La lotería macabra de viajar en AVE en España

La lotería macabra de viajar en AVE en España
Diego Buenosvinos

En España hemos conseguido algo prodigioso: convertir la alta velocidad en una metáfora nacional de la incertidumbre. Se llama AVE, suena a modernidad, a país puntero, a ingeniería de precisión alemana con acento ibérico… pero a veces parece más bien una tómbola donde el premio gordo es llegar, y el reintegro es no quedarse tirado en mitad de la nada. Y aun así, nos siguen repitiendo que el sistema es «uno de los más seguros del mundo», como si la frase, por sí sola, pudiera amortiguar la sensación creciente de que el vagón institucional del ministro Óscar Puente va por un lado y la realidad por otro.

La tragedia de Adamuz —con 47 víctimas— ha reabierto un debate que en realidad nunca se cerró, sólo se maquilló entre parodias vestidas de humo gubernamental, ruedas de prensa y kilómetros de vía nueva por desarrollar. Porque aquí la política ferroviaria funciona como una novela por entregas. Cada episodio trae un comunicado, un cruce de versiones entre ADIF, Renfe y el Ministerio de Transportes. Un ministro —Óscar Puente— defiende la maquinaria con la fe del ingeniero y la paciencia del político en campaña permanente.

Y en este ruido, la verdad se vuelve un pasajero incómodo sin asiento asignado. Porque, seamos sinceros: qué gesto puede haber más grande en un país que un político dimita por amor a España, tras 46 muertos por un accidente de tren y dejar atrás su incompetencia. Pero además, si en 2024 circularon 1,3 millones de trenes y alrededor de 200.000 sufrieron algún tipo de retraso, con más de 300.000 reclamaciones registradas, y la propia Europa ha destinado fondos para la renovación de tramos como el de Sevilla, hagan cuentas, por citar sólo algunos ejemplos.

Mientras tanto, desde la oposición habla de abandono, de falta de inversión, de déficit de seguridad y de cifras que se lanzan como piedras en el andén político. No es nuevo: en España la infraestructura siempre es culpable según quién gobierne, y siempre es ejemplar según quién comparezca. El resultado es un país donde el tren es a la vez orgullo nacional y sospecha recurrente, excelencia técnica y queja cotidiana.

Y aquí entra el sarcasmo involuntario del sistema: se presume de puntualidad suiza en los PowerPoint oficiales, mientras el usuario real acumula retrasos, incidencias, averías, cancelaciones y esa sensación muy española de «ya veremos si salimos». Se invierte, se moderniza, se anuncia la siguiente fase de mejora… y sin embargo la confianza no despega y todo sigue fallando. Algo no va bien cuando la experiencia del viajero contradice sistemáticamente el relato institucional. Es llamar una y otra vez a los españoles todos del culo.

Pedro Sánchez, por su parte, observa el conjunto como si estuviera dentro de una burbuja donde el ruido exterior llega amortiguado. Como si el problema fuera siempre técnico, nunca político; siempre puntual, jamás estructural. Eso sí, va a China, al gigante asiático, a subir en un tren bala. Pero, ¿se montaría allí en esos trenes si su ministro fuera Óscar Puente y tuviera que viajar a 400 km/h? Porque, lectores/ras no nos confundamos, hay momentos en los que la política deja de ser relato y se convierte en percepción colectiva, y la percepción aquí, no en China, es tozuda: cuando un país empieza a mirar el panel de salidas con desconfianza, ya no basta con hablar de modernidad ni de cifras de inversión.

Al final, más allá de informes, portavoces y estadísticas, queda una sensación difícil de desactivar: la de que el AVE español es un milagro tecnológico que a veces viaja acompañado de una lotería invisible. Y lo peor de las loterías no es perder: es no saber nunca si el billete que llevas en la mano es viaje… o espera indefinida en el andén. Pero lo peor de todo es que los españoles siguen callados: ¡qué le pasa a España!

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