesgos si se aplica sin contexto. Idealizar los años noventa puede llevar a olvidar que también había aspectos mejorables, especialmente en cuestiones sociales. Desde entonces, se han producido avances importantes en igualdad, inclusión o conciencia medioambiental que forman parte del presente y que no pueden dejarse de lado. La clave no está en reproducir un modelo antiguo, sino en seleccionar qué elementos siguen siendo útiles.
Además, hay un factor social que pesa cada vez más. En entornos donde la mayoría de los niños tiene acceso temprano a dispositivos, limitar ese acceso puede generar diferencias difíciles de gestionar. No es sólo una decisión familiar, también es una cuestión de integración en el grupo.
Por último, algunos especialistas prefieren evitar el término «crianza retro» y hablar de un enfoque más orientado al futuro. La idea no es renunciar a la tecnología, sino introducirla en el momento adecuado y con un uso más consciente.
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