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Reflexión

El lema vital de Félix Rodríguez de la Fuente, divulgador español: «En la vida nunca se puede decir adiós, pues formamos parte de un universo que se reconstruye a sí mismo»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Bastan unos pocos compases de la sintonía de Antón García Abril para que varias generaciones de españoles vuelvan a verse frente al televisor, con un lobo en la pantalla y una voz grave que lo contaba todo. Esa voz era nada más y nada menos que la de Félix Rodríguez de la Fuente, que convirtió la fauna ibérica en un asunto de interés nacional cuando casi nadie hablaba de ella.

Y no se puede desarrollar un artículo de este documentalista sin antes admitir que también era un flamante pensador. Le preocupaban el consumo desmedido, la pérdida de especies y el rumbo de una humanidad que había olvidado de dónde venía. Muchas de esas ideas quedaron recogidas en textos e intervenciones rescatados décadas después, y una de ellas será abordada aquí.

Ahondando en el lema vital de Félix Rodríguez de la Fuente: «En la vida nunca se puede decir adiós»

La reflexión completa dice así: «Me toca decirles nuevamente no adiós, sino hasta luego. Creo que, en la vida, nunca se puede decir adiós, pues formamos parte de un universo que se reconstruye a sí mismo… Somos eslabones en una larga cadena cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y cuyo fin está todavía por forjar».

Es, en pocas líneas, toda una filosofía sobre la vida y la muerte. Las palabras arrancan con una fórmula de despedida dirigida a su público, en el tono cercano que usaba en sus programas.

El texto figura entre las reflexiones reunidas en Félix. Un hombre en la tierra (GeoPlaneta), un libro publicado en 2020 con motivo del 40 aniversario de su muerte y elaborado con la colaboración de su hija Odile, bióloga y también divulgadora.

Cabe remarcar en este marco que la obra en cuestión recoge textos, dibujos y material inédito del naturalista, incluidas transcripciones de sus intervenciones en radio y televisión.

Y junto a esta despedida aparecen otras ideas que hoy se leen con otros ojos, como su defensa de las energías solar, eólica, geotérmica y mareomotriz o su crítica a una cultura volcada en acumular cosas sin pensar en el coste para la Tierra.

Eslabones de una larga cadena: lo que simboliza el «no decir adiós»

Hay algo de consuelo en esa idea. Para el divulgador burgalés, la muerte no suponía un final, sino un cambio de forma: lo que hoy es un cuerpo mañana será tierra, alimento o parte de otro ser vivo.

Dicho esto, su mirada partía de la biología que había observado durante años en el campo, donde nada se pierde del todo y cada materia vuelve a entrar en circulación tarde o temprano.

Y podríamos afirmar desde luego que esa visión explica también su fascinación por los depredadores.

En sus textos describía al lobo o al halcón como piezas de un equilibrio mayor, capaces de mejorar con su presión a las especies que cazaban. Cada criatura cumplía un papel en el conjunto, y el ser humano no era una excepción, aunque a menudo se comportara como si estuviera por encima del resto.

Entonces, pensarse como eslabón obliga a mirar hacia atrás y hacia delante a la vez. Hacia atrás, porque cada persona carga con la herencia de quienes la precedieron; hacia delante, porque sus actos condicionan lo que quedará después.

Quizá por eso insistía en que solo el amor a la naturaleza y la certeza de pertenecer a una comunidad de seres vivos permitirían defender «el único hogar que tenemos», algo que también nos recordaba a menudo el astrónomo estadounidense Carl Sagan.

Conociendo mejor a Félix Rodríguez de la Fuente y sus vivencias

Nació el 14 de marzo de 1928 en Poza de la Sal (Burgos). Estudió Medicina en Valladolid y se especializó en Estomatología en Madrid, donde llegó a ejercer como dentista entre 1958 y 1960. Su verdadera pasión, sin embargo, era la cetrería, y a ella se entregó por completo hasta convertirse en una referencia en la cría y el adiestramiento de halcones.

Su salto a la televisión llegó en los años sesenta y culminó con El hombre y la Tierra (1973-1980), una serie de 124 capítulos que obtuvo, entre otros reconocimientos, el premio Ondas.

En paralelo, condujo durante siete años el programa de radio La aventura de la vida, con más de 350 emisiones, y contribuyó a la protección legal del lobo y del halcón peregrino en España.

Murió el 14 de marzo de 1980, el mismo día en que cumplía 52 años, cuando la avioneta en la que viajaba se estrelló en Shaktoolik (Alaska) durante el rodaje de la carrera de trineos Iditarod.

Con él fallecieron el piloto y dos cámaras de TVE. Sus restos descansan desde 1981 en el cementerio de Burgos, en un panteón diseñado por Miguel Fisac y presidido por una escultura de Pablo Serrano.