No va más: del Estado de derecho al Estado de impunidad
No va más. El crupier no es capaz de pronunciar la célebre frase en la ruleta de la política española. No puede hacerlo porque este PSOE, este Gobierno, no reconoce reglas ni límites: ni éticos, ni morales, ni políticos. Todo vale si el objetivo es permanecer en el poder.
Hace tiempo que se agotaron los adjetivos para describir la dinámica de rendición permanente ante los nacionalismos. Pedro Sánchez ha recibido en la Moncloa a un dirigente que intentó fracturar España. Oriol Junqueras, que debería haber cumplido íntegramente una condena por una rebelión de manual -rebajada primero a sedición y después borrada mediante el indulto-, acudió al Palacio de la Moncloa no para pedir perdón, sino para exigir más recursos para Cataluña, en detrimento del principio de solidaridad que sostiene a cualquier nación.
Tras ello, Junqueras se reunió con el prófugo Puigdemont. Dos figuras a las que España no les importa lo más mínimo y que seguirán fieles a su hoja de ruta: debilitarla y, si pueden, romperla. Y todo ello con la complicidad activa o pasiva de un Gobierno que ha decidido normalizar lo que nunca debió ser aceptable. Desde esta perspectiva, ya no hablamos de un verdadero Estado de derecho, sino de un Estado de impunidad.
Un ejemplo reciente lo ilustra con claridad. La nueva fiscal general del Estado, Teresa Peramato, ha considerado irrelevante que su antecesor haya sido condenado a una pena de inhabilitación, procediendo a nombrarlo fiscal ordinario bajo el argumento de que la condena se limitaba exclusivamente al cargo de fiscal general. Un ejercicio de ingeniería legal al servicio del poder, que erosiona la confianza en la Justicia y refuerza la sensación de que existen ciudadanos y cargos públicos por encima de la ley.
A esta impunidad institucional se suma la hipocresía del feminismo de izquierdas, selectivo y partidista. Un feminismo que persigue con saña a supuestos acosadores o abusadores vinculados supuestamente a la llamada «extrema derecha», mientras ignora sistemáticamente los numerosos casos que afectan a dirigentes socialistas o comunistas. La vara de medir no es la justicia, sino la ideología.
El colofón llego con la ley del solo sí es sí, una norma que ha causado un daño incalculable precisamente a las mujeres que dicen defender. Lejos de asumir responsabilidades, el Gobierno optó por culpar al adversario político, sin argumentos y sin autocrítica, demostrando que la mentira no es un recurso ocasional, sino una estrategia permanente de supervivencia política.
No va más. Pero la ruleta sigue girando. Y mientras lo hace, la decencia política desaparece, el Estado de derecho se desdibuja y la impunidad se consolida como norma de gobierno.
En este punto, la realidad española parece dialogar con Kafka. La mentira permanente como sistema, donde la lógica fracasa, la verdad se vuelve inalcanzable y las estructuras de poder funcionan como una burocracia absurda que disuelve toda responsabilidad. Un laberinto en el que nadie responde, nadie dimite y nadie paga, porque el propio sistema ha sido diseñado para protegerse a sí mismo.
No va más. Pero el crupier sigue sin pronunciarlo. La ruleta continúa girando mientras el Gobierno normaliza la excepción, vacía de contenido la ley y convierte la impunidad en método. Ya no se trata de errores, ni de excesos puntuales, ni de decisiones discutibles: se trata de un modelo de poder basado en la mentira, el clientelismo y la degradación institucional.
Cuando un Ejecutivo negocia la unidad nacional con quienes desean destruirla, cuando el principio de solidaridad se subasta al mejor postor, cuando la justicia se retuerce para blindar a los afines y cuando la responsabilidad política desaparece del diccionario, el problema deja de ser ideológico para convertirse en existencial.
Porque un país que acepta la impunidad como norma no avanza: se descompone. Y una democracia que tolera la mentira permanente no se debilita: se suicida lentamente, entre aplausos militantes, silencios cómplices y una ruleta que gira sin freno hacia el abismo.
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