Opinión

Un manojito de alivio

Avanza marzo y empieza a cambiar el escenario cotidiano. Un embriagador olor a azahar hace que los sentidos aletargados despierten y dominen todas las acciones, así también mi pulso en este espacio, que me va a servir de confesionario. Les guste o no lo que diga, van a seguir leyendo hasta el final, de eso me encargo yo.

Para empezar, estarán de acuerdo conmigo en que estamos saliendo de una angustiosa pandemia mundial y aquí nadie se para a valorar que hayamos vuelto a abrazarnos y a besarnos con efusión y sin miedo. Este viernes pasado mismo, uno de mis hijos cumplió diecisiete espléndidos años e hizo un fiestón en casa, desmesurado si se hubiera concebido hace un año. Qué gozada ver a los jóvenes relacionarse sin limitaciones, disfrutar, bailar, reír, coquetear. Qué ambiente más sano percibí y qué afortunada me sentí de poder acoger aquel sarao en casa.

Acaba de sonarme el teléfono. He olvidado ponerlo en silencio como suelo hacer al escribir, así que he visto que era una persona importante. He contestado. Ante la pregunta cortés de rigor, si podía hablar, he dicho que estaba escribiendo mi columna. Al preguntar mi interlocutor sobre qué, le he dicho que eran divagaciones. “¡Qué barbaridad! ¡Con la que está cayendo y tú divagando!”. Me he reído por no colgarle, claro. “Escribo de lo que me da la gana, faltaría más -es lo que me hubiera gustado decirle-, porque para repetir elucubraciones sobre la guerra o blasfemar sobre las peleíllas infames de los peperos, enriquezco más si hago reflexionar al lector acerca de otras cosas que también están pasando. Aplicar la alegría con salsa literaria picante. Jaque-mate, bom-bón”. Y ahí quedó el tema, pues llamaba para encargarme una investigación sobre una pintura dieciochesca que iba a adquirir.

Nada de paisajes mustios, cualquier cosa menos seguir con un monólogo trágico. De todas formas, la llamada me ha hecho recapacitar, así que apuntaré algo sobre política interior, que inevitablemente va a verse influenciada por la exterior, viendo cómo se suceden los acontecimientos y a qué velocidad. La realidad es que nuestro Gobierno actual es un conglomerado de piezas, la mayoría podridas, que van a hacer que, si la cosa se complica como está pareciendo, las decisiones que tome no nos van a gustar nada a las personas más “normalitas”. En sus extravíos, la clase política parece creer en la magia negra. Ahora resulta que Feijóo va a ser el punto firme y calmo en el centro del torbellino, la inmovilidad en el corazón del vértigo. Pues mucha suerte, amigos, yo sigo celebrando la vida.

Perdónenme por esta distracción momentánea, ha sido culpa de la llamada. Volviendo al redil, les diré que sueño con algo de bulla, con las trompetas y los tambores y con el revuelo de volantes. Que sí, que esto ya no tiene freno. Llevamos dos años sin disfrutar de una verdadera primavera; así que, por favor, señores, sin olvidar a las personas que están sufriendo, no anulemos la felicidad que produce saber que la pandemia ha dejado de ser noticia. No veo que nadie lo haya celebrado. Yo animo a ponerle vigor al asunto mediante mi ángulo de visión. Me gusta el lenguaje claro, exacto, puro, cuando no ha de expresar alguna anormalidad interesante, algún aspecto recóndito de las cosas.

Tanta tragedia todo el día, tanta paradoja hartible, tanta lógica aburrida y obvia, tanta idiotez inconcebible, a la sombra de las relaciones de responsabilidad, recuerden que los europeos también necesitan de nuestra alegría. Apenas nos ponemos ya mascarillas. Mi tocador brilla con un sinfín de carmines nuevos. Y si alguien pretende provocarme diciendo que esto es una frivolidad con la que está cayendo, le diré que los excesos y los abusos de algunos no se pueden achacar al conjunto, y que de nada sirven las lamentaciones. Yo animo a agitar el aliento cálido de la vida. En una maraña de realidades soberanamente dramáticas y aburridas, me fascina todo aquel que es capaz de adivinar dónde está enterrado el tesoro del corsario. Nada de melancolías incurables, nada de eso, por favor.