Opinión

Supernanny

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Las calles de grandes ciudades, con Milán como uno de los escenarios recientes, se convierten en el patio de recreo de un vandalismo que algunos se empeñan en romantizar.

Frente a este paisaje, las reacciones de los líderes europeos son un catálogo de malabarismos. Emmanuel Macron, atrapado en sus propias contradicciones, intenta sofocar los incendios con toques de queda quirúrgicos, midiendo cada palabra como quien pisa Legos descalzo a las tres de la mañana para no perder su barniz centrista.

Otros, como Pedro Sánchez, prefieren la técnica del avestruz o la tibieza discursiva. Y en medio de este titubeo continental, emerge Giorgia Meloni. La primera ministra italiana ha decidido que el Estado de derecho no es un elemento decorativo del mobiliario urbano, aplicando la ley con una firmeza que ha descolocado a más de uno.

La presidenta italiana, Giorgia Meloni, ha sacado los ovarios a pasear ante los disturbios y ha hecho lo que a ningún otro líder europeo contemporáneo se le habría pasado por la mente.

En Europa nos estamos acostumbrando (desde algún lugar entre la empatía, la sumisión y la pereza) a ver las calles arder, los comercios saquear y las ciudades vandalizadas por la furia juvenil.

Ante este panorama, los gobernantes tradicionales suelen responder con discursos melifluos, mesas de diálogo y una especie de paternalismo cobarde que justifica la delincuencia bajo el paraguas de la «desigualdad».

Pero Meloni… Ella no. Tras los salvajes incidentes del fin de semana, la italiana ha aprobado por decreto medidas contundentes, autorizando el despliegue de 500 militares en las calles: “Quien rompe, paga, y si quien rompe es menor, pagan sus padres: de 500 a 1.000 euros de multa (el doble si el niño repite), más los destrozos.

Los chicos de 14 a 18 años se presumen responsables de sus actos salvo prueba en contra y podrán ser detenidos preventivamente. Quien lance piedras o petardos en grupos de cinco o más se arriesga a cinco años de cárcel: «No hay nada revolucionario en vandalizar y robar. El vandalismo y el robo no son protesta, son delincuencia». Atentamente, Meloni.

Celebrar que la ley se aplique no exige, en absoluto, comulgar con el ideario conservador del gobierno italiano. Desde una óptica estrictamente liberal, la ecuación es cristalina: la libertad de una sociedad se asienta sobre el respeto a la ley y la protección del individuo.

Que la vida está carísima es verdad y que la angustia de los jóvenes es legítima, también.

Pero permitir que la delincuencia callejera avasalle a los ciudadanos de a pie, destruyendo negocios y sembrando el caos, no tiene nada de progresista ni soluciona; es simple negligencia institucional. Defender el orden público frente al pillaje no es autoritarismo, es el pacto social más básico. Si el Estado renuncia a proteger los escaparates y la tranquilidad de sus ciudadanos, volvemos al mono.

Insisto. Resulta refrescante (y digno de análisis) que tenga que ser una mujer quien ponga límites a este desmadre, mientras sus homólogos masculinos dudan, aterrorizados por el escrutinio de la corrección. Una lección de pragmatismo político que rompe los viejos moldes de cómo se supone que debe ejercer cualquier empresa una mujer.

¿Y quiénes son los héroes antisistema? Detrás del pasamontañas rara vez hay teóricos de la revolución. La radiografía de este perfil es demoledora: jóvenes crédulos, sin formación, que identifican su propia frustración personal y vital con lo que les han dicho que se llama «derecha» o «el poder» que han encontrado en el caos masa y músculo para dotar de sentido a su mediocridad.

Pasar de saberse nini aprovechado e inútil a un revolucionario que lucha por ideales trascendentes es tentador. La autoestima se recupera por completo. Ay… Che, Guevaras de fin de semana que, tras la barricada, le llevan la capucha negra a su madre para que se la lave con Mimosín.

Es mucho más fácil reventar el escaparate de una pastelería en la Piazza Duomo que estudiar, trabajar y responsabilizarse de la propia vida.

La turba confunde emoción con pensamiento, robo y saqueo con justicia social, pero no hay épica en quemar un coche ni en robar zapatillas de marca (el asalto al sistema capitalista empieza expropiando unas Nike de 200 pavos y un iPhone 15, nunca un libro de economía), solo vacío intelectual.

Frente a semejante espejismo, la respuesta no puede ser la indulgencia ni el miedo a aplicar la norma. La firmeza en la defensa de los ciudadanos pacíficos es la única vía para garantizar que la libertad no sea secuestrada.

Y si tiene que ser una mujer (como una madre de la Garbatella con la zapatilla en la mano) la que le recuerde a Europa este principio elemental, mejor.