Opinión

Sánchez se aferra a la lira

  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

A los sanchólogos se les va acumulando la tarea para descifrar en el futuro las claves del personaje. Entre las muchas incógnitas por desentrañar hay una que imperiosamente reclama su lugar en el podio de la obtusa ciencia de la sanchología: ¿sabe Pedro tocar la lira?

Tenemos constancia de los conocimientos musicales de su hermano imputado, alias David Azagra, aunque ignoramos su posición en la escala de los Dalton en relación con Pedro, pues nunca los hemos visto juntos.

Pero más allá de las virtudes melómanas de quien compuso en el pentagrama de su vida la sinfonía de la cigarra, pero sin la hormiga, o la de Pedro y el lobo, pero con más lobos que los de Caperucita, desconocemos las inclinaciones instrumentales de su hermano Pedro. Y eso que ahora se prodiga en las redes exhibiendo sus gustos en la materia porque alguien le ha dicho que lo suyo ya canta incluso entre los jóvenes.

El arte y la literatura han perpetuado la leyenda de Nerón tañendo la lira ante el incendio que devastó Roma en el año 64. El instrumento musical es en el imaginario popular un símbolo del poder que se complace en la destrucción que él mismo provoca. Parece que su delicado tañer, sus suaves sonidos, tuvieran la virtud de acallar los remordimientos que el poderoso pudiera sentir a la vista del caos que ha causado por su desidia o mala fe, o por ambas a la vez.

Tal es la mentira para Pedro Sánchez, el instrumento con el que ha tratado de ahogar siempre la evidencia de su funesta incompetencia, las pruebas de su permanente omisión de sus deberes constitucionales, o las huellas de su viciado entender la política como aislamiento, asedio y devastación de todo aquello que obstaculice sus designios autocráticos o de quien simplemente los critique.

Sánchez es experto en tañer la mentira mientras todo arde a su alrededor. Lo hizo con las decenas de miles de españoles muertos en la pandemia, asegurando que todo estaba bajo el control de un comité de expertos fantasma.

Lo está haciendo ahora con las víctimas de la catástrofe ferroviaria de Adamuz, donde con gélida distancia respecto del drama de tantas familias solo se le ocurre elogiar a su fiel Oscar Puente. Un ministro que no para de mentir, contradecirse, atacar a los medios y los expertos, para acabar diciendo en su descargo que prefiere quedarse en el cargo desde el que incumplió su responsabilidad de garantizar la seguridad de empleados y viajeros.

Sánchez nunca ha sabido o querido apagar los incendios. Lo que hace siempre es superponer a un incendio otro mayor, como ha señalado acertadamente la eurodiputada popular Alma Ezcurra.

Incendió el final de la Vuelta Ciclista a España para tapar las llamas caseras de la imputación de Begoña. Montó la hoguera del aborto para ocultar la chamuscada batuta de su hermano, también imputado al cortocircuitarse su enchufe por el PSOE en la Diputación de Badajoz. Y prendió fuego a Eurovisión para que no se viera la columna de humo gigantesca de la entrada en prisión de su mano derecha en Ferraz.

Como está haciendo ahora con el anunciado «papeles para todos», que es una nueva lengua de fuego para alejar el foco de las cenizas políticas de su carbonizado Puente. A Sánchez no le interesa tanto la regularización de inmigrantes como la regularización de su extrema debilidad parlamentaria.

Lo de Sánchez no es una huida hacia adelante: es un camino a trompicones hacia el abismo sobre una alfombra de brasas ardientes, mientras le revientan en los pies las ampollas de todas las causas rendidas ante sus insaciables socios.

Para acallar el crepitar de su piel política en combustión acelerada, Sánchez solo sabe hacer lo que ha hecho siempre: tocar los acordes de la mentira en todas sus escalas.

La última ha sido con el decreto ómnibus, cargando contra el PP, al que acusa de tener de rehenes a los pensionistas. Lo dice él, que tiene de rehenes a todos los españoles en sus permanentes rendiciones ante sus socios, entre los que se incluye Arnaldo Otegi, que fue condenado por secuestro precisamente.

Mientras tanto, Sánchez va cebando el gran incendio de España acumulando toda la madera y yesca que encuentra a mano: desde las vigas maestras del edificio constitucional a los artesanados institucionales carcomidos por la corrupción, pasando por las traviesas de la antaño envidiable red de ferrocarriles o los rastrojos del putiferio montado en las empresas públicas, sin olvidarse de quemar también en la hoguera del populismo los bienes que las víctimas de la inquiokupación lograron reunir después de una vida de sudor y esfuerzo.

La acumulación de esa gigantesca pira no le basta. Sánchez solo se contentará si además lograr movilizar a las tribus «borrokas» y «urquinaonas» para poner asedio, como en el documental Ícaro. La semana en llamas, a los defensores de los últimos reductos del Estado de derecho y de la alternancia democrática.

Para empezar, ya está pensando en indultar al ex fiscal general del Estado, su adelantado en arrancar el cuero cabelludo a la división de poderes para que todos sean igual de calvos ante su desmelenamiento autoritario.

En su estrategia de tierra quemada, este Pedro Sánchez que «está pero no gobierna», como lúcidamente ha escrito José María Rotellar, ha hecho de los jóvenes sus víctimas predilectas, sin ofrecer futuro alguno a sus inquietudes y necesidades, más allá de bonos oportunistas y electoralistas.

Su plan es que cada vez más jóvenes se vayan sumando a las mesnadas anti-sistema, sobre todo cuando adviertan que ya no tienen nada que perder. Contra esa tortuosa estrategia no cabe más que ofrecer un pacto generacional para brindar a los jóvenes una nueva oportunidad para que sus vidas no sean peores que las de sus padres por culpa de la devastación socialista.

Nota del autor. La semana pasada cité al padre Isidoro Martín, a quien Azaña salvó la vida al comenzar la Guerra Civil por ser su profesor preferido en el colegio de los agustinos en San Lorenzo del Escorial, según cuenta Juan Ignacio Luca de Tena en Mis amigos muertos. En rigor, el padre Isidoro, uno de los pocos supervivientes de su comunidad, masacrada en Paracuellos de Jarama, pudo exiliarse en Francia después de entrevistarse con Azaña en septiembre de 1937, como recoge José María Marco en Azaña, el mito sin máscaras citando las memorias del político alcalaíno.