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Educar a un niño no es solo cuestión de cubrir sus necesidades básicas. También es acompañarlo emocionalmente, darle herramientas para que entienda el mundo que lo rodea y, sobre todo, ayudarle a relacionarse de forma sana con los demás. Sin embargo hay niños que, desde pequeños, parecen tener una facilidad asombrosa para hacer amigos, entender a otros y resolver conflictos. ¿Es suerte? En realidad, en muchos casos, detrás hay una crianza emocionalmente consciente. Conozcamos entonces que tienen en común los padres de aquellos niños que tienen más habilidades sociales.
Los niños con más habilidades sociales, que saben expresarse con claridad, resolver conflictos sin gritos ni rabietas, y establecer relaciones sanas con los demás no han nacido con superpoderes sociales. Su habilidad para conectar y desenvolverse en grupo viene de un entrenamiento silencioso, casi invisible, que empieza en casa. De este modo, como en cualquier otro aspecto de su educación, la clave no está sólo en lo que se les enseña directamente, sino también (y sobre todo) en lo que ven hacer a sus padres día tras día.
Criar a un hijo no es únicamente procurar que esté bien alimentado o que saque buenas notas. También es formar a una persona emocionalmente estable, capaz de entender sus propias emociones y respetar las ajenas. Y eso, aunque a veces se olvida, se cultiva con constancia, con paciencia y, por supuesto, con ejemplo. Por eso, cuando se analiza a los niños con mejores habilidades sociales, hay un patrón que se repite una y otra vez: han crecido con adultos emocionalmente disponibles.
Los niños con buenas habilidades sociales tienen esto en común
A menudo se piensa que los niños que tienen más habilidades sociales han nacido con un don natural. Pero detrás de todos esos dones para empatizar, entender a los demás, y saber gestionar emociones, lo que realmente suele haber es un entorno familiar en el que se ha cuidado, desde el principio, su desarrollo emocional. Y no hay mayor influencia en ese proceso que la actitud de sus padres.
La psicóloga infantil y experta en crianza Kelsey Mora ha compartido en una entrevista con CNBC las seis claves fundamentales que distinguen a los padres que ayudan a sus hijos a desarrollar buenas habilidades sociales e inteligencia emocional. Y no, no tienen que ver con ser perfectos. Tienen que ver con estar presentes y ser conscientes.
Validar todas las emociones, sin censura
Uno de los primeros pasos para criar niños con buenas habilidades sociales es enseñarles a reconocer lo que sienten. Para eso, es imprescindible dejar espacio a todas las emociones, tanto las agradables como las difíciles. Decir frases como no llores o eso no es para tanto sólo genera desconexión. En cambio, validar lo que sienten, aunque no podamos resolverlo, les enseña que sus emociones tienen sentido y merecen ser escuchadas.
Mora insiste en que no se trata de evitar que los niños se frustren, sino de acompañarlos en ese proceso para que aprendan a gestionarlo. La validación emocional es el primer paso para que un niño desarrolle empatía con los demás.
Hablar con honestidad (incluso cuando cuesta)
Los padres que crían hijos con buenas habilidades sociales no rehúyen las conversaciones difíciles. Hablan con claridad, adaptando el lenguaje a la edad del niño, y no esconden los temas incómodos. Porque la vida también tiene momentos complicados, y aprender a enfrentarlos desde pequeños marca la diferencia.
Según Mora, tener conversaciones abiertas ayuda a los niños a normalizar el hecho de buscar apoyo cuando lo necesitan, algo clave para construir relaciones sólidas. Enseñarles que se puede hablar de todo, incluso de lo que duele, les da una base de confianza que les acompañará siempre.
Ser un modelo positivo en los conflictos
Los niños aprenden más por lo que ven que por lo que se les dice. Por eso, la forma en que los padres se comportan en los desacuerdos (sobre todo cuando discuten entre ellos) es clave. Si se gritan, se faltan al respeto o se encierran en el silencio, eso es lo que el niño interioriza. Pero si en cambio ve a sus padres mantener la calma, expresar sus puntos de vista y buscar soluciones, entenderá que los conflictos pueden ser constructivos.
Mora recomienda también hacer preguntas que ayuden al niño a ponerse en el lugar del otro, como: ¿Cómo crees que se ha sentido tu amigo con eso?. Esto fomenta la empatía y refuerza su capacidad para mirar más allá de su propia experiencia.
Poner límites claros y respetuosos
Aunque suene contradictorio, los niños necesitan límites para sentirse seguros. No se trata de imponer normas rígidas, sino de establecer una estructura que les ayude a entender el mundo. El neuropsicólogo Álvaro Bilbao lo explica muy bien: los límites no solo protegen, también enseñan a los niños a protegerse, a regularse y a respetar a los demás.
Mora aclara además que resolver todos los problemas del niño por él no es la solución. Lo importante es darle herramientas para que pueda afrontar desafíos por sí mismo, aunque al principio cueste. Eso construye resiliencia y fortalece su autoestima.
Jugar juntos para aprender sin darse cuenta
El juego es mucho más que entretenimiento. Es el terreno ideal para entrenar habilidades sociales: turnarse, negociar, perder sin rabietas, cooperar… Cuando los padres se implican activamente en el juego, se crea un espacio valioso para reforzar el vínculo y observar cómo el niño gestiona distintas situaciones.
Además, es una forma natural de enseñar sin sermones. Si un niño se enfada porque ha perdido, el juego permite que experimente la emoción y, con el apoyo de sus padres, aprenda a manejarla. Y lo mejor es que ese aprendizaje se da de forma divertida y espontánea.
Anticipar situaciones y prepararlos para el futuro
Por último, Kelsey Mora recomienda ayudar a los niños a anticipar lo que va a suceder. Contarles de antemano qué va a pasar en una situación nueva —como una visita al médico o un cambio de cole— les permite prepararse mental y emocionalmente.
También es útil plantear escenarios hipotéticos: ¿Qué harías si un niño no quiere jugar contigo? o ¿Y si te caes en clase?. Estas preguntas no solo activan su pensamiento emocional, sino que los entrenan para la vida real. Porque al final, educar no es resolver por ellos, sino prepararlos para que puedan resolver por sí mismos.
En definitiva, los niños con buenas habilidades sociales no son fruto del azar, sino del ejemplo consciente de unos padres que han sabido acompañar, escuchar, jugar, corregir y confiar. No se trata de hacerlo todo bien, sino de estar ahí, disponibles, creciendo a la vez que sus hijos.
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