Psicología

La psicología confirma que las personas que no tiran nada no tienen problemas para desprenderse, sino que viven en el ‘por si acaso’

Psicología y personas que no tiran nada
Janire Manzanas
  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

Hay personas incapaces de desprenderse de viejos cuadernos, regalos olvidados en un cajón, folletos de viajes o incluso aparatos que llevan años sin funcionar. No hablamos de quienes acumulan objetos de forma compulsiva sino de aquellos que conservan aquellos que les recuerdan momentos importantes de su vida.

Porque, detrás de esta conducta no siempre hay apego excesivo; en muchos casos responde a una forma de entender los objetos como «contenedores de recuerdos y experiencias» que van mucho más allá de su utilidad práctica.

¿Por qué hay personas que no tiran nada?

Leticia Martín Enjuto, psicóloga colaboradora de Cuerpomente, explica lo siguiente: «Quienes conservan objetos de este tipo suelen proyectarse constantemente hacia escenarios futuros, imaginando posibles situaciones donde aquello que hoy parece inservible podría volver a tener utilidad. No se trata únicamente de acumular, sino de reducir la incertidumbre que produce la posibilidad de necesitar algo y no tenerlo.

Esta conducta responde a un «mecanismo psicológico estrechamente relacionado con la percepción del riesgo y la anticipación. Algunas personas experimentan mayor incomodidad ante la idea de perder oportunidades o enfrentarse a situaciones imprevistas sin recursos disponibles. Guardar objetos se convierte, en cierto modo, en una estrategia silenciosa para aumentar la sensación de seguridad».

En este contexto, «conservar ciertas pertenencias puede representar mantener una conexión con versiones pasadas de uno mismo, con personas significativas o con momentos concretos de la propia historia. Tirarlos, en algunos casos, puede sentirse emocionalmente más complejo de lo que parece».

Desde la perspectiva psicológica, los objetos no siempre son simplemente objetos; en algunos casos, también funcionan como marcadores identitarios, y desprenderse de ello se puede considerar una forma de pérdida simbólica. Todo ello contribuye a que algunas personas desarrollen una especial sensibilidad hacia el valor potencial de las cosas.

Pensamiento anticipatorio

Quienes no tiran nada suelen ser personas con una marcada tendencia a prever necesidades futuras; imaginan escenarios en los que aquello que hoy parece innecesario podría volver a ser útil, por lo que conservar ciertos objetos les aporta una sensación de seguridad y control frente a la incertidumbre.

El pensamiento anticipatorio no consiste en predecir el futuro, sino en prepararse para él. Cuando pensamos en lo que puede ocurrir mañana, no estamos intentando anticiparlo que va a suceder; en realidad, el pensamiento anticipatorio implica una capacidad de adaptación al futuro, un rasgo propio de la inteligencia humana.

En nuestro intento por manejar la ambigüedad y la incertidumbre, el cerebro tiende de forma natural a imaginar posibles escenarios y a preguntarse cómo responderíamos ante ellos. Al detectar riesgos, problemas o posibles amenazas, se activa ese esfuerzo cognitivo que permite trazar planes, anticipar respuestas, diseñar estrategias y facilitar la resolución de problemas.

Nostalgia

Durante años, la nostalgia se ha interpretado como una emoción asociada a la tristeza o a la dificultad para aceptar el presente. Sin embargo, investigaciones más recientes han matizado esta visión.

Diversos estudios han mostrado que recordar experiencias positivas del pasado puede favorecer el bienestar emocional, aumentar la sensación de seguridad y reforzar el sentimiento de pertenencia. En este sentido, abrir una caja llena de recuerdos infantiles no implica necesariamente permanecer anclado al pasado.

Por el contrario, los expertos señalan que muchas personas recurren a estos objetos como una forma de regular su estado de ánimo y reconectar con vivencias significativas. De hecho, algunos investigadores han descrito la nostalgia como un “recurso psicológico” con potenciales beneficios emocionales.

Memoria y emociones

Los psicólogos señalan que las personas que conservan recuerdos de la infancia de sus hijos suelen otorgar un valor especial a las vivencias emocionales y a los lazos familiares. Estos objetos actúan como anclas emocionales que permiten reconstruir escenas, conversaciones y momentos que el paso del tiempo tiende a difuminar.

Además, ayudan a sostener la sensación de continuidad personal, al facilitar el vínculo entre el presente y etapas anteriores de la vida, algo que muchas personas consideran clave para comprender su propia historia y la evolución de su familia.

Esta idea fue respaldada por una investigación realizada en 1981 por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi y el sociólogo Eugene Rochberg-Halton, de la Universidad de Chicago. Tras analizar numerosos hogares, comprobaron que los objetos más valorados por las familias rara vez eran los más caros. Por el contrario, predominaban aquellos ligados a recuerdos personales y vínculos afectivos, como fotografías, juguetes antiguos, regalos hechos a mano o manualidades infantiles.

Finalmente, la psicóloga explica: «Es importante diferenciar entre una tendencia a conservar objetos y situaciones donde la acumulación genera malestar significativo o afecta la vida cotidiana. Guardar cosas por razones emocionales o preventivas no implica automáticamente un problema psicológico. La clave está en el impacto que esa conducta tiene sobre el bienestar y el funcionamiento diario».

Mientras el hecho de conservar estos objetos no tenga consecuencias emocionales negativas, no hay nada problemático en guardar recuerdos. Sin embargo, cuando la acumulación empieza a interferir en el día a día, es momento de considerar la posibilidad de pedir ayuda.

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