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La obligada ejemplaridad de los miembros de la realeza

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  • Jaime Peñafiel
  • Periodista político y del corazón. Experto en noticias sobre la aristocracia y la familia real. Ex redactor jefe de la revista ¡Hola! y fundador del diario El Independendiente y La Revista. Escribo sobre la Casa Real.

La frase que he repetido por doquier, «la razón de ser de las monarquías es que todos sus miembros sean ejemplares», me la han atribuido quizá debido a la reiteración, pero honestamente debo decir que no sé si, en algún momento lejano, se la oí a alguien o la leí en algún sitio. Lo que sí es cierto es que debería ser el pilar fundamental de las actuales monarquías parlamentarias. Puesto que ya carecen de poder político, su legitimidad se sustenta en ser un poder institucional y simbólico, así como en tener una conducta intachable en todos los miembros de las monarquías.

Esa debería ser la condición sine qua non. Aquel «lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir» cuando el Rey Juan Carlos trataba de reducir la clamorosa indignación ciudadana por una serie de comportamientos privados inadmisibles, ha dejado de tener efecto actualmente. Los reyes en ejercicio, incluidos los príncipes, están obligados a actuar conforme a los dos principios que hoy día justifican su existencia: su utilidad real y su ejemplaridad. Sus vidas no son inviolables e irresponsables, quedando atrás aquello de que «no pueden equivocarse».

La revelación de los archivos de Jeffrey Epstein ha llenado de desprestigio a numerosos miembros de casas reales cuyos nombres aparecen mencionados. Cuando se pensaba que el ex príncipe Andrés iba a ser una excepción (qué ilusa fue la reina Isabel, su madre, intentando que su hijo favorito no se viera envuelto en el escándalo que tantos millones de libras le costaría), otros muchos nombres de royals (algunos consortes, otros no) han aparecido por los papeles de la vergüenza, como Sofía Cristina (casada con Carlos Felipe de Suecia), Mette-Marit (casada con el príncipe heredero Haakon Magnus de Noruega y actualmente recién trasplantada de pulmón), Sara Ferguson (ex de Andrés), Federico X de Dinamarca y Lorenzo de Bélgica… por el momento.

Los «deslices» en la vida de don Juan Carlos

En el libro de memorias del Rey Juan Carlos publicado en noviembre de 2025 con el título de Reconciliación y que recibió un galardón especial concedido al rey y a la coautora, la francesa Laurence Debray, se habla de muchas mujeres de su vida. Desde la Reina emérita Sofía a sus nietas Leonor y Sofía o Letizia, sobre la que no muestra especial simpatía. También habla de las «otras mujeres de su vida», aunque solo admite dos infidelidades a las que se refiere como «deslices sentimentales». Lo recuerda el compañero Ferreras. El texto no incluye ninguna información explícita, ni siquiera dice el nombre de estas mujeres que fueron «deslices». Además, acusa a los medios de haberle «adjudicado una decena de relaciones extra conyugales».

En otro párrafo reconoce que «una relación en particular, se hizo pública». Juan Carlos afirma que fue «hábilmente instrumentalizada y tuvo graves consecuencias en mi reinado». En este sentido, habla claramente de Corinna Sayn-Wittgenstein, la aristócrata alemana, 26 años menor que él. También aparece su relación de 20 años con Marta Gaya. El otro «desliz» fue Bárbara Rey. ¿Conducta ejemplar? Ahí lo dejo.

«Esa corona es falsa»

A propósito de la investigación judicial a Zapatero por delito fiscal y contrabando por las joyas de su despacho, estas se han puesto de actualidad aunque siempre fueron noticia. Nunca olvidaré la polémica surgida cuando la esposa de Franco, Carmen Polo, regaló a Fabiola y en nombre del pueblo español una diadema antigua con incrustaciones de piedras preciosas, al parecer. Esta joya fue adquirida por la generalísima en persona, pagando por ella una gran suma de dinero ¡¡¡público!!! Aunque nunca se supo la cantidad ni contra qué partida se hizo. Más tarde se especuló con que los rubíes y esmeraldas de dicha joya no eran tales. Los auténticos habían sido presuntamente cambiados en los duros años de la posguerra. Al parecer, las monjitas que las custodiaban para sobrevivir al hambre que por aquel entonces asolaba al país, fueron vendiéndolas con la colaboración de un famoso joyero. También se dijo que había sido Carmen Polo quien había dado el cambiazo.

Fabiola la lució, por primera vez, el 14 de diciembre de 1960, la noche de su primera aparición pública en el palacio real de Laeken, con motivo de la recepción ofrecida en vísperas de su boda, a la que asistí como periodista. Y fue allí, aquella noche, cuando un personaje muy importante y cuyo nombre me van a permitir que, por discreción, silencie, se acercó a mí para decirme muy confidencialmente: «Esa corona es falsa».

Por cierto, a la boda de Fabiola y Balduino asistió el conde de Barcelona acompañado por el entonces príncipe Juan Carlos y la princesa María Gabriela de Saboya, su novia en aquellos momentos y quizá el gran amor de su vida. «Tenía que haberme casado con ella», le reconoció el Rey emérito a una periodista de la revista francesa Point de Vue. No hay la menor duda de que hubiera sido mucho más feliz de lo que ha sido y está siendo con Sofía.

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