Tarjetas de crédito

Los expertos instan a envolver las tarjetas de crédito y débito en papel de aluminio antes de que sea demasiado tarde

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Blanca Espada

Últimamente se ha empezado a ver un consejo que ha llamado bastante la atención ya que consiste en recomendar envolver las tarjetas de crédito o débito en papel de aluminio y por lo visto evitar que te roben los datos. Suena raro, incluso un poco exagerado, pero lo cierto es que tiene una explicación detrás.

Todo tiene que ver con cómo funcionan las tarjetas actuales. La mayoría ya permite pagar sin contacto, simplemente acercándolas al datáfono, algo que usamos casi sin pensar en el día a día. Pero ese gesto tan rápido, que ahorra tiempo en cualquier compra, es precisamente lo que ha generado dudas en algunas personas sobre si realmente es seguro. Y ahí es donde aparece esta recomendación, que mucho puede que vean como un truco que suena algo fantasioso pero tampoco es que sea un mito sin base.

¿Por qué hay que envolver las tarjetas de crédito y débito en papel de aluminio?

Si ya tienes una tarjeta del tipo contactless sabrás que estas se usan sin necesidad apenas de acercarlas un poco al datáfono. Esto es porque funcionan con tecnología RFID, que utiliza ondas de corto alcance para transmitir la información al lector. Es lo que hace posible pagar sin meter la tarjeta ni introducir el PIN en compras pequeñas.

El problema, al menos en teoría, es que alguien podría intentar leer esa señal sin que te des cuenta. Es lo que se conoce como «skimming inalámbrico». en la que con la facilidad para leer datos sin necesidad de acercar la tarjeta, lo que usan es un lector compatible. Y es aquí donde entra el papel de aluminio ya que al ser un material conductor, puede bloquear ese tipo de ondas, algo parecido a lo que ocurre cuando el móvil pierde cobertura en ciertos sitios. Es decir, desde el punto de vista físico, la idea tiene lógica.

De hecho, este mismo principio es el que utilizan algunas fundas o carteras diseñadas específicamente para bloquear señales RFID. No es algo nuevo, aunque ahora se haya popularizado en redes de forma más llamativa.

¿Funciona de verdad o es un mito?

El truco en cuestión funciona, aunque con matices. Organismos como la Comisión Federal de Comercio han reconocido que este tipo de protección tiene base real. Y estudios del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología también van en la misma línea: los materiales conductores pueden bloquear señales electromagnéticas. Es decir, envolver una tarjeta puede dificultar que alguien intente leer sus datos a distancia así que no es un invento ni una creencia sin fundamento. Ahora bien, eso no significa que sea algo imprescindible ni que exista un riesgo elevado en el día a día.

La distancia es el detalle que cambia todo 

Para que alguien pueda leer los datos de una tarjeta sin contacto, tiene que estar muy cerca. No hablamos de varios metros, sino de distancias muy cortas, prácticamente pegado a la persona. Esto limita bastante el alcance real de este tipo de ataques. No es algo que pueda hacerse de forma masiva sin que nadie se dé cuenta, como a veces se sugiere. Por eso, aunque el riesgo existe, es bastante reducido en comparación con otros fraudes mucho más comunes.

Entonces, ¿merece la pena hacerlo?

Envolver la tarjeta en papel de aluminio puede añadir una pequeña capa de protección, eso es cierto. Pero no es algo que la mayoría de personas necesite en su rutina diaria. También hay que tener en cuenta lo poco práctico que resulta. Tener que sacar la tarjeta, quitar el aluminio y volver a guardarla cada vez que se paga no es precisamente cómodo.

Para quien quiera esa seguridad extra, existen alternativas más pensadas para el día a día, como las mencionadas fundas o carteras con bloqueo RFID, que hacen lo mismo pero sin complicaciones. Aun así, incluso sin ese tipo de protección, la mayoría de usuarios no va a tener problemas relacionados con este tipo de robo.

Dónde está el riesgo real

Los expertos suelen insistir en lo mismo y es que el mayor problema no está en que alguien te lea la tarjeta a distancia, sino en cosas mucho más habituales. Por ejemplo, los correos falsos que imitan a bancos, las páginas web fraudulentas donde se introducen datos sin darse cuenta o la clonación de tarjetas tras usarlas en determinados dispositivos. Ese tipo de situaciones son, con diferencia, las que más casos de fraude generan cada año.

Por eso, más que centrarse en soluciones llamativas como el aluminio, lo realmente útil es mantener ciertos hábitos básicos: revisar los movimientos de la cuenta, activar notificaciones en el móvil o no compartir datos en enlaces sospechosos.

Al final lo del papel de aluminio no es un invento sin sentido, sino que tiene lógica, funciona en determinados casos y puede servir como protección adicional. Pero tampoco es una medida imprescindible ni algo que deba preocupar en exceso a la mayoría de personas. El riesgo existe, sí, pero es limitado. De este modo, parece que estamos ante uno de esos consejos que se viralizan porque llaman la atención, pero que necesitan contexto para entenderse bien.

Y como suele pasar en estos casos, la mejor protección sigue siendo la más sencilla: estar atento, usar la tarjeta con normalidad y aplicar un poco de sentido común en el día a día.

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