Retrasar, negar, defender
En Estados Unidos existe una expresión que resume la forma de actuar que los críticos atribuyen a determinadas compañías aseguradoras: «delay, deny, defend». Retrasar una reclamación, negar después lo solicitado y, finalmente, defender la negativa hasta que el asegurado se canse, desista o comprenda que enfrentarse a la maquinaria resulta demasiado costoso. La fórmula se popularizó a partir del libro de Jay Feinman sobre las prácticas de la industria aseguradora norteamericana.
Retrasar, negar, defender. Tres verbos que, con algunos ajustes, sirven también para explicar demasiadas cosas ocurridas en Baleares durante los gobiernos de la izquierda y el separatismo.
Primero, retrasar.
Retrasar durante años las soluciones mientras los problemas crecían. La vivienda se hacía inaccesible, los servicios públicos soportaban cada vez mayor presión, las carreteras se saturaban y encontrar un alquiler razonable empezaba a parecer una oposición sin temario. Mientras tanto, quienes gobernaban descubrían cada temporada que Baleares estaba saturada, como si acabaran de desembarcar en Son Sant Joan.
Ahora hablan de masificación con expresión compungida. Resulta fascinante. Gobernaron durante ocho años y parecen haber ejercido de comentaristas de su propio gobierno. Administraron el problema y hoy pretenden presentarse como sus damnificados.
Después viene negar.
Negar que determinadas políticas tengan consecuencias. Negar que el crecimiento demográfico descontrolado presiona la vivienda, la sanidad, la educación o el transporte. Negar que existe una inmigración ilegal que debe combatirse. Negar que el español necesita protección institucional porque, según ellos, jamás ha sido discriminado mientras se construía una administración donde conocer catalán podía pesar más que ser el mejor profesional disponible.
Y cuando la realidad resulta demasiado evidente para continuar negándola, siempre queda una palabra extraordinaria: turismo.
El turista se ha convertido en el culpable multiusos. Explica el atasco, el precio del piso, la playa llena y probablemente cualquier día explicará también que no funcione la impresora del Parlament. Naturalmente, Baleares necesita ordenar los flujos turísticos y proteger unos recursos limitados. Pero resulta bastante obsceno convertir al visitante en cabeza de turco después de décadas construyendo una economía que vive precisamente de recibirlo.
Finalmente, defender.
Defender el modelo cuando alguien propone cambiarlo. Defender más intervención, más burocracia y más ingeniería social. Defender una política lingüística que divide a los ciudadanos según la lengua que utilizan. Defender que la identidad de Baleares pertenece ideológicamente a quienes consideran estas islas una pieza de una nación imaginaria que llaman Països Catalans. Y defender, sobre todo, que cualquier discrepancia con ese proyecto constituye una anomalía moral.
Ahí aparece Vox y entonces se termina la conversación. Ya no hay argumentos: hay etiquetas. Ultra, extremista, xenófobo. El repertorio empieza a mostrar desgaste.
Porque quizá el verdadero escándalo no sea decir que Baleares tiene límites. Ni exigir que quien entra ilegalmente en España sea repatriado conforme a la ley. Ni defender que un mallorquín pueda dirigirse a su Administración en español sin sentirse extranjero en su propia tierra. Ni recordar que el turismo no es una enfermedad, sino una industria de la que viven cientos de miles de familias.
El escándalo es haber tardado tanto en decirlo. La izquierda y el separatismo catalanista aseguraron durante años que su póliza cubría convivencia, prosperidad y servicios públicos. Cuando los ciudadanos presentan ahora la factura, conocemos el procedimiento.
Retrasar, negar. Y, cuando ya no queda nada que negar, defender.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.