Nos mintieron con Biden: estaba senil, lo sabían y lo ocultaron
Desde que Joe Biden anunció su candidatura a la presidencia, se nos aseguró que su agudeza mental era “excelente” y “tan buena como siempre”. Los grandes medios, el Partido Demócrata y sus aliados construyeron la imagen de un líder sólido y preparado, listo para gobernar la nación más poderosa del mundo. Hoy sabemos, gracias a una reciente investigación del The Wall Street Journal titulada How the White House Functioned With a Diminished Biden in Charge basada en testimonios de 50 fuentes de la Casa Blanca, que esa imagen era una auténtica fachada. Biden no estaba en condiciones de asumir la presidencia desde el primer día, y quienes lo sabían no solo callaron, sino que trabajaron activamente para encubrirlo.
La investigación describe un panorama tan inquietante como tragicómico. Miembros del gabinete relatan cómo las reuniones con el presidente eran escasas y estrictamente guionizadas, casi como si se tratara de un reality show sin espontaneidad. Las preguntas debían enviarse previamente, y Biden respondía leyendo tarjetas preparadas con antelación. Algunos secretarios, cansados del teatrillo, optaron por dejar de intentar reunirse con él. Más preocupante fue el caso de Adam Smith, presidente del Comité de Servicios Militares en el Congreso, quien intentó alertar sobre el previsible caos en Afganistán. Ni una llamada, ni un cara a cara, solo evasivas del equipo presidencial.
El resultado de este vacío de poder está a la vista. La retirada de Afganistán, gestionada sin un liderazgo claro, se convirtió en una de las decisiones más desastrosas de la historia reciente: decenas de muertos, aliados abandonados y un golpe devastador a la reputación internacional de Estados Unidos. Sin embargo, este desastre no se limita a la política exterior. Es evidente que quienes encubrieron la incapacidad de Biden priorizaron su agenda política sobre los intereses del país. Mantener la fachada del “abuelo infalible” fue más importante que evitar desastres internacionales.
Desde la campaña electoral de 2020, las señales de su deterioro cognitivo ya eran visibles. Lo sabían los medios, lo sabía el Partido Demócrata, lo sabían hasta las ardillas de los jardines la Casa Blanca. A pesar de ello, optaron por fingir que Biden era un líder fuerte y capaz, todo para evitar el regreso de Trump. El problema es que, mientras se tapaban los ojos, las grietas se hacían más evidentes. Ahora, la farsa se ha desmoronado. Incluso los aliados tradicionales del progresismo han comenzado a tomar distancia.
Medios como The Washington Post o Los Angeles Times, que solían actuar como escudos del Partido Demócrata, han optado por un perfil más bajo. Más sorprendente aún es el caso de Jeff Bezos, dueño del Post, quien ha empezado a coquetear con Trump. Este giro refleja no solo el fracaso evidente de la administración Biden, sino el instinto de supervivencia de un progresismo que comienza a saltar del barco antes de que se hunda del todo.
La prensa que sostuvo esta narrativa durante años enfrenta ahora su propio descrédito. Minimizó cada lapsus de Biden, ignoró que fuese el presidente con menos ruedas de prensa de la historia y justificó lo injustificable. Si un presidente republicano hubiese confundido países, saludado a amigos invisibles o se hubiese perdido en el escenario, habría titulares pidiendo su destitución cada día. Pero con Biden, todo era “entrañable”. El doble rasero no solo fue evidente, sino profundamente lamentable.
Biden ha sido el ejemplo perfecto de un gobernante aislado de la realidad, prisionero de un aparato burocrático y político que toma decisiones en su nombre. Afganistán, Ucrania, Siria…, la lista sigue. Este fenómeno alimenta la desconfianza entre los ciudadanos y genera serias dudas sobre quién ejerce realmente el poder en las democracias modernas. Cuando los líderes apenas pisan la calle, no dan la cara y dependen de asesores que les preparan toas las respuestas, el resultado no puede ser otro que un desastre.
Quien realmente ganó en estos cuatro años fue el deep state, esa estructura opaca y permanente que medra detrás de los gobiernos visibles. Tuvieron en Biden el blanco perfecto: fácil de manejar, sin capacidad de cuestionar y desconectado de la realidad. Así, el poder se concentró en quienes nunca fueron elegidos, mientras los ciudadanos miraban perplejos cómo el liderazgo real se reducía a una obra de teatro con guión escrito en despachos lejanos.
Esta situación no solo expone un vacío de poder en la Casa Blanca, sino también la complicidad de figuras clave. Jill Biden, que permitió que su esposo asumiera un cargo para el que claramente no estaba preparado. Kamala Harris, por su parte, prefirió sacar rédito político en lugar de cuestionar lo que ocurría. Todo el Partido Demócrata, como bloque, decidió encubrir la realidad, priorizando su agenda política sobre la honestidad y el bienestar del país.
Estados Unidos, una democracia que siempre ha presumido de transparencia y fortaleza institucional, enfrenta ahora un episodio que expone las debilidades de su sistema. Este caso es una lección sobre los peligros de las narrativas falsas y las consecuencias de manipular la opinión pública para sostener una mentira. Nos mintieron desde el primer momento, y ahora las consecuencias son evidentes. Por fortuna, la era Biden ya es historia.
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