Ciencia
Biotecnología

La bioimpresión de tejidos que podría salvar vidas

La nueva tecnología trae muchos aportes al mundo sanitario. Un buen ejemplo es la bioimpresión de tejidos, ¿cómo es?

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Crean hormigón impreso

  • Francisco María
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Durante un largo periodo de tiempo, en el caso de que se presentara la necesidad de un órgano o un tejido para mantener la vida de una persona, la única salida posible era esperar. Esperar a que apareciera un donante que presentara la misma compatibilidad, esperar a que el cuerpo resistiera, esperar a que llegara el momento. Esa espera, en no pocos y muy desgraciados casos, no terminaba bien.

Precisamente por ese motivo, cuando ya se empezó a hablar de bioimpresión de tejidos, mucha gente la consideraba muy lejana, imposible casi. Ahora, sin embargo, ya no resuena a promesa futurista, sino que se ha convertido en una línea de trabajo muy concreta que avanza paso a paso.

Un montón de expectativas

La bioimpresión de tejidos da un paso previ que se alimenta de una idea muy poderosa: crear estructuras vivas a partir de células humanas usando tecnología parecida a la impresión 3D. La bioimpresión no hace piezas artificiales, sino que hace tejidos que pueden integrarse en el cuerpo y comportarse como los originales. En un mundo agobiado por la escasez de órganos, supone una transformación total en las reglas del juego.

Pero lo curioso es que esta tecnología no es del todo nueva, sino que lleva muchos años investigándose la biología celular, la ingeniería, la medicina regenerativa y los materiales biocompatibles. En la intersección de estas disciplinas aparece la opción de imprimir elementos que, hasta hoy, parecía imposible: un tejido vivo con una forma y funciones determinadas.

Las bioimpresoras

Para entender cómo funciona, conviene imaginárselo sin tecnicismos. En lugar de tinta normal, las bioimpresoras usan lo que se llama biotinta. Esta biotinta es una mezcla de células vivas y materiales que las mantienen estables y protegidas. No es solo un soporte, es un entorno pensado para que las células sobrevivan, se comuniquen entre ellas y crezcan.

El proceso empieza con un diseño digital. A partir de pruebas médicas reales, como resonancias o escáneres, se crea un modelo tridimensional del tejido que se quiere fabricar. Eso permite que la estructura impresa encaje exactamente en el cuerpo del paciente. No es un “tamaño estándar”, sino algo hecho a medida.

Una vez listo el diseño, la impresora va depositando la biotinta capa por capa. El ritmo es lento y preciso. No hay margen para errores, porque las células deben mantenerse vivas durante todo el proceso. Cuando la impresión termina, el trabajo no ha acabado. El tejido necesita tiempo para madurar.

Un entorno controlado

Este proceso de maduración tiene lugar en condiciones controladas, donde el tejido tiene que recibir nutrientes, oxígeno y estímulos que reproducen lo que pasaría en el ser humano. Durante ese periodo, las células se organizan, se conectan y empiezan a comportarse como lo que harían de forma natural. Es el proceso que permite que el tejido sea funcional. En la actualidad, los avances más importantes se han obtenido con tejidos relativamente simples. La piel es uno de los ejemplos más emblemáticos.

En el caso de quemaduras grandes, la eliminación de la piel bioimpresa permitiría reducir el tiempo de recuperación y mejoraría el resultado final. Además, esta piel puede ser utilizada en laboratorios para testar medicamentos, evitando los animales de laboratorio y ofreciendo resultados más cercanos a la realidad humana.

El cartílago y el hueso también están de forma explícita muy en el punto de mira. Distintos problemas articulares como la artrosis o lesiones por accidentes podrían intentarse reparar con un tejido que haya sido hecho a medida al paciente. En lugar de usar implantes rígidos se busca trabajar con estructuras que son vivas y que, por ello, tienen mejores oportunidades de integrarse en el organismo.

Imprimir órganos enteros ya es mucho más complejo. Un corazón, un hígado o un riñón no son solo un conjunto de células: tienen que tener el sistema vascular arterial y venoso, unas vesículas que transporten oxígeno y nutrientes.

Sin esa red, el tejido no puede sobrevivir

La vascularización es uno de los grandes desafíos actuales. Los investigadores están probando diferentes estrategias para resolverlo. Algunas consisten en imprimir canales internos que luego se transforman en vasos sanguíneos. Otras se basan en usar células que, por sí mismas, formen redes vasculares. Los avances son constantes, aunque todavía queda camino por recorrer.

Aun así, ya se han logrado versiones en miniatura de órganos que funcionan como modelos de estudio. Estos “mini órganos” permiten investigar enfermedades y probar tratamientos de una forma mucho más precisa que antes. No salvan vidas de forma directa todavía, pero ayudan a que la medicina avance más rápido y con menos riesgos.

Comparada con los trasplantes tradicionales, la bioimpresión tiene ventajas evidentes. Una de las más importantes es el rechazo inmunológico.

Preguntas y retos

La bioimpresión también plantea preguntas difíciles. ¿Quién tendrá acceso a estos tratamientos? ¿Serán asequibles o solo estarán disponibles para unos pocos? ¿Cómo se regulará su uso para evitar abusos? Son cuestiones que no pueden ignorarse.

Desde el punto de vista legal, el reto es igual de grande. Los tejidos bioimpresos no encajan del todo en las categorías actuales. No son dispositivos médicos al uso, pero tampoco son órganos donados. Adaptar las leyes a esta nueva realidad será imprescindible para que la tecnología avance de forma segura.

A pesar de estas dudas, el progreso es constante. Cada año se publican nuevos estudios, se mejoran las técnicas y se amplían las aplicaciones posibles. Lo que hoy parece complejo y costoso podría ser rutinario dentro de unas décadas.

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