¡Viva Montesquieu!: por una separación real de poderes
La tentación política de los distintos gobiernos de controlar los órganos jurisdiccionales del Estado ha alcanzado durante la legislatura socialcomunista niveles impropios de una democracia. El asalto a la justicia ha alcanzado un grado de obscenidad tal que obliga con carácter de urgencia a levantar diques de contención inmediatos para preservar el Estado de Derecho. Que los jueces elijan a los jueces es, además de una exigencia democrática, una forma de garantizar la propia supervivencia del sistema. La separación de poderes -o la existencia de contrapoderes que aporten estabilidad y equilibrio al mismo- es una necesidad imperiosa, porque sin independencia judicial no hay independencia ni democracia real, sino un mero señuelo de justicia. De ahí que sea urgente devolver a los jueces lo que por principio es de los jueces, sometidos en los últimos años a un acoso indecente que ha debilitado hasta niveles nunca vistos el marco institucional sobre el que se asienta nuestro ordenamiento jurídico. Por eso, no hay forma más gráfica de explicar lo que necesita la justicia española que gritar a coro -mal que les pese a algunos, y sobre todo al PSOE- ¡Viva Montesquieu!
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