Huelga de médicos, bata y sillón
España es ese país donde los médicos hacen huelga y los ministros hacen yoga. Tres huelgas nacionales en un año contra el Estatuto Médico de Mónica García —visionaria de PowerPoint, cirujana del eslogan, sanadora del despacho— y aquí no dimite nadie. Dimisión: esa palabra antigua, casi latina, que en España suena a fósil, como honor, responsabilidad o vergüenza. Pero eso sí, oposita ya a la Comunidad de Madrid, donde los ciudadanos no se enteran de nada, debe pensar.
Gregorio Marañón, médico y señor, escribió que «el médico debe tener ciencia, conciencia y compasión». A la ministra le ha quedado la ciencia en comité, la conciencia en borrador y la compasión atrapada en un Excel. Tres huelgas no son ruido: son diagnóstico. Y el diagnóstico es grave. Pero claro, la señora ministra por menos ha pedido dimisiones en la Asamblea de Madrid, donde los ciudadanos no se enteran de nada, debe pensar.
La reforma laboral se presentó como modernidad y ha acabado siendo una receta mal escrita: nadie la entiende, nadie la quiere y todos sospechan que el paciente —el sistema sanitario— puede no sobrevivir al tratamiento. Los médicos, esos antipáticos profesionales que salvan vidas sin cesar, pero no votan en bloque, han dicho basta. Y cuando el médico grita, conviene escuchar: suele hacerlo cuando ya no lo queda más remedio. Y, eso que para ellos tuvieron con Illa y el covid y el comité de expertos; Illa, Sánchez y nuestro querido Fernando Simón, ! Madre mía¡
Gobernar sin mayoría, sin presupuestos y casi sin pudor
Mientras tanto, el presidente del Gobierno y de PNV, Junts, ERC y cia, Pedro Sánchez, anuncia que gobernará aunque no pueda gobernar. Sin mayoría, sin presupuestos durante años —algo gravísimo en cualquier democracia adulta— y ahora casi sin decretos. Gobernar por inercia, por ocupación del espacio, por resistencia pasiva. El país como sala de espera.
Y, por si todo esto fuera poco, vemos que los precios han subido cerca de un 27% en nada de años. La clase media no está en shock: está en la UCI. Pero el Gobierno sigue en pie, como esos enfermos graves que insisten en salir a fumar porque se encuentran bien. La nevera vacía, la factura llena y el discurso intacto. Pero aquí nadie sale a la calle, les debe ir muy bien, al parecer.
Pío del Río Hortega, otro médico ilustre, decía que «la ciencia avanza cuando se reconoce el error». Aquí el error no se reconoce: se maquilla, se tuitea y se culpa a la herencia recibida.
Seis ministros de Sanidad en siete años
El Ministerio de Sanidad ha tenido seis ministros —inquilinos, más bien— en apenas siete años. Más cambios que un historial clínico mal archivado. Cada cual llega, promete, posa para la foto —eso sí— y se va. Ninguno dimite: simplemente desaparecen del plano, relevados como figurantes cansados. Otros, en cambio, se quedan, como Mónica García, aferrada a su libro de cabecera —Manual de resistencia, de Pedro Sánchez—. Porque en España no se dimite: se resiste. Se resiste al médico, al votante y, sobre todo, a la realidad.
Y así seguimos trazando esa línea imaginaria de desvergüenzas, donde la corrupción ya no escandaliza, la incompetencia se normaliza y la huelga se convierte en paisaje. Los médicos protestan; el poder bosteza.
Este país se ha quedado sin fiebre moral, ya no reacciona ni al termómetro. Y quizá será verdad. Porque tres huelgas médicas no son un conflicto laboral: son un grito clínico para dimitir, señora.
Pero aquí el paciente —España— sigue en manos de un gobierno que no escucha el estetoscopio, solo el eco del despacho. Y así, entre bata y sillón, vamos tirando. Mal, pero tirando. Que es, al parecer, la nueva forma de gobernar.
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