Pertenecer a una de las sagas familiares dedicadas al arte de nuestro país no siempre es sencillo. Buscar un camino propio y tomar la senda de espacios artísticos alternativos puede conducir a espacios áridos y yermos. Ricardo de Madrazo y Garreta (Madrid, 1852-1917), el miembro menos conocido de la familia de los Madrazo, el clan más fuerte e influyente de la cultura española del siglo XIX, está ahora en el Museo del Prado con una exposición donde se han reunido cuadernos de dibujo, acuarelas, dibujos, un autorretrato y documentos personales que permiten recorrer su trayectoria.
Nieto de José de Madrazo, hijo menor de Federico de Madrazo, hermano de Raimundo de Madrazo y cuñado de Mariano Fortuny, encontró la dificultad de sobresalir en su profesión como artista, al igual que le ocurrió a su hermano, que no encontró espacio en la pintura historicista que tanto gustaba en la España decimonónica. De hecho, Raimundo desarrolla toda su carrera pictórica en EEUU y Francia, donde muere prácticamente siendo desconocido en nuestro país; sólo ABC le dedica una pequeña noticia en septiembre de 1920 bajo el titular: París, muerto ilustre. Ni siquiera mencionan su nombre, reflejando de este modo cómo la fama es caprichosa y es presa de la moda y los gustos del momento.

No obstante, y a pesar de cualquier dificultad, Ricardo creció en una casa de clase acomodada y en uno de los entornos artísticos más relevantes del momento. La formación que tuvo vino de la mano de su padre, que tiene una influencia notable sobre su obra, pero también por la cercanía de su tío Mariano Fortuny, el cual tenía una especial predilección por el orientalismo y los viajes, sobre todo los llevados a cabo a Andalucía, especialmente Granada, y al norte de África, en Marruecos.
La huella de ambos es, sin duda, tangible en la obra de Ricardo, sobre todo la de Fortuny, con quien comenzó a trabajar en su taller siendo muy joven. Aprendió, se dejó empapar por los aires orientalistas; pero también su nombre quedó relegado dentro de la historiografía artística.
Pedro José Martínez, comisario de la exposición, explica que «por ser el menos conocido, era el que más necesitaba una revisión histórica en profundidad y, además, poner en valor al artista más desconocido de la colección de los Madrazo». Reconoce, además, que «el ser hijo, hermano y cuñado hizo que siempre estuviera a la sombra de los tres nombres tan relevantes dentro de la pintura española del s. XIX».
Por ello es tan interesante esta exposición en el Museo del Prado, porque pone negro sobre blanco un nombre a tener en cuenta. Ricardo alcanzó una notable singularidad en el dibujo y la acuarela, aunque también cultivó el óleo, el retrato y la ilustración. Asimismo, experimentó también con la fotografía, un nuevo avance centífico que ayudó a congelar el momento, los recuerdos y las imágenes que muchas veces los artistas usan para sus composiciones en los estudios.
Destacan también sus cuadernos y sus obras sobre papel, que ofrecen un testimonio directo de sus intereses, sus viajes y su progreso artístico. Fechados entre 1867 y 1917, los cuadernos abarcan la totalidad de su carrera y reúnen apuntes realizados en Madrid, Roma, Nápoles, Granada, Toledo, Venecia, Tánger, Fez, Biarritz y Lequeitio.
La exposición sobre Ricardo de Madrazo revela su dominio del lápiz, la pluma y la acuarela, y refleja la amplitud de unos intereses que abarcan desde la copia de los grandes maestros y el orientalismo hasta las vistas urbanas y las escenas de carácter íntimo y familiar, al tiempo que pone en valor la política de adquisiciones desarrollada por el Museo del Prado que ha permitido reunir 29 cuadernos del artista.
El viaje como fuente de inspiración: Andalucía y África

Los viajes constituyeron una fuente esencial para el trabajo de Ricardo de Madrazo. Las acuarelas realizadas durante sus estancias en Córdoba y Granada, algunas de ellas en compañía de Fortuny, revelan su interés por la arquitectura islámica, el paisaje y los efectos de la luz.
Obras como Mihrab de la Mezquita de Córdoba, Sala de los Abencerrajes, en la Alhambra de Granada o Árboles en la Cuesta del Rey Chico, Granada muestran su atención al detalle y su capacidad para trasladar al papel las variaciones cromáticas y lumínicas de estos espacios.
El viaje al norte de África de 1877 amplió su repertorio con asuntos orientalistas. Los cuadernos conservan numerosos apuntes tomados en Tánger y Fez, algunos de los cuales sirvieron posteriormente como punto de partida para otras composiciones o fueron reproducidos en revistas ilustradas.
Toledo y Venecia fueron también destinos frecuentes. Sus páginas recogen monumentos, interiores, escenas cotidianas y encuentros con otros artistas, como el representado en El pintor Meissonier en San Marcos de Venecia, realizado durante el viaje de 1882.
La cercanía con Fortuny
La cercanía entre Ricardo de Madrazo y Mariano Fortuny permitió al primero conocer directamente el proceso creativo de su cuñado, trabajar con los mismos modelos y registrar aspectos de su vida cotidiana. Los cuadernos aportan así información sobre las estancias de Fortuny en Granada, entre 1870 y 1872, y en Portici, en 1874.


Algunos dibujos recogen modelos relacionados con obras como La Vicaría o Vendedor de tapices, mientras que otros muestran al artista en la playa de Portici, lugares compartidos y piezas empleadas en su taller. Entre ellos destaca Detalle del interior del estudio de Mariano Fortuny en Roma, realizado tras su muerte en 1874, que documenta la disposición del espacio y algunos de los objetos de su colección antes de las ventas póstumas.
Este conjunto sitúa a Ricardo de Madrazo como testigo directo del ámbito profesional y familiar de uno de los artistas españoles de mayor proyección internacional del s. XIX.
La interpretación de los grandes maestros

Desde finales del s. XIX, Ricardo desarrolló una intensa actividad como copista, reproduciendo a la acuarela pinturas de grandes maestros, especialmente obras conservadas en el Museo del Prado. Esta práctica exigía interpretar mediante el dibujo y el color la factura, la composición y los efectos lumínicos de los originales.
Entre estas obras figura El bufón llamado don Juan de Austria, copia de Velázquez realizada hacia 1901, que refleja el dominio técnico alcanzado por el artista en su madurez. También se presentan cuatro copias parciales del techo del Salón del Trono del Palacio Real de Madrid pintado por Giambattista Tiepolo, en las que trasladó al papel la complejidad compositiva y cromática de la obra.
Los cuadernos completan esta faceta con estudios inspirados en Velázquez, Goya y El Greco. Lejos de constituir reproducciones mecánicas, estas copias revelan su capacidad para analizar y reinterpretar los recursos pictóricos de otros maestros.
La dimensión íntima y la memoria familiar

La exposición permite acercarse también a la vertiente más personal de Ricardo de Madrazo. Sus cuadernos contienen retratos de familiares, escenas domésticas, animales, objetos cotidianos y recuerdos de los lugares en los que transcurrió su vida. Realizados en muchos casos al margen de los encargos profesionales, estos apuntes muestran la función del dibujo como instrumento de observación y memoria.
Desempeñó, además, un papel fundamental en la conservación del legado familiar. Recibió de su padre una parte importante del archivo de los Madrazo y lo preservó íntegramente, haciendo posible su llegada hasta la actualidad. Una de las vitrinas reúne su diario de 1894 y una carta dirigida a Federico de Madrazo desde Toledo hacia 1875, ambos incorporados al Museo del Prado en 2012.
Junto a este material se presenta el retrato que Scipione Vannutelli realizó del joven Ricardo en 1866. Adquirido en 2025, es la primera obra del pintor italiano incorporada a las colecciones del Prado y permite evocar el ambiente artístico en el que el artista se formó desde la adolescencia.
Obras «casi inéditas»

La exposición es resultado de la política de adquisiciones desarrollada por el Museo del Prado entre 2006 y 2026, que ha permitido reunir obras hasta ahora poco conocidas y formar un conjunto de 29 cuadernos de dibujo. Se trata del segundo corpus más numeroso de cuadernos de un mismo artista conservado por la institución, solo superado por los 40 de Martín Rico.
Estas incorporaciones permiten recorrer todas las etapas de la trayectoria de Ricardo de Madrazo y reconstruir sus desplazamientos, relaciones personales y procesos de trabajo. La selección incluye obras sobre papel, documentos y el autorretrato más antiguo conocido del artista, fechado hacia 1880.
La muestra, que se podrá visitar hasta el 17 de enero de 2027 en la sala 60 del edificio Villanueva dentro del programa ‘Almacén abierto’,
