Sánchez ya barrunta su próxima cloaca desde La Mareta

Sánchez ya barrunta su próxima cloaca desde La Mareta
Diego Buenosvinos

Hay políticos que descansan en verano. Sin embargo, Pedro Sánchez trabajará en su máquina de guerra particular, el manual de resistencia llevado al extremo. Cuando desapareció durante cinco días para reflexionar sobre la continuidad de su mandato tras la apertura de diligencias judiciales contra su esposa, Begoña Gómez, muchos pensaron que asistían a un episodio de debilidad. Error. Aquella retirada fue una operación política impecable. Regresó convertido en víctima, reforzó el relato, disciplinó a los suyos y obligó a toda la izquierda a cerrar filas. Cinco días bastaron para darle la vuelta al tablero.

Era abril de 2024 cuando Pedro Sánchez mantuvo al país pendiente durante cinco días tras anunciar en una carta a la ciudadanía que reflexionaba sobre una posible dimisión. Finalmente, decidió continuar al frente del Gobierno –nunca lo había dudado–. Desde entonces, mucho ha llovido ya. El exministro y exnúmero tres del PSOE José Luis Ábalos fue condenado por el Tribunal Supremo a 24 años y tres meses de prisión por el denominado caso mascarillas; su exasesor Koldo García recibió una condena de 19 años y ocho meses de cárcel por la misma causa.

Por su parte, el exsecretario de Organización del PSOE Santos Cerdán está siendo investigado en una pieza separada relacionada con la presunta trama de adjudicaciones irregulares y permaneció en prisión preventiva casi cinco meses mientras avanzaba la instrucción. A ello se suma la condena al hermano del presidente, David Sánchez, a nueve años de inhabilitación para empleo o cargo público por un delito de prevaricación administrativa. Ahora, cercado por el caso Zapatero, necesita sacar adelante unos presupuestos para estirar la legislatura. Sobre el papel parece una quimera, pero con este presidente y sus socios de ida y vuelta la realidad suele superar a la ficción.

Pero, dirán ustedes, ¿a dónde quiero llegar con todo esto? Muy sencillo: que nada parece intimidar a un presidente dispuesto a resistir a cualquier precio. Ni los escándalos de corrupción que cercan a su entorno, ni el deterioro de la imagen institucional de España, ni una crisis migratoria que dejó en evidencia al Estado con la entrada masiva de más de 60.000 marroquíes en suelo español. Y, si la UCO mantiene el ritmo de sus investigaciones, el otoño todavía puede deparar nuevos sobresaltos.

Y ahora dispone de casi un mes para preparar su próxima ofensiva. Si en cinco días fue capaz de darle la vuelta al relato y construir una nueva cloaca política, ¿qué no será capaz de hacer en treinta? En política, un mes es una eternidad. Mientras media España desconecta en agosto, en La Mareta no habrá sombrillas, chiringuitos ni novelas de verano; habrá directorios a lo John Le Carré. Habrá mapas. Calendarios. Encuestas. Informes. Estrategias. Porque Pedro Sánchez ha demostrado una habilidad casi biológica para convertir cada crisis en una oportunidad y cada amenaza en un argumento para seguir gobernando sin que le importe si los ciudadanos llegan a fin de mes o no; le importa sencillamente un carajo porque no quiere a España, se quiere a sí mismo y eso es lo más peligroso.

Y es que el calendario político tampoco es inocente. La evolución judicial del caso que afecta a Begoña Gómez pasará por los juzgados con su flamante abogado no antes de 2027; algunos juristas apuntan a marzo. Pero antes nos espera un otoño político de alta tensión: una cumbre internacional, la batalla de los Presupuestos con el eterno simulacro de negociación con sus socios parlamentarios y, después, las elecciones municipales previstas en mayo. Así, la gran incógnita que se cierne sobre nuestro país es cuándo convocará las generales. Nadie lo sabe. Hay quien apuesta por febrero; otros, como su exjefe de gabinete Iván Redondo, sitúan la cita en julio. Y si finalmente es julio, que Dios nos coja confesados. Otra vez.

La maquinaria política del presidente ya está en marcha. Si en su día se tomó cinco días para decidir su continuidad, ahora dispone de semanas para intentar darle la vuelta a una situación que se le ha complicado al máximo. Bueno, insostenible. Cualquier sensato habría convocado elecciones. Sánchez no, con lo que le cayó a Rajoy por menos. Ahora, acorralado más que nunca por la presión política y por los problemas judiciales que afectan a su entorno –ya veremos si nuevos indicios le llegan incluso a apuntar–, es previsible que redoble su estrategia de confrontación, eleve el tono del discurso y trate de desacreditar a quienes cuestionan su gestión. Cuando un gobierno entra en una fase de supervivencia política, cada movimiento pasa a ser una cuestión de resistencia, pero ¿hasta dónde estará dispuesto a llegar tras un agosto de estrategia y supervivencia?

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