Opinión

El PSC, de los nervios

Uno, que ya tiene una cierta edad, recuerda la última etapa de total hegemonía socialista en Cataluña: con Zapatero en Moncloa, con Montilla en la Generalitat, con Hereu de alcalde de Barcelona y con dirigentes del PSC gobernando la mayoría de los grandes consistorios catalanes y buena parte de las diputaciones. Poco tiempo después, los socialistas perdieron la Generalitat, Barcelona y la Moncloa, y sus mayorías absolutas en el cinturón rojo se evaporaron. Y en 2017 Ciudadanos arrasó en los principales feudos socialistas. Ahora estamos viviendo otra etapa de oro para el PSC, con Sánchez en Moncloa, Illa en la Generalitat, Collboni en Barcelona y controlando los principales resortes del poder municipal y provincial. Y, aun así, los del puño y la rosa están de los nervios, porque recuerdan lo que les pasó de 2010 a 2017.

Los socialistas sólo tienen en el Parlament la oposición real de PP y VOX, porque Junts se está autodestruyendo y ERC, CUP y Comunes compiten para ver quién es más obsequioso con Salvador Illa. Collboni ha podido gobernar, con sólo 10 concejales de 41, sin demasiados sobresaltos. Pero no despegan. Tienen todo el poder para asegurarse, con el dinero público, un clientelismo total, y no les salen los números. Los sondeos dejan claro que en las autonómicas los socialistas van a la baja y en Barcelona suben muy ligeramente. Y la inseguridad causada por la política de favorecer la inmigración ilegal está destrozando las posibilidades de los alcaldes socialistas en las grandes ciudades, de Lérida a Hospitalet, que tendrán que pactar con ERC y/o Comunes si quieren seguir manteniendo la vara de poder municipal.

El PSC ha cometido dos grandes errores. El primero fue prometer a los catalanes que se acababa la agitación separatista y comenzaba «la buena gestión de los servicios públicos». No ha acabado el procés, y ahí están en TV3 y Catalunya Ràdio los mismos que sembraban rencor hacia todo lo que huela a España —Óscar Andreu, Jair Domínguez, Joel Díaz, Peyu, Juliana Canet y un largo etcétera—; entidades como Plataforma per la Llengua reciben año tras año cada vez más dinero para seguir con sus campañas para sustituir —y, por lo tanto, arrinconar o erradicar— el español por el catalán como lengua de uso social, comercial, cultural y educativo, y la Generalitat sigue ignorando las sentencias que obligan a que el español sea realmente una lengua vehicular en las escuelas catalanas.

Tampoco ha llegado «la buena gestión», cuando —por ejemplo— los socialistas recomendaron a los miles de catalanes que fueron a la provincia de Tarragona a ver el eclipse que no cogieran el coche y fueran en transporte público y luego fueron incapaces de poner en marcha un operativo de trenes que absorbiera esa demanda, y muchos ciudadanos se quedaron tirados durante horas en las estaciones de ferrocarril, mientras la policía impedía que nuevos viajeros accedieran a unos andenes abarrotados.

Esa «buena gestión» se ha resumido en un servicio de Cercanías que se cae a cachos, con barracones escolares, con una sanidad pública cada vez más masificada y deteriorada, con una policía que no puede parar el aumento de la delincuencia, con unas carreteras congestionadas y en continuo deterioro, con una política de vivienda pública no basada en la construcción de pisos, sino en la confiscación y las multas a los propietarios, con una política impositiva abusiva… Illa prometió una mejor administración de la cosa pública y ha fracasado. Y su imagen de gestor gris, pero eficaz, se ha evaporado, por mucho que se gaste una porrada de millones de euros en propaganda tanto en los medios públicos como en los privados concertados, que en Cataluña son casi todos.

El segundo gran error que cometió fue engordar a Aliança Catalana para debilitar a Junts. Illa le dio, durante meses, un protagonismo desmesurado a una Silvia Orriols que sólo tenía dos diputados en el Parlament, confrontando directamente con ella. Al final, la de Ripoll roba votos en todas direcciones, también a sus socios de Gobierno, y amenaza la hegemonía del PSC. Los socialistas catalanes están tan nerviosos ante un posible bajón en las elecciones municipales, en las que basan buena parte de su poder, que han lanzado a sus medios de comunicación a inventarse crisis en el resto de partidos. Y así, para la prensa adicta al PSC, Jordi Turull está a punto de ser cesado en Junts y en Aliança Catalana están todo el día a la greña. O buscan cualquier atisbo de discrepancia en PP y VOX para poner titulares apocalípticos. Todo al servicio de unos socialistas que ven cómo muchos de sus alcaldes, como el de Hospitalet o el de Lérida, no van a conseguir grandes resultados, dado que sus ciudades se han convertido en zonas no-go. Veremos si el dinero público malgastado en propaganda les sirve para tapar la realidad.