Opinión

Si las excavadoras sólo funcionan con Sánchez delante, la obra va para largo

Podíamos definirlo como el misterio de la excavadora. Aparece Pedro Sánchez con un chaleco fosforito y tocado con un casco, a modo de capataz de obra. A su lado, una imponente máquina de demolición mueve sus hercúleos brazos de hierro y va triturando literalmente la anatomía de los vetustos edificios del Ejército situados en el barrio de Batán para dar comienzo al ambicioso proyecto de regeneración urbana en el suroeste de Madrid, conocida como la Operación Campamento. La secuencia traslada movimiento, la quintaesencia del desarrollo urbano. Sánchez toma la palabra mientas mientras el monstruo metálico parece asentir en cada movimiento, como si el hombre y la máquina se hubieran fusionado. Una puesta en escena soberbia. Pero lo que debía ser el banderazo de salida a una obra colosal tenía truco. Tan sólo 24 horas después, las máquinas que aparecían en los vídeos junto a Sánchez, permanecían detenidas. No había siquiera obreros en la zona, como si el frenético empuje del lunes se hubiera detenido súbitamente siguiendo la orden del capataz de obra que horas antes había mutado en presidente del Gobierno. Lo cierto es que las excavadoras permanecían varadas en mitad de la nada. Todo lo más, un par de pequeños artefactos retirando el barro que la jornada anterior manchó los zapatos del capataz Pedro Sánchez.

Los vecinos del barrio se quejan con razón de que todo fue un montaje, un anuncio publicitario, pura propaganda. Un spot para la foto del capataz de obra/presidente del Gobierno que cada que vez que se pone un chaleco fosforito promete construir miles de viviendas, como si los pisos fueran de cartón piedra y pudieran construirse en el tiempo que duran sus discursos. La Operación Campamento ha sido la Operación Pedro Sánchez. Un día después, nada. Las máquinas paradas, como una metáfora perfecta de la inacción del Gobierno. Por cierto, si las excavadoras sólo funcionan delante de Sánchez la obra va para largo.