Un legado de futuro
En este Nou d’Octubre de 2026, la historia sale a nuestro encuentro con una fuerza especial. Este año conmemoramos el 750 aniversario de la muerte de Jaume I, una efeméride que nos invita a volver la mirada hacia el origen de aquello que, a lo largo de los siglos, hemos llegado a ser.
La conmemoración de este año quiere expresar esa idea bajo un concepto tan sencillo como poderoso: «Un legado infinito». Un legado que sigue vivo porque forma parte de nuestra identidad colectiva.
Pero celebrar nuestra historia no consiste en contemplarla desde la distancia porque el 9 de octubre no es una efeméride más. Es una realidad viva. Lo es porque aquello que nació hace siglos continúa expresándose en nuestras instituciones, nuestra cultura, nuestras tradiciones, nuestras lenguas, nuestros símbolos y, sobre todo, en nuestra manera de entender la convivencia.
La identidad valenciana nunca necesitó construirse contra nadie. No necesitó del conflicto para afirmarse ni del agravio para reconocerse. Se ha forjado con las aportaciones de generaciones que han construido nuestra forma de ver la vida. Somos una tierra diversa que conoce su historia, valora su personalidad y no necesita renunciar a ninguna de las dos cosas para ser, a la vez, parte y todo de la idea de España y del sueño de Europa.
Nuestro autogobierno es la expresión contemporánea de esa voluntad colectiva. No es el recuerdo de aquello que fuimos, sino la herramienta con la que decidimos lo que queremos ser. Nos permite gestionar nuestros servicios públicos, defender nuestros intereses y afrontar nuestros retos. Y es también la garantía de que nuestras señas de identidad pertenecen a todos.
La senyera, nuestras instituciones, nuestras tradiciones y la lengua valenciana ni tienen propietarios ni necesitan guardianes. Son patrimonio de los valencianos y deben seguir siendo espacios de encuentro y no instrumentos para dividir.
Pero sentir orgullo por lo recibido también implica asumir una responsabilidad. Cada generación recibe una herencia y decide qué hace con ella. Puede conservarla o enriquecerla antes de entregársela a quienes vienen detrás.
Por ello, creo que esa es la mejor manera de celebrar este Nou d’Octubre: preguntarnos qué Comunidad Valenciana queremos legar a las nuevas generaciones. La respuesta se concreta en cinco objetivos que todos debemos compartir.
El primero pasa por construir una Comunidad Valenciana que cuide mejor y a más gente. Una tierra donde nuestros servicios públicos estén a la altura de las necesidades de las personas. Donde la sanidad, la educación y las políticas sociales nos acompañen cuando más las necesitamos. Donde nuestros mayores, tras toda una vida de trabajo, reciban la atención que merecen y quien necesite ayuda encuentre una Administración que responda.
El segundo objetivo mira hacia una comunidad que abra oportunidades para construir proyectos de vida. Un lugar en el que los jóvenes puedan formarse, encontrar trabajo, desarrollar su talento, emanciparse, crear una empresa o formar una familia. No debemos conformarnos con decirles que son el futuro. Tenemos que ofrecerles opciones en el presente para que recorrer el mundo sea una elección y no una obligación. Que se marchen para aprender y crecer, pero vuelvan porque aquí hay oportunidades.
Y para conseguirlo está el tercer objetivo: necesitamos una tierra que produzca para competir porque no hay bienestar sin prosperidad, ni servicios públicos fuertes sin una economía capaz de sostenerlos. La Comunidad Valenciana siempre ha sido tierra de emprendedores, autónomos, agricultores, comerciantes, trabajadores, industriales y empresas. Personas que madrugan, arriesgan, innovan y generan oportunidades. Por ello, desde la Generalitat trabajamos para favorecer esa energía, facilitar la inversión y el trabajo, convertir las buenas ideas en proyectos y ayudar a nuestras empresas a competir en España, Europa y el mundo.
Todo ello debemos hacerlo siendo una comunidad cada vez mejor protegida. De eso trata el cuarto objetivo: la seguridad. La Dana de hace dos años, cuyas víctimas y familias siempre estarán en nuestro recuerdo, nos golpeó con especial crueldad y la amarga lección aprendida nos obliga a construir una tierra más segura y resiliente, con mejores medios, infraestructuras y coordinación. Una comunidad capaz de proteger su territorio y, ante todo, a las personas que viven en él.
Y hay un último objetivo que da sentido a todos los anteriores: defender la voz propia de las tres provincias. Una voz que no necesita gritar, pero que debe hacerse escuchar. No es la voz del conflicto. Es la de una tierra trabajadora y generosa que quiere participar en el proyecto común de España desde la lealtad y desde el respeto a sí misma.
La Comunidad Valenciana no quiere ser más que nadie. Pero tampoco debe aceptar ser menos que nadie. Por eso debemos defender nuestros intereses con serenidad y determinación. Reclamar una financiación justa, el agua, las infraestructuras y los recursos necesarios para crecer y garantizar nuestros servicios públicos. Y hacerlo desde el diálogo, el rigor y la firmeza institucional porque alicantinos, castellonenses y valencianos tenemos una identidad que no necesita enfrentarse a nadie, pero tampoco va a callarse ante nadie.
Setecientos cincuenta años después de la muerte de Jaume I, quizá ese sea el mejor sentido que podemos otorgar a la palabra legado, porque un legado no es solo aquello que recibimos. Es también aquello que decidimos dejar. Hemos recibido una tierra con historia, instituciones, cultura, lengua y personalidad propia. Ahora tenemos la responsabilidad de añadir nuestra página a esa historia y entregar a quienes vengan después una comunidad más próspera, segura, abierta y con más oportunidades.
Tenemos razones para sentirnos orgullosos de nuestro pasado. Tenemos determinación para afrontar nuestro presente. Pero, sobre todo, tenemos derecho a mirar con esperanza hacia el futuro. Nuestro mejor tiempo no tiene por qué ser el que recordamos. Tiene que ser el que todavía estamos a tiempo de construir juntos. Eso significará que estuvimos a la altura de lo recibido. Que supimos convertir la herencia en oportunidad, la identidad en convivencia y el orgullo en futuro.
Y entonces podremos decir que, 750 años después, el legado infinito del Nou d’Octubre es un legado de futuro.
Juanfran Pérez Llorca, president de la Generalitat Valenciana
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