Sánchez: «La luz y el faro del progresismo europeo e internacional»
Hace apenas una semana, comentábamos que la reflexión del fin de semana de Sánchez había culminado con su decisión de convocar elecciones generales para el próximo 29 de noviembre. Unas elecciones a las que se podrá presentar con el patético balance de no haber presentado en el Congreso ni un solo Proyecto de Presupuestos Generales del Estado en toda la legislatura. Que la Constitución establece que el gobierno debe presentarlos como fecha límite el 30 de septiembre de cada año para su debate. Y para que su eventual aprobación entre en vigor al comenzar el ejercicio del año siguiente.
Presentarse a las elecciones con ese vergonzoso balance un presidente que accedió a la Moncloa hace más de 8 años con la inaudita cifra de 84 diputados, mediante una moción de censura para «salvaguardar la calidad de nuestra democracia», no hay palabras para calificarlo.
Es evidente que es cosa sabida, pero no por eso no debe recordarse, especialmente cuando ya estamos en plena precampaña electoral. Tras la invasión de Ceuta el pasado 30 de julio, por parte de 80.000 «inmigrantes» ilegales, ahora el sanchismo pretende que la vivienda concentre todo el interés político ante las urnas. Y se permite hablar de ese grave problema como si fuera un espectador de lo sucedido y criticando a la oposición de la situación existente.
Cuando llevaba más de 8 años de inquilino de la Moncloa el pasado 2 de octubre, cuando el Congreso rechazó la convalidación de sus dos RDL que, según él, solucionarían ese problema. Tiempo más que suficiente para haberlos debatido y no como Reales Decretos, sino como proyectos de ley, como procedía. Que es otra prueba muy importante para acreditar su concepto de la calidad de una democracia parlamentaria como la española, que él iba a garantizar. Ya que la Carta Magna prevé el RDL como instrumento jurídico-legal para casos de «extrema y urgente necesidad».
Situación que en 2018 no existía respecto de la vivienda, y que su inacción e incapacidad ha generado en 2026. A estos efectos es oportuno recordar lo que una personalidad como Fulton Sheen ha dejado para la historia. «Si quieres que las personas se queden como están, diles lo que quieren oír. Si quieres mejorarlas, diles lo que deberían saber». Y desde la convicción de que todos deseamos un futuro mejor para nuestro país y nuestra sociedad, es obligado reflexionar sobre la posibilidad que se abre para todos, el domingo 29 N., donde nos jugamos literalmente pasar de una dinámica política y social en el límite del régimen constitucional para entrar en otra que puede significar una auténtica revolución. Muy en la línea del Frente Popular socialcomunista sanchista, convertido en un Frente «más amplio» para enfrentar y dividir más a los españoles entre sí.
Es posible que algunos lectores consideren una exageración fruto de la «conspiranoia» esta afirmación, pero basta recordar a dónde ya nos ha llevado Sánchez. ¿Y a dónde puede llevarnos, si el pueblo español no reacciona ahora? ¿Qué es una virtual dictadura autocrática, con él tal y como le ha definido su presidenta del Congreso, Francina Armengol: «la luz y el faro del progresismo europeo e internacional»? ¿Quién ha afirmado estar dispuesto a «gobernar» sin mayoría parlamentaria y sin Presupuestos, como de hecho ya ha efectuado? Señalando a periodistas y medios que no son afines a su proyecto, y utilizando incluso a grupos mafiosos para «eliminar» a jueces que osan investigar a los suyos. Y que ahora pretende efectuar un auténtico «pucherazo» electoral para incluir en el censo a centenares de miles de nuevos «españoles y votantes». Que nunca han estado en España, para que decidan cuál es su gobierno, que obviamente debe seguir presidido por él. Y se atreve a advertir al Tribunal Supremo que se abstenga de negarle el derecho al voto a esos «nuevos españoles». Esta dictadura autocrática es lo que pretende conseguir Sánchez, que llevaría a España a una situación similar a la de los venezolanos con su amigo Maduro. Y a nuestro país a una marginalidad absoluta en el Occidente europeo del que formamos parte.
Una «ex España» que sus socios separatistas, Bildu, y comunistas, sin duda, aplaudirían. Pero los españoles celebrando con emoción la Fiesta Nacional.