Opinión

La miseria moral de un ministro capaz de manipular hasta los muertos

Para desviar la atención de su indudable responsabilidad política en el siniestro ferroviario que se ha cobrado la vida de 69 personas en la localidad toledana de Urda, este Gobierno ha sido capaz de hacer cumbre en la inmoralidad y, desde la cima de su gigantesca vileza, apuntar como culpable a un trabajador del centro de control de Adif, filtrando —de forma sesgada— las conversaciones previas con los maquinistas de los dos trenes siniestrados, uno de ellos, por cierto, muerto en el brutal accidente. La obscenidad que supone utilizar a las víctimas de la tragedia para tratar de desviar la responsabilidad de la misma sobre un empleado retrata la catadura moral de un Ejecutivo, a cuya criminal gestión cabe unir la lacerante indignidad exhibida a raíz de lo ocurrido.

No es sólo negligencia; es mucho más: es la quintaesencia de la infamia. Y ese retrato de la probada indecencia del sanchismo, encarnada en la figura del ministro de Transportes, Óscar Puente, no es una mera cuestión formal sin importancia, porque lo que se pone de manifiesto con su comportamiento es una concepción desalmada de la política en la que, para alcanzar sus fines partidistas, son capaces de pisotear hasta los muertos y de someter a una presión inhumana a un operario del centro de control de Adif.

Éste es el Gobierno que se arroga la condición de defensor de los trabajadores: el mismo que no duda en triturarlos, en demolerlos —a ellos y sus familias— psicológicamente, sometiéndoles a un acoso insoportable. Todo es tan repugnante que provoca indignación y vergüenza. Que esta gente sea la encargada de gestionar un país como España es una anomalía histórica. Por fortuna, tenemos una oportunidad en breve de enseñarles la puerta de salida y demostrarles que su bajeza moral es incompatible con lo que demanda una sociedad necesitada de un Gobierno que, sobre todo, dignifique la política.