Crítica de ‘Lo que arde’, nominada a mejor película en los Premios Goya 2020
En medio de la noche, con una tenue luz que irradian potentes focos de exterior, los ‘buldozer’ arrancan la vegetación de un bosque. Los monstruos metálicos hacen que los árboles se inclinen y caigan con una delicadeza arrolladora y trágica. Las raíces desgarran el suelo y los gigantes verdes van cayendo uno detrás de otro. Con esta belleza abrumadora empieza ‘Lo que arde’, la cinta con la que Oliver Laxe se ha paseado durante el último año por los festivales internacionales más respetados de occidente.
De esas imágenes hipnóticas, la cámara se traslada a una administración pública sin cara, solo un expediente que va pasando de mano en mano. Es el expediente de Amador Coro, el pirómano que da cancha a ‘Lo que arde’. La cinta compite por llevarse 4 Goyas a casa: mejor película, mejor actriz revelación, mejor dirección y mejor dirección de fotografía.
Pero antes de convertirse en ‘el pirómano’, Amador Coro fue algo más: el hijo de Benedicta, nominada como actriz revelación, en un pequeño pueblo de Ludo. Ahora, después de cumplir condena por dar rienda suelta a su obsesión con el fuego, Amador, interpretado por un novel Amador Arias, vuelve a su hogar. Amador es un hombre seco, tosco y parco en palabras. Casi como el paisaje de las montañas gallegas que engalanan los planos generales. Amador y su madre Benedicta retoman la rutina rota por su ingreso en prisión: desayunos al calor de la lumbre, jornadas de silencioso pastoreo en las colinas de Galicia y mucha introspección. «Mamá, voy a quedarme por aquí un tiempo», saluda Amador. «¿Tienes hambre?» le contesta su madre. Poco más hay que decir.
Desde su estreno como director en 2010 con ‘Todos vós sodes capitáns’ —ganadora del Fipresci de la Quincena de la crítica de Cannes—, Oliver Laxe ha conseguido transitar ese difícil camino que conecta la naturaleza, lo tangible, con la metafísica, con la trascendencia más allá de lo material. La cámara de ‘Lo que arde’, en manos de Mauro Herce, capta el significado de cada veta en la madera, de cada arruga en la piel. Y lo hace para contar la desaparición lenta y agónica de un modo de vida, de una civilización rural que vive sus últimos estertores por culpa de la mano del hombre.
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