Vico, filósofo: «Confiar es un acto revolucionario, por eso nos educan para sospechar»
David Pastor Vico cree que "estamos criando niños enfermos"
La desconfianza se ha convertido en un signo de inteligencia. Desconfiar de la política, de los medios, de la pareja, incluso de los amigos. Como si confiar fuera un defecto de fabricación, una ingenuidad provinciana. Y sospechar, en cambio, una forma elegante de estar despierto.
Pero la sospecha permanente no nos ha hecho más lúcidos. Nos ha hecho más solos. David Pastor Vico lo define con una frase que parece grandilocuente hasta que te sientas a pensarla: «Confiar puede ser el gesto más revolucionario del siglo XXI». Porque cuando una sociedad confía, funciona. Y cuando no, se degrada. Vico lo resume con una crudeza que debería incomodar a cualquier político: «Cuanto más se confiaba, mayor salud democrática, menos corrupción política, más inteligencia y más felicidad de la población».
A continuación, remata lo esencial: «Si yo lo que quiero es poder hacer lo que yo quiera, corromperme a mis anchas, lo que necesito es una población más infeliz y además un poquito más estúpida». Es difícil leer eso y seguir creyendo que desconfiar es simplemente una postura personal, una forma inocente de protegerse. La desconfianza no es siempre sólo psicológica: es útil. Sirve. Genera un tipo de individuo perfecto para estos tiempos: aislado, emocional, frágil, fácilmente manejable. «Más polarizados… y además creen que la emoción debe de estar por encima de cualquier uso de la razón».
En esta época, además, la tecnología no nos conecta: «Al algoritmo lo que le interesa es que tú solo tengas contacto con el mundo a través de él».
Lo inquietante es que todo esto también se ha colado en lo íntimo. Hemos llamado «independencia» a no necesitar a nadie; hemos confundido privacidad con blindaje moral; y, en las relaciones, nos cuesta pronunciar la palabra que de verdad sostiene todo: lealtad.
Luego está el asunto más serio: los niños. Dos generaciones criadas sin calle, sin fricción, sin conversación real, sin grupo, sin «aldea». Y Vico se pone serio: «Estamos criando niños enfermos». Su conclusión es políticamente incorrecta porque es moralmente adulta: «Si un adulto quiere desconfiar, que lo que le dé la gana, pero que no joda a su hijo»; que no convierta esa renuncia en herencia.
Quizá Vico tenga razón y seamos más felices confiando en los que no nos han traicionado; sin vivir en guerra con el mundo. Él lo resume con desprecio por el melodrama: «Juzgar a todo el género humano por la traición de una persona es propio de una mente muy débil y muy infantil».
Pues eso, que puede que la verdadera lucidez hoy no sea desconfiar de todo. Salvo de quien ya nos ha demostrado que hay que huir. O como dice él con humor de campo: si parece un ganso, vuela como un ganso entonces sí: era un ganso. Con el resto, atrévete.
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