No hay nada más odioso que utilizar políticamente los delitos de odio
El joven que denunció haber sido víctima de una aberrante agresión homófoba en Madrid se lo inventó todo. ¿Y ahora qué? Pues ahora habrá que pedirle explicaciones a todos aquellos dirigentes de la izquierda que trataron de sacar rentabilidad política al asunto, vertiendo acusaciones sin pruebas contra otras formaciones a las que acusaron miserablemente de sembrar la semilla del odio. Mención aparte merece el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska, que horas antes de que el joven confesara que no hubo agresión alguna prometía detener a esos jóvenes encapuchados que nunca existieron. No es la primera vez que Marlaska se lanza en tromba para sacar tajada política: lo hizo con el asunto de los sobres con balas que utilizó como munición política en vísperas de las elecciones del 4-M y lo hizo cuando se inventó un supuesto informe policial para tratar de ocultar las coacciones a dirigentes de Ciudadanos en la marcha del Orgullo LGTBI en 2019. Ahora, Marlaska ha vuelto a hacerlo: durante tres días alimentó la agresión homófoba de Madrid, pese a que la Policía tenía serias dudas.
Marlaska prometió detenciones cuando la Policía ponía en cuestión la veracidad del testimonio del joven y el Gobierno activó la Comisión contra los delitos de odio, a la que iba a acudir el mismísimo presidente del Gobierno. La supuesta agresión de Malasaña catapultó a un Ejecutivo que, una vez más, trató de instrumentalizar la situación para desviar la atención. Los acontecimientos han vuelto a poner de manifiesto que este Gobierno es capaz de todo para sacar rédito político. Lo de Marlaska es una indecencia, pero pedir su dimisión es un ejercicio inútil. Al fin y al cabo, es un peón dentro de la siniestra estrategia de manipulación socialcomunista. La agresión homófoba de Malasaña no existió -lo que no significa que no hayan crecido los delitos de odio-, pero lo que sí existe es un Ejecutivo que lleva demasiado tiempo galopando a lomos de la indignidad. Porque no hay nada más miserable y odioso que utilizar políticamente los delitos de odio.
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