La eutanasia es de pobres

Noelia Castillo
  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

En España no tenemos un debate inteligente sobre la eutanasia; tenemos un casting de buenos y malos a derecha e izquierda, como siempre. O hemos «matado a Noelia» contraviniendo los designios divinos, o le deseamos «feliz viaje, princesa» con dos bolas de helado de superioridad moral. Entre el asesinato y la estampita no cabe la idea más incómoda de todas: que este asunto es tan complejo que cualquier persona razonable debería sentir, como mínimo, una duda razonable. Los españoles se enzarzan con pasión futbolera sobre una muerte asistida mientras dejamos que más de diez personas se quiten de en medio cada día sin que la tele se inmute.

Casi 4.000 personas al año se piran por la puerta de atrás: ahorcadas, precipitadas… Tres de cada cuatro, hombres. En los jóvenes, el suicidio ya es la primera causa de muerte, por delante de cualquier enfermedad y accidente. Y la pregunta que obsesiona no es por qué se matan ni cómo evitarlo, sino si una entrevista en prime time provoca nosequé, como si el verdadero efecto llamada no fueran nuestros servicios de salud mental insuficientes.

Lo único indiscutible aquí es el extraño reparto de nuestros impuestos. Y el de una sanidad mental que funciona como el triaje de una guerra de telefilm: o estás a punto de espicharla hoy, o te doy cita para dentro de tres meses.

Sabemos que una parte enorme de quienes se suicidan arrastran trastornos mentales o adicciones, que por cada suicidio hay decenas de intentos, muchos de menores, atendidos en Urgencias que vuelven a casa con un ansiolítico y una hoja de recomendaciones. Sabemos que la psicoterapia pública es como el hada madrina de Pinocho y las unidades de salud mental, salas de espera con gente de pie. Arquitecturas del desamparo donde se intenta denodadamente apagar un incendio con cuentagotas. Y seguimos suicidándonos tan contentos.

Lo mismo ocurre con el dolor. Hay cuerpos que se agotan de sufrir, igual que hay cabezas que se han hartado de pensar en cómo seguir sufriendo mañana y pasado y al otro. El dolor crónico, mal tratado, multiplica el riesgo de depresión y de suicidio, y las famosas «unidades del dolor» son para muchos una leyenda urbana: equipos escasos, listas eternas, tratamientos caros que se racionan como si el analgésico lo pagara el ministro de su bolsillo. De esa mezcla salen demasiados españoles que no quieren morir dignamente, sino dejar este mundo indignamente, donde la ventana se convierte en la puerta.

Hacen falta más recursos, eso también parece indiscutible, en un país con cerca de cien mil personas viviendo directa o indirectamente de la política, entre cargos electos, altos cargos, asesores, iPhones, dietas y gambones. Pagamos impuestos casi al nivel de los países ricos, con un esfuerzo fiscal para el ciudadano incluso superior al de muchos socios europeos, para descubrir que falta medicina, terapia, tratamiento…, pero sobran chiringuitos y coches oficiales. Millones de personas sufriendo y decenas de miles cobrando por decidir en qué no se gasta el dinero.

La cuestión no es si la eutanasia es de izquierdas o de derechas, todos a una, cuánta ramplonería intelectual, sino qué hace una sociedad adulta con dos grupos de personas. Uno: quienes intentan suicidarse o quieren morirse desde un lugar de desesperación tratable, con dolor físico, depresión, ansiedad, precariedad, duelo, pero margen de mejora. A ellos hay que agarrarlos de la pechera del sistema: psiquiatría, psicólogos pagados por todos, prevención en colegios y centros de salud, dinero, tiempo y profesionales hasta que se curen.

Y dos: ese resto mínimo, pero real (¡no seamos tan paternalistas ni indolentes de negar o ignorar su vivencia!) de personas para las que la medicina ya no cura (ni la psiquiatría puede muchas veces) y el cuidado ya no consuela. A ellos hay que ofrecerles, cuando ya no quede nada, algo más honesto que el sermón.

Ahí está la grieta en el sectarismo: una sociedad que lo ha intentado todo para evitar el suicidio puede cabalmente acompañar a unos pocos hasta la salida sin cinismo ni épica. No porque la muerte sea un derecho maravilloso, sino porque convertir la vida en obligación absoluta es una forma muy refinada de crueldad.

¿Seguiremos discutiendo como hooligans morales? Lo urgente no es la foto de Noelia, Noelia, Noelia, pobre Noelia (DEP); lo urgente es que cada vez menos gente tenga que elegir entre seguir penando o.

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