La traición de Sánchez a Israel
Pedro Sánchez ha vuelto a demostrar que, para mantenerse en el poder, es capaz de todo. No sólo rompió su palabra al aliarse con Podemos cuando juró que nunca lo haría. No sólo pactó con los separatistas catalanes y vascos que quieren liquidar la unidad de España. ¡Se asoció con los herederos de ETA! Ahora, en una escalada repugnante, se ha convertido en el abanderado europeo de la causa antisemita al exigir, en apenas 48 horas, que la Unión Europea rompa el Acuerdo de Asociación con Israel.
El pasado 19 de abril, en un mitin del PSOE en Gibraleón (Huelva), Sánchez anunció que este martes presentaría en Bruselas la propuesta formal para cortar los lazos comerciales, políticos y de cooperación con el Estado judío. «Un gobierno que viola el derecho internacional no puede ser nuestro socio», dijo, refiriéndose a Israel como si fuera el agresor y no la víctima de un ataque sistemático de Irán y sus proxies. «No tenemos nada contra el pueblo de Israel, pero…». Ese «pero» es el clásico prefacio de quien quiere disfrazar de crítica política lo que en realidad es una animadversión visceral hacia el único país democrático de la región.
Mientras Sánchez habla de «valores europeos», ignora deliberadamente el dolor de las víctimas israelíes y libanesas que sufren el yihadismo de Hezbolá. El sur del Líbano está plagado de túneles excavados durante años bajo cementerios, iglesias y edificios civiles. Túneles cuya construcción ni la Unifil (la fuerza de la ONU) ni el propio Ejército libanés han impedido. Túneles cuyo único propósito es infiltrarse en Israel para asesinar, secuestrar y lanzar cohetes. Las imágenes son irrefutables: un túnel de un kilómetro en Maroun El Ras, a pocos cientos de metros de un puesto de la Unifil; otro en Ayt ash Shab repleto de armas; y cámaras corporales de terroristas de Hezbolá grabando sus vídeos de despedida antes de una emboscada que las FDI neutralizó. Esos vídeos, difundidos en redes, muestran la crudeza de un enemigo que usa a su propia población como escudo y que celebra la muerte como victoria.
Pero los medios afines al sanchismo —y buena parte de la prensa europea— prefieren narrar los bombardeos israelíes en el Líbano como caprichos monstruosos de Netanyahu, sin mencionar que Israel actúa en legítima defensa tras años de ataques. Es la misma lógica perversa que lleva a equiparar a un Estado que avisa a civiles antes de golpear con terroristas que disparan desde hospitales y escuelas. Sánchez no piensa en la injusticia ni en el sufrimiento real. Piensa en votos. Piensa en mantener el sillón a cualquier precio. Por eso se alinea con Bildu, los herederos políticos de ETA, y ahora con la corriente antisemita que recorre Europa.
Por suerte, pasadas esas teatrales 48 horas, la UE ni siquiera considera una suspensión parcial del acuerdo. Exigir romper un convenio comercial de más de 45.000 millones de euros anuales no es «defensa de los derechos humanos». Es puro oportunismo geopolítico que debilita a Occidente frente al expansionismo iraní y el yihadismo. Frente a este relato sesgado, medios como OKDIARIO han mantenido una línea clara y valiente: defender a Israel no es defender lo indefendible, sino reconocer que un Estado soberano tiene derecho —y obligación— a proteger a sus ciudadanos de quienes reclaman su destrucción. Denunciar excesos puntuales no impide ver la realidad: Hezbolá, Hamás y el régimen de los ayatolás no buscan la paz. Buscan la desaparición de Israel del mapa.
Te sientes casi un alienígena defendiendo lo obvio: que un país no puede vivir bajo la amenaza constante de 150.000 cohetes y redes de túneles financiadas por Teherán. Que la supervivencia de Israel es también la supervivencia de los valores occidentales en una región dominada por los regímenes teocráticos. Sánchez, en cambio, ha elegido un bando. El de quienes, bajo la bandera de la «paz», alimentan el odio más antiguo de Europa. España, que presume de memoria histórica, debería recordar que el antisemitismo nunca trae nada bueno. Ni para los judíos ni para quienes lo toleran. Sánchez no sólo traiciona a Israel. Traiciona a Europa y a la propia dignidad de una nación que siempre supo distinguir entre la barbarie y la civilización.
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