La pijería del proceso

David Madí concedió hace unos días una entrevista a La Vanguardia y no se le ocurrió nada mejor que posar en un campo de golf. La simple foto desmontaba la piedra angular del procés: «Espanya ens roba».
Es cierto que el que fuera cerebro de Artur Mas —incluso en el sentido literal del término— se lo puede permitir porque es de familia acomodada. Su abuelo era conocido como Mr. Floïd, el introductor de esta conocida marca de masaje. Hizo una fortuna.
Lo de Joan Baptista Cendrós tenía mérito. Cuando todos los de su clase eran franquistas, él era catalanista. Y cuando toda la oposición al franquismo era de izquierdas, él era de derechas. No en vano fundó, junto a otros próceres, Òmnium Cultural, que entonces era una entidad cultural, no politizada como ahora.
La entrevista en cuestión era la típica pieza de verano. No en vano, Madí lleva más de quince años alejado de la primera fila. Pero dejaba ir alguna perla, en plan aviso a navegantes. Sobre todo ahora que Junts intenta recuperar, a marchas forzadas, el espacio postconvergente. En resumen: que nada de «cordones sanitarios» y que con Aliança «puede haber acuerdos».
Fue, sin embargo, como la magdalena de Proust. Me vinieron a la cabeza todos los episodios burgueses del procés. Al fin y al cabo, fue un movimiento de clases medias o incluso altas. Bastaba con ir a cualquier Diada para verlo.
Empezando por la paella de Cadaqués en agosto del 2016. Posaron -estelada en mano-, Puigdemont, Laporta, Rahola y el mayor Trapero, entre otros. La crème de la crème.
Siempre pensé que la conocida articulista, consumada la sucesión en la Generalitat, quería demostrar que tenía con el nuevo presidente el mismo buen rollo que había tenido con el anterior: Artur Mas.
En el portal de la Corpo hasta le dieron un toque, porque fue ella quien lo divulgó. «Una fiesta de verano es un acto privado e íntimo, pero se convierte en un acto público si se cuelgan imágenes en las redes», escribieron en la crónica del día. Además, en Cadaqués, una de las zonas más pijas de la Costa Brava.
Un año después, en septiembre de 2017, pillaron al ex diputado de la CUP Antonio Baños, al dirigente de los Comunes Jaume Asens y al periodista Toni Soler —uno de los mimados de la CCMA— tomando copas en la terraza del hotel de lujo Casa Fuster de Barcelona, a 20 euros el cubata.
Tenían gustos caros y no lo ocultaban. Josep Maria Mainat, aquel al que años después su mujer intentó matar, colgó una foto suya tomando un baño en una piscina infinity en junio de 2019. De esas en las que el agua llega hasta el borde y se confunde con el horizonte. El Mediterráneo, justo a su espalda. «Aquí, en Sant Feliu —de Guíxols, también en la Costa Brava—, meditando si nos conviene más ensanchar la base o la unilateralidad·, confesaba sin ambages.
Otra piscina famosa fue la de la propia Pilar Rahola, esta ya en agosto de 2022. En ella se zambullían Jordi Cuixart y otros invitados. La propietaria había explicado años atrás, en un programa de TV3, que ella y su marido habían roto varias camas en plena actividad nocturna.
Posteriormente, puso la casa en venta —había pasado la época de las vacas gordas y ella ya no colaboraba ni con La Vanguardia ni con la cadena autonómica—, pero no sé si la operación llegó a materializarse. Pedía 3,7 millones de euros por una vivienda de tres plantas, siete habitaciones y cinco baños.
Más ejemplos. El día en que Elsa Artadi, ahora enchufada en Foment del Treball, se fue a aquella manifestación de Bruselas de diciembre de 2017 con una chaqueta Moncler cuyo precio rondaba los 1.150 euros.
Laura Borràs, la misma que se queja ahora de que el indulto que le ha concedido Pedro Sánchez es solo «parcial», posó en junio de 2018 con un BMW Z4. Aunque posteriormente se apresuró a aclarar que no era suyo. Lo que sí era suyo era el bolso Armani con el que acudió a una manifestación contra la «represión» en septiembre del año siguiente. La pieza superaba los mil euros.
No quiero terminar sin recordar a aquella señora de avanzada edad que fue portada de La Vanguardia en septiembre de 2018. Se manifestaba delante de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona a favor de la «libertad de los presos políticos» tras haber ido de compras a Chanel. Así parecía atestiguarlo la bolsa que llevaba colgada del brazo mientras exhibía el cartelito en cuestión. Los antidisturbios de los Mossos, que habían sido rociados previamente con pintura, aguantaban impertérritos la escena.
Meses antes, en abril del mismo año, El Periódico ilustró una noticia sobre los CDR con otra imagen que me llamó la atención. Se veía una caravana de coches encabezada por un Mercedes de cuyo techo corredizo sobresalía una bandera independentista. Todo ello a pesar de que el «España nos roba» fue una de las grandes posverdades del proceso.