Junts en descomposición

Junts
Xavier Rius
  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Las malas noticias se acumulan para Junts, aunque sean en formato de encuestas. La semana pasada hubo tres. Las dos primeras del barómetro del CEO de la Generalitat, conocido como el CIS catalán.

En las elecciones autonómicas caerían nada menos que a cuarta posición. Por detrás de Aliança Catalana -el partido de la alcaldesa de Ripoll-, que pasaría de los dos diputados actuales -ella misma y un escaño por Lleida- a 23 o 25. Mientras que el partido de Puigdemont —hegemónico durante tanto tiempo— bajaría de los 35 actuales a 16 o 18. Una escabechina. Quedaría por detrás del PSC, de Esquerra y de la citada Aliança.

El PSC también perdería diputados (de 42 a 38 o 36), pero se mantendría en primera posición. Mientras que el PP podría bajar de 15 a 13 o 12. Y Vox ganar uno o dos: de 11 a 12 o 13.

Por su parte, la muleta del PSC -los Comunes- podría acabar en cuatro; ahora tiene cinco. Por su parte, la CUP -desde los tiempos gloriosos que tuvo diez- se quedaría igual (4) o podría subir uno.

Cataluña, en todo caso, se encamina a un panorama ingobernable. Otra de las herencias del proceso: la fragmentación del mapa político. Illa, de momento, podría salvar la mayoría de gobierno con ERC y los Comunes si se suman los mejores resultados. Sin embargo, no parece que la cosa vaya a mejorar en los meses venideros. La cámara autonómica tiene 135 diputados. De manera que la mayoría absoluta está fijada en 68.

El segundo golpe estaba en el mismo sondeo. A pesar de que, para los medios de la comunicación de la cuerda, pasó más desapercibido. En las elecciones generales, Vox pasaría a los de Puigdemont. ¡Los mismos que siempre han hablado en nombre Cataluña!

En efecto, los de Santiago Abascal subirían de los dos actuales -Juanjo Aizcobre y Carina Mejías- a seis o siete. Mientras que los juntaires caerían de siete -tan decisivos para Pedro Sánchez al inicio de legislatura- a cuatro o cinco.

No es la única mala noticia porque el barómetro del Ayuntamiento de Barcelona, conocido un día después, pronosticaba un paisaje todavía más desolador. En este caso, quedarían como sexta fuerza política por detrás de Aliança -que no tiene siquiera ahora representación- y el PP. Apenas un 2,6% frente a un 3,3% y un 3,1% respectivamente.

Teniendo en cuenta, de otro lado, que acaban de celebrar primarias para elegir a su alcaldable: Jordi Martí, de 65 años. Con el fin de animar al personal y porque el ungido desde Waterloo, Josep Rius -sin relación de parentesco con el abajo firmante- se echó atrás ante la perspectiva de batacazo.

Como ya no están en el Govern desde octubre del 2022 —después de una consulta a la militancia que les salió rana—, el grupo municipal es un buen refugio para exconsejeros de la Generalitat, pese a estar en la oposición: Neus Munté, Damià Calvet, Victòria Alsina, Joana Ortega. Veremos cuántos repiten y, en caso de repetir, si salen.

Huele un poco, pues, a fin de ciclo. A sálvese quien pueda. Al Titanic justo después del impacto del iceberg, cuando no habían evaluado aún los daños. Si el regreso de Puigdemont, vía TJUE, no lo remedia.

Aliança, en realidad, anda pescando ya hace tiempo en aguas próximas; incluso se les coló uno que había estado en Sociedad Civil Catalana. La última incorporación es el hasta ahora alcaldable por Cambrils. Y, en marzo, al exnúmero dos en Amposta, también en Tarragona, entre otros.

Al fin y al cabo, Junts per Catalunya fue un invento para intentar mantenerse en el poder tras la crisis de CDC. Hay un meme muy divertido que circula por las redes en el que se ve a Carles Puigdemont haciendo campaña sucesivamente para CiU, CDC, Democràcia i Llibertat -la candidatura para las generales del 2015- Junts pel Sí, Partit Demòcrata y finalmente Junts. Una sopa de letras, en definitiva. Si Convergencia, que fue una máquina de poder durante la época de Pujol, ya ni existe; no es descabellado pensar que a Junts puede pasarle lo mismo.

Para terminar de impulsar las expectativas electorales de Sílvia Orriols, el Parlament -a través de la comisión del Estatuto del Diputado- se había planteado suspenderle el acta de diputada por sus ataques «islamófobos» a una colega de ERC. Al final no se han atrevido a tanto: los han tipificado como «falta leve» y le han pasado el muerto a fiscalía por si hubiere delito de odio.

En todo caso, son los mismos que decían durante el procés que en la cámara «se tiene que poder hablar de todo». Esta fue la estrategia de defensa de la entonces presidenta, Carmen Forcadell, ante el Supremo. Con funestos resultados, como ustedes recordarán. Y son los mismos que, en el balcón más sagrado de la Generalitat, colgaban pancartas a favor de la libertad de expresión.

Perdonen que se lo recuerde. Pero estoy vetado como periodista por el propio Josep Rull en el Parlament. Y eso que, en esa época, también aseguraban que el procés «va de democracia». Todos los que nos oponíamos a él o éramos simplemente críticos, escépticos o incrédulos éramos, en su opinión, unos fascistas redomados. Ahora, ya ven: el proceso ha acabado con Joan Laporta yendo a Estados Unidos para apoyar a la Selección. Quien le ha visto y quien le ve.

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