¿Esto no es casta, Pablo?
Pablo Iglesias apareció en la política española como fustigador de «la casta», esa «antigua política» —decía él— a la que había que despojar de los privilegios y prebendas que, teóricamente, habían disfrutado sin control desde la Transición hasta nuestros días. Menos de cinco años después, al secretario general de Podemos sólo le queda intacta de aquel tiempo la coleta, ya que cualquier atisbo de credibilidad ha desaparecido por completo. Ahora, y con casoplón de lujo en la localidad madrileña de Galapagar a más de 660.000 euros, disfruta de vigilancias estáticas de 24 horas con un coche camuflado de la Guardia Civil por el mero hecho de ser quien es. ¿Esto no es casta, Pablo? Su discurso de cartón piedra es un amasijo de ideas desvencijadas.
Sucede que la credibilidad en política se pierde a la velocidad de la luz. Sólo hay que habituarse —como ha hecho el líder morado— a que la teoría de las palabras no casen jamás con la realidad de los hechos. Mientras la gran mayoría de los españoles preservan sus propiedades y bienes a base de precaución, sentido común y prudencia, tanto Pablo Iglesias como Irene Montero disfrutan de un despliegue especial de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Más que dos diputados parecen presidentes consortes del Gobierno. Las vigilancias no obedecen a un contexto de riesgo especial, sino que se hacen de manera continuada.
Iglesias, cautivo de su propia hipocresía, quiere disfrutar de los privilegios que le otorga su condición de político, pero, eso sí, sin que se note. El jefe de los comunistas bolivarianos habría solicitado a los agentes de la Guardia Civil que vigilaran su casa, aunque sin uniforme, para que así pasaran desapercibidos y él pudiera seguir manteniendo esa superioridad moral tan suya a la que, por otra parte, le salen goteras por todas partes. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado están, primero, para la «gente» con la que se le llenaba la boca al profesor de la Complu cada mitin del 15-M y cada tertulia de La Tuerka. Reducir la presencia de agentes patrullando las calles para salvaguardar el casoplón es bueno para Iglesias, pero malo para el común de los mortales. Su lugar es la calle, no la puerta de una casa por muy en la sierra que esté. Ubicación que, por otra parte, escogieron y pagaron estos políticos con una facilidad que los convierte en la casta que tanto criticaron.
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