Opinión

De los patos de Aznar al «house tour» de Sánchez

  • Pedro Corral
  • Escritor, investigador de la Guerra Civil y periodista. Ex asesor de asuntos culturales en el gabinete de presidencia durante la última legislatura de José María Aznar. Actual diputado en la Asamblea de Madrid. Escribo sobre política y cultura.

La anécdota que cuento no está sujeta a la exigencia de confidencialidad del Consejo de Ministros, aunque tuvo lugar cerca de la sala donde se celebran. En concreto, en la puerta del mismo Palacio de la Moncloa que sirve de residencia a los presidentes de Gobierno.

El presidente José María Aznar esperaba aquella tarde al pintor chileno Roberto Matta, opositor al régimen de Pinochet, a quien había concedido la nacionalidad española, gracias también a los oficios de Teresa Alberti, sobrina del poeta gaditano.

Allí me encontraba yo como asesor de asuntos culturales en el gabinete del presidente. Mientras aguardábamos la llegada de Roberto Matta y de su mujer, Germana Ferrari, pasaron sobre nuestras cabezas un par de patos a modo de heraldos aéreos de los ilustres invitados. «Estos van a la piscina que hay en el jardín», me comentó Aznar, demostrándome su familiaridad con la presencia de aquellas aves.

No recuerdo qué contesté a aquella observación. Sí tengo grabado de ese momento, en cambio, el profundo silencio en que se envolvió Aznar por cuestión de segundos, como suele hacer, antes de descargar un comentario con la fuerza de una sentencia sin apelación:

-Cuando yo ya no esté aquí, los patos seguirán viniendo.

Aquella proverbial manifestación del paso inevitable del tiempo no podía sino fundarse en su conocimiento de los versos de Juan Ramón Jiménez: «Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando».

Valga aquí un inciso: Aznar es un insaciable lector de poesía, al contrario que Sánchez, que en esto parece que toca de oídas, pues atribuyó origen soriano al poeta sevillano Antonio Machado.

A la vez, aquel reconocimiento sincero del poder de lo efímero y de lo efímero del poder, era coherente con el compromiso de Aznar de no permanecer más de dos legislaturas al frente del Ejecutivo, tal y como
cumplió.

Fue cierto que Aznar ya no estaría, pero no estoy seguro, sin embargo, de que los patos siguieran yendo a la piscina, ya que poco después quedó cubierta para su climatización, con un coste de 17.000 euros de los contribuyentes, por capricho de la mujer de su sucesor en La Moncloa, José Luis Rodríguez Zapatero. Con ello se cerró la polémica por el uso exclusivo de una piscina de la Guardia Civil en Valdemoro por parte de Sonsoles Espinosa para sus clases de buceo.

Como ahora y siempre, el PSOE se pasó por el forro con la climatización de la piscina de La Moncloa no sólo la querencia estacional de aquella pareja de patos enamorados, sino el «código de buen gobierno»
(sic) de Rodríguez Zapatero, que instaba a sus altos cargos a evitar “toda manifestación externa inapropiada u ostentosa que pueda menoscabar la dignidad con que ha de ejercerse el cargo público».

Asaz demostrada ha quedado la férrea convicción de los sanchistas de que un código es el sitio por donde se dobla el «brázigo», y no una colección de estrictas reglas de moralidad que vinculan, por higiene cívica y democrática, a los que ejercemos un cargo costeado por los ciudadanos.

Supongo que el lector se estará retorciendo a carcajadas en el suelo, tal y como me ha pasado a mí al rescatar aquel código socialista, de sólo compararlo con el modo de proceder de Pedro Sánchez y sus más allegados en la familia, el partido y el Gobierno. La lista de manifestaciones externas de nuevos ricos, cabe decir ostentóreas en el caso de los Sánchez Gómez, es ya muy numerosa, pero no por ello inacabable.

Me ha venido a la memoria la anécdota de Aznar como contraposición al último show de Sánchez en redes sociales con su «house tour» por el Palacio de La Moncloa «en plan Isabel Preysler», según sus propias palabras.

Muy llamativa es la carencia de sentido del ridículo con su comparación con la gran protagonista del papel couché, sólo explicable en una persona que la envidia por enseñar su propiedad privada y no una del Estado. Pero más allá de esto, Sánchez busca en el fondo mimetizarse con el espacio que ocupa por razón de su cargo.

Mimetismo que es una forma de apropiación, pues Sánchez se muestra a sí mismo como parte del mobiliario del palacio, como una silla o una mesa, con carácter de bien no enajenable, afectado al uso general del Palacio de La Moncloa como servicio público (sic).

La desafectación de estos bienes requiere de un proceso complejo, como el que posiblemente esté soñando en evitar Sánchez para seguir confundiéndose con el mobiliario. Nada mejor para contrarrestar la creciente desafección popular que simular su afectación a La Moncloa como un enser cualquiera.

Estamos ante una nueva versión del famoso síndrome de la Moncloa, en la que el paciente no es que esté fuera de la realidad, sino que aparenta tener la cualidad inalienable de una alfombra, un reloj de pared o un armario empotrado del palacio. Y es con esa convicción con la que nos
presenta a sus primeros compañeros de rutina diaria, constante, imperecedera: los muebles y enseres de la llamada sala del reloj, primer espacio exhibido de una serie que amenaza con ser interminable.

Dicho trastorno tiene sus efectos, muy graves, en la calidad democrática, pues en realidad el anfitrión del «house tour» está utilizando La Moncloa como un simulador de un plan más ambicioso. El objetivo final de su experimento es acabar mostrándonos al conjunto de España como su propiedad privada, en la que los españoles no seamos más que parte del mobiliario. Ese sí es un «house tour» en plan Sánchez de verdad.