La psicología dice que los padres que guardan tuppers de comida a sus hijos independizados no son protectores, más bien les ayuda a lidiar con el «síndrome del nido vacío»
La psicología explica dónde está el límite entre cuidar y controlar cuando los hijos se independizan
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Tener hijos independizados no implica el que los padres dejen de querer cuidarles. Y una de las costumbres que no desaparecen cuando un hijo se va de casa, es prepararles algo de comida o de hecho cocinar de más para que, aprovechando la visita para comer el domingo, se lleve un tupper con las sobras. Es algo que todos los padres han hecho alguna vez. Sin embargo, algunos lo hacen siendo más que conscientes, por lo que la psicología ha querido explicar el porqué de esta conducta y cómo se relaciona con el llamado «síndrome del nido vacío».
La relación con los hijos continúa después de la emancipación y también pueden mantenerse algunas de las formas de cuidado que existían cuando todos vivían bajo el mismo techo. Pero otra cosa es que los padres no consigan aceptar que su hijo ya es adulto. Ahí pueden empezar los problemas ya que algunos progenitores se vuelven demasiado «absorbentes» cuando sus hijos alcanzan la edad de independizarse. Y no se trata precisamente (o solamente) de prepararles comida va mucho más allá.
La psicología y el «síndrome del nido vacío»
Una madre puede cocinar para su hija de 30 años sin pretender decidir qué hace con su vida. Del mismo modo, unos padres pueden ayudar económicamente a un hijo en un momento determinado sin exigir a cambio participar en todas sus decisiones. La sobreprotección en cambio aparece en otro terreno. Uno de los problemas, de los que habla el portal Psicología y Mente es la falta de privacidad que adquiere especial importancia desde la pubertad y, evidentemente, continúa durante la edad adulta.
La cuestión puede resultar todavía más complicada cuando los hijos adultos siguen viviendo en casa de sus padres. Es una situación bastante habitual cuando no disponen de recursos suficientes para emanciparse. Compartir vivienda, sin embargo, no significa que los padres puedan entrar constantemente en sus espacios privados o controlar lo que hacen. Y también, algo parecido ocurre con los consejos. Hay padres que consideran que su papel sigue siendo orientar a sus hijos en prácticamente cualquier decisión, incluso cuando éstos llevan años siendo adultos.
Y eso puede terminar provocando el efecto contrario al que buscan. Según explica el portal especializado, algunos hijos llegan a sentir vergüenza cuando perciben que sus padres quieren estar presentes en todos los aspectos de su vida. Incluso pueden evitar determinadas interacciones delante de amigos o de su pareja.
Qué ocurre cuando los hijos se marchan de casa
La emancipación también supone un cambio para quienes se quedan. Durante años, buena parte de las rutinas familiares han girado alrededor de los hijos: horarios, comidas, estudios, compras, médicos, actividades o simplemente saber a qué hora regresarán. Pero de un día para otro esas obligaciones desaparecen y es entonces cuando se produce el llamado «síndrome del nido vacío». No afecta de la misma manera a todos los padres ni implica necesariamente un problema psicológico, pero puede ir acompañado de tristeza, soledad o dificultad para acostumbrarse a una casa en la que ya no viven los hijos.
Es fácil entender, por tanto, que algunas costumbres permanezcan. Cocinar más cantidad para que el hijo se lleve comida cuando vaya de visita puede ser simplemente una manera de conservar una dinámica familiar que resulta agradable para ambas partes. Y cuando se dan este tipo de situaciones, el límite vuelve a estar en la autonomía. Una cosa es preguntar «¿quieres llevarte esto?» y otra muy diferente asumir que el hijo sigue necesitando que sus padres organicen su alimentación, su casa, sus relaciones o sus decisiones.
Cómo poner límites a unos padres demasiado absorbentes
Cuando esa ayuda empieza a resultar incómoda lo que mejor es hablarlo. Una de sus principales pautas es practicar la asertividad, aunque los padres lleven años comportándose de la misma manera. No hace falta convertir la conversación en un reproche sino que se puede agradecer lo que han hecho durante la crianza y, al mismo tiempo, dejar claro que determinadas decisiones corresponden ahora al hijo.
Por otro lado, los psicólogos proponen también establecer normas concretas cuando sea necesario. Si un adulto trabaja desde casa y vive con sus padres, por ejemplo, se puede acordar que no entren en la habitación o el despacho durante su jornada laboral. Cuanto más claro sea el límite, más sencillo será saber si se está respetando. También se aconseja evitar las conversaciones importantes cuando el enfado ya es demasiado elevado. En ese momento puede ser preferible dejar el asunto y retomarlo después, siempre que esa pausa no se convierta en una forma de evitar definitivamente el problema. Y si la situación se mantiene y afecta seriamente a la relación, la terapia familiar es otra de las alternativas.
Al final, hemos de tener claro que preparar un tupper de comida para un hijo que ya se ha independizado puede seguir siendo exactamente eso: preparar comida. No todas las atenciones esconden un intento de control ni hay que interpretar cualquier ayuda como sobreprotección. Lo importante empieza después: si ese hijo puede decir que no quiere el tupper, tomar sus propias decisiones y organizar su vida sin que hacerlo se convierta en un conflicto familiar.
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