La evolución definitiva de Imagine Dragons truena en Madrid
La atmósfera madrileña contagió la inundada calle Barceló de ondas somnolientas, cercanas a la ilegalidad, provocadas por el estupefaciente más adictivo de Las Vegas. El Teatro, acostumbrado a la afluencia nocturna, se vistió para la ocasión, reacondicionado para una noche en la que el sol nunca durmió. El verano se cogió el día libre… pero lo encontramos. Mientras la lluvia castigaba con furia Tribunal y el resto del más allá capitalino, allí estaba, merodeando por el escenario, irradiando el calor en todo un público por el que el tiempo pasaba a la velocidad de los relojes de la surrealista obra de Dalí.
Antes del trueno, ya caían relámpagos: Imagine Dragons desataba una tormenta de emociones al acariciar en el escenario. Aterrizaron con Thunder, potente, pegadizo, una reivindicación continua de Dan Reynolds y una sudadera que parecía recordar a tiempos escolares. El outfit desprendía una combinación estridente, imposible para un ciudadano a pie, pero con rollazo urban en su torso. No desentonaba ninguno en su rareza: tras la visiones nocturnas y el juego de humos y espejos, la evolución ha llegado.
Volvió su época más oscura en el sintetizador de Gold. El ritmo indiano de una voz desesperada con el juego de luces hundiendo en dorado el escenario. El clásico de It’s time, otro guiño de reminiscencia en sus ritmos ilustrados: la felicidad de no renunciar nunca a ser uno mismo. Su percusión alcanzó un primer clímax en Whatever it takes. Pero aquello iba a ser una hora multiorgásmica. Se podrían haber ido así, con apenas cuatro piezas, sin nadie descontento. Ya había merecido la pena.
Unieron en el setlist lo clásico y lo nuevo, como ver Tiburón en Netflix, o leer la Biblia en PDF. La máquina engranaba como un motor Mercedes: imparable, veloz, fiable. La potencia desmesurada, sin control, de I’m so sorry, la suavidad de Demons, la novedad adictiva de Walking the wire, y la resurrección de un clásico: Amsterdam. Nadie portaba una bandera blanca para una potencial rendición, o, por lo menos, descenso de revoluciones. I don’t know why, novedad de Evolve, se convirtió en himno, extras incluidos.
El trípode final se desprendió de una felicidad no vergonzante en On top of the world: sonreír y vibrar nunca provocó menos timidez. Su discurso más persuasivo convencía, un trabajo de proselitismo perfecto para hacerse creyente de la religión Imagine Dragons. Believer rompía, con Dan Reynolds sostenido entre el público y hacía de telonera a Radioactive. Hay cosas que nunca cambian: no hay una mejor canción en su bolsillo.
Aquello fue un delirio Targaryen, Bruce Willis percutiendo en Armaggedon, una odisea de ruidos melódicos golpeando tambores. Porque más allá del Muro, saltando el Atlántico, aparecieron cuatro dragones, y no los tres de -spoiler- Daenerys de la Tormenta. La evolución definitiva de un engendro creado para el directo: una constante furia incontrolada sobre el escenario. Imagine Dragons escondió el verano en un minúsculo espacio donde no se cansaron de escupir fuego. En su escalera del caos hacia la cima musical, no hay fortaleza humana que les detenga. El Trono de Hierro ya es suyo.
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