Buenas noticias no siempre buenas
La semana pasada se llevó a cabo una operación de trasplante de cara -parte de la boca, de la nariz y de los pómulos- a una paciente que había sufrido una necrosis irreversible por efecto de la picadura de un insecto. La pionera intervención, que se completó satisfactoriamente, ha supuesto un indudable éxito para nuestro sistema de salud, para la Organización Nacional de Trasplantes y, más en concreto, para los Servicios de Trasplantes y de Cirugía Plástica del Hospital Vall d’Hebron. Pero llama la atención que los medios de comunicación, que dieron extensa cuenta de la noticia, no hayan resaltado ninguno de los aspectos éticos y deontológicos que subyacen en la manera en que se ha producido esta operación.
Una de las particularidades de la misma reside en el hecho de que la persona donante de los órganos trasplantados era una mujer a la que se le había administrado la eutanasia, siendo que ha conocido el fin concreto de su donación y que colaboró en el proceso de preparación de la intervención. Ha sido, por tanto, consciente de las consecuencias muy positivas que su deceso traería para otra persona, así como de la perdurabilidad de unas partes de su cuerpo que, como describe Julio Caro Baroja en su ensayo La cara, espejo del alma, son expresión de sí misma. Es necesario pensar si este proceso ha podido condicionar la decisión más trascendente que una persona puede tomar en su vida (terminar con dicha vida) y si ese condicionamiento ha sido de una magnitud suficiente como para haber podido viciar su consentimiento.
Y es que incluso el médico y el equipo responsable de la cirugía trabajaron con la propia donante, llegando a hacer tareas de modelización y preparación de los órganos a trasplantar mientras esta persona estaba viva. Esta evidente interacción entre donante, médico y paciente receptor, que parece sospechosamente soslayada, no está considerada en los protocolos existentes, que evitan no solo el contacto, sino incluso el conocimiento de la procedencia de los órganos trasplantados.
Episodios como el referido ponen de manifiesto que existen muchas eventualidades que parecen incontestablemente positivas, pero que merecen ser sometidas a un proceso de análisis, o al menos de reflexión, teniendo en cuenta las implicaciones éticas que se pueden derivar de las mismas. Pero es verdad que una sociedad cada vez más acrítica y apesebrada, esa masa cretinizada que llama Juan Manuel de Prada, ya no está capacitada para realizar un acercamiento distinto del que oficialmente se impone, y por eso engullimos las noticias y mensajes como hacen con los arenques las focas de los parques marinos, aplaudiendo ostentosamente.
El mismo De Prada refería hace unos días como gran parte de la sociedad española, y en especial los obispos, aplauden gozosamente el anunciado proyecto de regularización de inmigrantes. Es evidente que dicha legalización se aparece como una gran noticia que trae beneficios para todos, y especialmente para los miles de afectados que pueden ordenar y organizar su vida bajo el tejadillo de un estado protector y benefactor que aparenta tener recursos y capacidades ilimitadas. Pero lo cierto es que, con independencia de que, obviando la ironía, los recursos y las capacidades son finitas y que existen efectos económicos y sociales muy negativos, la regularización también merece ser examinada desde un punto de vista ético y filosófico. Sin tener en cuenta todos esos condicionantes no habrá justicia social ni caridad, sino prodigalidad y un buenismo muy impostado.
Con el proceso abierto en Venezuela tenemos frente a nuestros ojos un ejemplo más de cómo con unas noticias objetivamente positivas, como son el encarcelamiento de Maduro y la anunciada liberación de presos políticos, se está ocultando el blanqueamiento de un régimen criminal y la rehabilitación de sus líderes y adláteres. Siniestros personajes que, además de cometer o amparar actos ilegales, han desarrollado en su actuación política una ética práctica y utilitarista que, con la excusa de la justicia social y el reparto de la riqueza, justifica la transgresión de la moral y el derecho natural.
Por si en Venezuela no tenían bastante con los suyos, desde España hemos exportado al expresidente Zapatero para contribuir a la inmoral obra del chavismo. Jocosamente casual resulta que este sujeto, que ha dado garrote vil a la convivencia en nuestro país, comparta nombre y apellido, José Luis Rodríguez, con el protagonista de El Verdugo, que es una entrañable y divertidísima fábula moral del genial José Luis Berlanga.
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