La psicología dice que las personas que se niegan a tener WhatsApp no es que sean antisociales: están experimentando el JOMO
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La psicología tiene un nombre para las personas que no tienen WhatsApp y para las que silencian todas las notificaciones o que prefieren apagarse del ruido digital en su tiempo libre. No se trata de un trastorno ni de ser antisocial, sino de un fenómeno denominado JOMO, del inglés Joy Of Missing Out (el placer de perderse las cosas).
Svend Brinkmann, profesor de psicología en la Universidad de Aalborg (Dinamarca), acuñó el concepto de forma académica en su investigación sobre la desconexión consciente como estrategia de bienestar. La idea surgió alrededor de 2012 como respuesta directa al FOMO (Fear Of Missing Out), la ansiedad de quedarse fuera de lo que ocurre en redes sociales y conversaciones grupales.
El FOMO impulsa la revisión compulsiva del teléfono, mientras que el JOMO es su opuesto: la elección deliberada de no hacerlo, sin culpa y sin ansiedad.
¿Rechazar WhatsApp es antisocial o es un acto de placer?
La diferencia entre el ser antisocial y el JOMO está en la motivación. El «antisocialismo» implica evitar el contacto humano por miedo, hostilidad o rechazo hacia los demás. El JOMO, en cambio, implica elegir de forma activa con qué conectar y cuándo hacerlo, desde una posición de seguridad y autoconocimiento.
Una persona que no tiene WhatsApp porque prefiere las conversaciones en persona, que sale de un grupo de chat porque le genera más estrés que beneficio, o que apaga el móvil los fines de semana, no rehúye el mundo, ya que simplemente prioriza las experiencias que considera más significativas.
Según la perspectiva de Brinkmann, practicar el JOMO no significa construir un muro entre uno mismo y el entorno, sino recobrar la capacidad de decidir dónde pone la atención.
¿Cómo es una persona que experimenta JOMO?
El perfil psicológico de quien practica el JOMO se aleja bastante del estereotipo del ermitaño o del misántropo. Estas personas toman decisiones conscientes sobre cómo invierten su tiempo, conocen sus preferencias auténticas más allá de las expectativas sociales y no se comparan de forma constante con los demás en redes sociales.
Asimismo, prefieren pocas experiencias significativas a muchas superficiales y usan la tecnología como herramienta al servicio de sus necesidades, no como algo que las controla. También tienen claro qué relaciones quieren mantener y en qué formatos.
De hecho, una investigación de Vivood sobre bienestar digital señala que los individuos con mayor JOMO reportan mejor autoestima, menos episodios de ansiedad y niveles de estrés notablemente más bajos.
Los beneficios psicológicos de desconectarse
La conectividad permanente tiene un costo fisiológico medible. La exposición continua a notificaciones y al flujo constante de información eleva los niveles de cortisol, la hormona asociada al estrés.
Según datos recogidos por análisis del comportamiento digital de PsychologyFor, quienes se desconectan de forma consciente reportan hasta un 32% menos de estrés en comparación con quienes no establecen límites con sus dispositivos. Además, el JOMO reduce el riesgo de burnout emocional, mejora la concentración y fortalece las relaciones personales al priorizar el contacto real sobre el superficial y digital.
Actualmente, lo que empezó como una tendencia de blogs de bienestar ya tiene respaldo académico y se consolida como fenómeno social de escala. La pandemia de COVID-19 fue un acelerador, ya que al desaparecer la mayor parte de las obligaciones sociales, muchas personas descubrieron que el ritmo más lento les resultaba más satisfactorio.
Algunos expertos del sector del bienestar plantean que el JOMO ha dejado de ser un concepto nicho para convertirse en un estándar de vida cotidiana, con espacios de trabajo y alojamientos adaptados específicamente para facilitar la desconexión consciente.
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