‘Camilo Superstar’: una gran historia que no se merecía esta serie descafeinada y sin épica
‘Camilo Superstar’, la serie que cuenta la odisea del cantante Camilo Sexto con el musical Jesucristo Superstar
Lourdes Ornelas, el gran amor de Camilo Sesto en su peor momento
AtresPlayer ya ha estrenado Camilo Superstar, ficción que nace de un buen punto de partida pero que acaba siendo una serie descafeinada. No es una biografía al uso del cantante Camilo Sesto sino la historia de cómo uno de nuestros artistas de mayor éxito quiso traer a España, en las inmediaciones a la muerte de Franco, un musical tan polémico y mítico como Jesucristo Superstar. Un análisis de una época que reflexiona sobre el poder del arte para transformar la sociedad. Un punto de vista interesante para un producto que resulta algo insípido, sin intimidad, sin grandes emociones, lastrado por la falta de presupuesto (demasiados interiores), por un guión excesivamente dialogado y con un personaje protagonista sin demasiadas sombras.
Un hecho para ejemplificar toda una vida. Eso que hacía tan bien Virginia Woolf (La señora Dalloway es el mayor exponente de esta narrativa) supone contar la biografía caminando de lo concreto hacia lo magno. Otro maestro en estos lares, Peter Morgan, hizo lo propio con The Queen, adentrándose al carácter de Isabel II y al papel de la monarquía utilizando los días posteriores a la muerte de Lady Di. Y esto es algo que el cineasta crea en cada uno de los capítulos de The Crown: contar una historia dentro de la historia.
Con este espíritu nace Camilo Superstar. Huyendo del biopic convencional en el que pasan muchas cosas pero se diluye la tesis argumental, la nueva serie de Atresplayer (la plataforma de pago de Atresmedia) y co-producida con Buendía Estudios, pretende ver los últimos años del franquismo y lo primeros de la transición desde la importante óptica de la cultura, de cómo esta no sólo es un reflejo social sino el detonante revolucionario. Para ello, nada mejor que ver cómo se trajo a nuestro país uno de los mayores y más polémicos espectáculos musicales de la historia. Y si encima esto lo hizo una figura icónica, la idea es redonda.
Camilo Superstar es una serie digna pero le falta pulso narrativo, intimidad y brillantez. Cierto es que es muy caro recrear ciertas cosas (tantos conciertos multitudinarios, tantos espectáculos, tantos viajes…) pero existen propuestas narrativas para subsanar la economía de medios y no sólo contar la historia en interiores y apoyarse en el fuera de campo y el sonido (que está muy bien pero repetido muchas veces, cansa). Hay cierta pereza en la dirección y aunque el montaje brilla en las escenas musicales, el resto está lastrado por unos diálogos muy extensos (todo aquí es demasiado verbal) y unos personajes escritos con brocha gorda.
Vistos los dos primeros episodios se puede vislumbrar que la propuesta es interesante pero fallida. No se sabe bien a qué público va dirigida. No es tan profunda ni tiene una ambientación tan elaborada como para enamorar a los nostálgicos. Tampoco podrán sentirse atraídos los morbosos puesto que la figura de Camilo Sesto resulta ( de momento) bastante insulsa, blanca. Él ( en la serie) es el héroe típico, el noble, el visionario, el romántico. Casi no tiene defectos. Es Camilo contra el mundo. Está bien que la serie quiera alejarse del meme en el que se había convertido el artista en sus últimos años de vida. Camilo Sesto fue uno de los grandes y la ficción tenía una cuenta pendiente con él. El problema es que aún no se ha saldado en condiciones. El actor protagonista, el que tiene sobre sus hombros la responsabilidad de encarnar a un ídolo de masas, es Alejandro Jato, un acierto de casting que hace lo que puede con un personaje, en realidad, algo desdibujado.
A los dos primeros episodios les falta emoción y épica. Hay demasiados cambios de escenarios sin que estos se luzcan. Escenas que deberían ser puntos de giro emotivos (como la primera vez que el héroe ve la función, en Londres, que le va a cambiar la vida queda reducida a un plano de él frío y sin gracia). No hay sensación de riesgo real con lo que Camilo Sesto se jugaba (y eso que tenía mucho que perder) a excepción del arranque de la serie, que es bastante pintón pero que no sostiene un producto anclado en la falta de riesgo.
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