Cómo Irán conquista España sin disparar un solo tiro
Las formas más eficaces de dominación ya no llegan con estruendo, no necesitan columnas de tanques ni cielos cubiertos de bombarderos. Avanzan en silencio infiltrándose en el lenguaje, casi imperceptiblemente, moldeando marcos mentales y, en este caso, erosionando lentamente las certezas que sirvieron de cimiento a la civilización occidental.
Irán hace tiempo que lo comprendió. Desde la revolución de 1979 no actúa como un Estado al uso. No busca solo influencia: exporta un proyecto, siendo un agente de transformación ideológica aspirando a exportar un proyecto político-religioso que cuestiona frontalmente la raíz misma del orden liberal occidental. Una visión del mundo, una ruptura del humanismo judeocristiano. El islamismo chií como herramienta política no necesita imponerse de golpe; le basta con introducir duda donde antes había límites claros y valores concisos. Allí donde antes había distinciones claras entre libertad y tiranía, entre individuo y poder, se introduce la ambigüedad y parálisis moral.
España, por razones casi accidentales —idioma, historia, posición cultural—, es un terreno atractivo y fértil. El español no es solo una lengua: es un vector de influencia que conecta a cientos de millones de personas a ambos lados del Atlántico. Y quien consigue colarse en ese espacio no solo gana un país sino una comunidad cultural de escala global.
Ahí entra HispanTV, como un instrumento, la expresión de una estrategia deliberada de proyección ideológica. Durante años, figuras del debate político español pasaron por allí sin que nadie se detuviera demasiado a preguntar. Se habló de pluralismo cuando lo razonable era exigir explicaciones. No por participar, sino por el contexto. Por quién paga y por qué paga.
El caso de Pablo Iglesias es de sobra conocido. No fue solo presencia: hubo relación económica, colaboración, justificación y divulgación ideológica. Se presentó como estrategia —»cabalgar contradicciones»—, pero en realidad era algo más simple: normalizar un régimen que no tolera la disidencia ni dentro ni fuera de sus fronteras. Lavar la cara de la ignominia y el terrorismo de Estado.
Pero el problema no se quedó ahí.
En la actualidad aparece una forma más discreta y más eficaz: la ambigüedad. Ya no se trata de adhesiones explícitas, sino de ambigüedades cuidadosamente calculadas; el Gobierno de Pedro Sánchez ha convertido la equidistancia en hábito y en arma. Dureza con unos, cautela extrema con otros. Crítica constante a Israel y silencio absoluto frente a las barbaridades de Irán. No hace falta una alianza formal para que eso tenga efectos. Basta con no llamar a las cosas por su nombre.
Y ahí es donde empieza lo serio.
Esto no va de diplomacia. Va de algo más básico: de si una democracia es capaz de distinguir entre un aliado que defiende los derechos fundamentales y la democracia y un régimen abiertamente represivo. Distinguir entre quienes, con todas sus imperfecciones, operan dentro de un marco de derechos y libertades, y aquellos regímenes que, de forma abierta y sistemática, los niegan. Cuando esa línea se difumina, todo lo demás puede ser vulnerado.
Irán no necesita convencer a la mayoría. Le basta con instalar ciertos marcos de pensamiento: su objetivo no es la conquista inmediata, sino la reconfiguración progresiva del marco interpretativo, del pensamiento: que el fanatismo se perciba como resistencia, que el antisemitismo se oculte bajo etiquetas aceptables, que Occidente aparezca como culpable por defecto, que la situación real del pueblo iraní quede relegada a un segundo plano y que Occidente aparezca siempre como culpable por defecto. No es un asalto frontal. Es más lento. Y funciona.
Mientras tanto, aquí seguimos afinando el lenguaje. «Diálogo», «equilibrio», «contexto». Palabras útiles, sí, pero también cómodas y cómplices de la barbarie. Porque sirven para evitar lo incómodo: decir que hay regímenes que no son equiparables a una democracia, ni siquiera con todos sus fallos. Lo que supone una renuncia progresiva a los principios que sostienen su orden político y moral. La pérdida de claridad conceptual, de criterio y, en última instancia, de responsabilidad individual.
Cuando un país deja de percibir esas distinciones, empieza a perder algo más que precisión. Pierde criterio, capacidad de justicia y destruye una ética básica que, en cualquier momento, puede volversele en contra.
El problema de fondo no es solo político, es más hondo. Tiene que ver con una idea que vuelve una y otra vez: que el individuo no es del todo dueño de su vida y que siempre hay algo —el Estado, la causa, la fe— por encima. Cambian los discursos, cambian los símbolos, cambian los actores, pero el principio es el mismo.
España no se va a deteriorar por una invasión militar. Si ocurre, será por algo mucho más discreto: por dejar de creer en aquello que la sostiene.
No harán falta misiles.
Bastará con que dejemos de creer en aquello que, durante generaciones, hizo posible nuestra libertad.
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