El cadáver de Federico de Madrazo y el primer velatorio de la historia del Museo del Prado

DelaMano Old Masters, un proyecto de la Galería José de la Mano, exhibe por vez primera el retrato que José Garnelo pintó del cadáver de Federico de Madrazo en su lecho de muerte

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El cadáver de Federico de Madrazo y el primer velatorio de la historia del Museo del Prado
'Federico de Madrazo muerto', 1894, de José Garnelo. (Colección particular, Barcelona). @ Cortesía de DelaMano Old Masters

Federico de Madrazo (Roma, 1815-Madrid, 1894) lo fue todo en la sociedad de su tiempo: pintor de cámara de Fernando VII, director del Museo de Pinturas, más tarde llamado Museo del Prado, y presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; además del retratista favorito de la alta sociedad española, y sobre todo madrileña, del momento. Fue, en definitiva, toda una institución en aquel Madrid. 

A su muerte, y contradiciendo sus deseos, por cierto, el Museo del Prado acogió por primera vez un acto público ajeno a su función expositiva: la capilla ardiente de Madrazo. La ceremonia convirtió durante unas horas la rotonda de Goya en un monumental espacio funerario.

El cuerpo de Madrazo, vestido con el hábito de San Francisco y depositado en un sencillo ataúd, quedó rodeado por una escenografía de gran aparato: una cama imperial con colgaduras de terciopelo negro y adornos dorados, treinta y dos candelabros con 132 luces, 28 coronas y dos obras maestras de la colección del museo, el Cristo Crucificado de Velázquez y una Inmaculada Concepción de Murillo.

La reconstrucción de este episodio cobra ahora especial interés gracias a dos testimonios visuales: un lienzo de José Garnelo (uno de sus discípulos) que representa a Madrazo en su lecho de muerte y una fotografía inédita que documenta la instalación de la capilla ardiente en la rotonda del Museo del Prado, ambas presentadas en primicia por DELAMANO Old Masters, galería especializada en maestros antiguos que dirige José de la Mano en Madrid. 

Madrazo quería un entierro humilde y sencillo, pero…

La instalación de la capilla ardiente en el museo no fue una decisión prevista por el propio Madrazo. En su testamento, otorgado el 7 de octubre, el pintor había expresado su deseo de recibir un entierro «en la forma más humilde y sencilla que sea posible». Dispuso que se le amortajara con el hábito de San Francisco y que fuera enterrado en su panteón de la Sacramental de San Isidro, donde descansaban su primera esposa y sus hijos Antonio y Rosa. El cuerpo permaneció expuesto en el museo hasta las cinco de la tarde.

La decisión de exponer públicamente su cadáver en el Museo del Prado se tomó, por tanto, después de su muerte. Una iniciativa que partió del Círculo de Bellas Artes y fue consensuada con Vicente Palmaroli, futuro sucesor de Madrazo como director del museo.

El carácter extraordinario de esta decisión resulta aún más evidente si se tiene en cuenta la historia reciente de la propia rotonda. Apenas cuatro años antes, Madrazo había rechazado la petición del Ayuntamiento de Madrid de instalar allí un colegio electoral, alegando que el espacio estaba destinado a la exposición de las colecciones del museo.

Dijo no a instalar un colegio electoral en el Museo del Prado

Fotografía inédita de la capilla de Federico de Madrazo. @ Cortesía de DelaMano Old Masters

A ello se suma la falsa exclusiva en El Liberal publicada por Mariano de Cavia el 25 de noviembre de 1891, en la que anunciaba que el museo había sufrido un incendio que había dañado parte de sus colecciones. La noticia desató una gran preocupación por la seguridad de estas. El propio Palmaroli (que autorizó la instalación de la capilla ardiente de Madrazo) buscaba prohibir el uso de la calefacción en el museo hasta que las cubiertas de madera fueran sustituidas por otras de metal.

Estos dos datos presentan una contradicción con el acto que tuvo lugar en el Museo del Prado el 12 de junio de 1894: una capilla ardiente con 132 velas en el centro de la rotonda, con crucifijos de madera y telones de terciopelo, rodeados de una selección de dos obras maestras del museo, con un público semejante al que se reunió para el funeral de Zorrilla unos meses antes, cuya capilla ardiente se instaló en la Real Academia Española.

El lienzo de José Garnelo del pintor ofrece una visión íntima y sobria del fallecimiento de Madrazo. El artista aparece vestido con el hábito franciscano, en un sencillo ataúd de hierro negro y con la cabeza apoyada sobre una almohada. Una representación que coincide con el funeral que solicitaba el difunto.

Garnelo introdujo únicamente un elemento del elaborado montaje funerario. A la derecha del cuadro puede distinguirse parte del adorno bordado del telón que decoraba la cama imperial. En el ángulo inferior derecho, junto a su firma, añadió una dedicatoria: «A mi amigo Ricardo de Madrazo», dirigida al hijo del difunto.

La obra adquiere así un doble valor: además de representar a Madrazo inmediatamente después de su muerte, constituye un testimonio visual de la manera en que el pintor fue presentado ante quienes acudieron a despedirlo.

Garnelo, que había coincidido con Madrazo en la Exposición Nacional de Bellas Artes —donde este formaba parte del jurado de pintura—, desarrolló una destacada trayectoria como pintor de historia y retratista. En 1887 obtuvo una segunda medalla en la Exposición Nacional por La muerte de Lucano.

Posteriormente, residió en Roma, inició su carrera docente y, en 1912, ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Dos años después sería nombrado subdirector del Museo del Prado.

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