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De una forma u otra, todos los seres humanos somos supersticiosos en algo. Una cualidad que se puede ver multiplicada en grandes genios, especialmente de las artes. Las manías personales son habituales en las grandes mentes, como algunos de los escritores más reconocidos de todos los tiempos. Suyos son algunos de los mejores textos de los años dorados de la literatura universal. Sin embargo, estamos seguros de que no conocías estas pequeñas rarezas que tenían estos escritores a la hora de crear sus obras.
Edgar Allan Poe
Uno de los maestros del relato corto y especialmente de los cuentos del terror, tenía una manía especial que sacaba de quicio concretamente a sus editores. Y es que tenía la costumbre de escribir sus obras en tiras continuas de papel. Las encadenaba mediante lacre, de forma que formaba rollos interminables y muy incómodos de desplegar a la hora de leerlos.
Stephen King
Es uno de los genios del terror. Casi todas sus novelas son auténticos fenómenos de ventas y la mayoría de ellas han sido llevadas al cine y la televisión. Sin embargo, lo que muy poca gente sabe es que tenía una guerra personal contra los adverbios. Tal y como él mismo ha reconocido, intenta evitarlos a toda costa, llegando a escribir hasta 2.000 palabras al día sin emplear ni uno solo. Considera que le quitan fuerza y calidad a la escritura.
Agatha Christie
Una referencia mundial en las novelas policíacas y de misterio. Agatha tenía la costumbre de cambiar continuamente de lugar en el que escribir. Era incapaz de mantenerse inspirada encerrada siempre en el mismo lugar, por lo que presumía de hacerlo en sitios diferentes constantemente. En diferentes habitaciones de su casa, en un café, en el tren, en hoteles… Ella simplemente se mantenía en movimiento y, cuando le llegaba la inspiración, simplemente se ponía a escribir.
Charles Dickens
Siendo uno de los maestros de la literatura durante la época victoriana inglesa del siglo XIX, tenía una manía con el estilismo del cabello. Era incapaz de concentrarse estando despeinado o con aspecto desarreglado, por lo que siempre debía estar en perfectas condiciones antes de sentarse a traducir la inspiración a palabras. La obsesión llegó a ser tal que se le llegó a diagnosticar trastorno obsesivo-compulsivo con el orden.
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