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En el mundo existen más de 2.000 variedades de queso, cada una con sus propias características, aunque todas tienen algo en común: requieren de unas adecuadas condiciones de conservación para disfrutar de su textura y sabor. Hay quienes creen que guardar el queso en un envase cerrado es un gran idea, pero lo cierto es que no lo es, según advierten los expertos. La razón es que el queso necesita oxígeno para conservarse adecuadamente.
Tampoco es recomendable dejarlo a temperatura ambiente porque, en contacto con el calor, tiende a sudar. Esto hace que el queso pierda grasa y, como resultado, cambia su textura y sabor. Por este motivo, para mantener sus propiedades, lo mejor es meterlo en la nevera, sobre todo si se trata de un queso de pasta blanda, como el brie o el camembert.
¿Cómo conservar el queso?
El envoltorio original y el papel film son los mejores métodos para conservar el queso. Es importante que quede muy ajustado para evitar que se forme una cámara de aire entre el queso y el envoltorio que favorezca la proliferación de bacterias.
También se puede utilizar papel de horno para evitar que adquiera algún sabor u olor de otro alimento que haya en la nevera. Antes de comerlo, hay que dejar el queso a temperatura ambiente durante al menos media hora.
Si el queso que quieres conservar lleva moho en la superficie, lo mejor es envolverlo en un trapo de algodón previamente humedecido en agua salada. Este es un método de conservación que se lleva utilizando desde la antigüedad, y resulta muy efectivo.
¿Se puede congelar el queso? La respuesta es sí, aunque no es aconsejable hacerlo. El motivo es que al descongelarlo perderá no solo sabor, sino también textura. Si se trata de un queso de pasta dura, a la hora de cortarlo se desmenuzará. Y si es un queso de pasta blanda, se volverá granuloso.
Truco de la mantequilla
El mejor aliado para proteger el queso de la proliferación de bacterias es la mantequilla. Lo único que hay que hacer es aplicar una capa de mantequilla por el exterior del queso. De esta forma, se evita que los bordes se endurezcan y, además, no aparecerá el temido moho.
Este truco es tan sencillo como efectivo, pero hay que tener en cuenta que cada vez que se parta un trozo de queso, será necesario aplicar una nueva capa de mantequilla sobre la superficie que queda a la intemperie.
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