Cultura

Macarrón advierte de que el suicidio demográfico es la mayor amenaza de los países de Occidente

Alejandro Macarrón cree que es peligroso hablar de pensiones sin saber cómo las haremos sostenibles desde un punto de vista demográfico. Algo fundamental para que puedan seguir existiendo. Cada día nacen menos niños en los países de Occidente. Este ingeniero habla de un «suicidio demográfico». Lo hace sin estridencias ni alarmismo, sólo con la constatación aséptica que ofrecen los datos fríos, el estudio sosegado y las conclusiones basadas en la objetividad.

Prueba de ello es el ensayo ‘Suicidio demográfico en Occidente y medio mundo, ¿a la catástrofe por la baja natalidad?’. Este volumen refleja las «amargas consecuencias» que ya está provocando la baja natalidad. Macarrón no es optimista, lo que resulta aún más duro si tenemos en cuenta la rigurosidad con la que está hecho este libro. Afirma que, de seguir así, nos encaminamos a ese temido «suicidio demográfico».

Macarrón no está solo en su estudio. Dentro de ‘Suicidio demográfico en Occidente y me dio mundo, ¿a la catástrofe por baja natalidad?’ hay prólogos del profesor emérito de la Universidad de Múnich, Hans-Werner Sinn, del economista Joaquín Leguina y del ex ministro de Industria Josep Piqué.

El propio Piqué o el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1992, Juan Velarde, han señalado que es un obra «imprescindible» para entender lo que está sucediendo con el fenómeno de la natalidad en la actualidad. Palabras, apoyos y apariciones que refuerzan aún más el excelente trabajo que por sí mismo ha hecho Alejandro Macarrón.

El director de la Fundación Renacimiento Demográfico lucha y divulga para que no se cumpla uno de sus peores vaticinios: «La mitad de los jóvenes no tendrá ni siquiera un nieto». Insiste en que hablar de las pensiones —a pesar de las subidas circunstanciales dentro de los últimos Presupuestos Generales del Estado— no tiene sentido si no se da con la fórmula humana que las garantice.

Una de sus máximas preocupaciones se centran en evitar lo que ha denominado como la ‘nación infecunda’. Sociedades enteras emparentadas por costumbres, cultura y territorio que, sin embargo, se ven abocadas a perder la población, a envejecer más y más, a empobrecerse en los planos económicos y afectivos y a que su democracia degenere en gerontocracia. Perdiendo, además, relevancia a nivel internacional.