Aquí sí dimite alguien: ella
La dimisión de Esperanza Aguirre como presidenta del Partido Popular de Madrid la define como representante público. En un país donde dimitir es un verbo inconjugable para la mayoría de formaciones y la práctica totalidad de políticos, el paso de Aguirre es un gesto loable que revitaliza la dinámica de nuestra democracia ya que, además, lo hace sin ninguna vinculación material ni relación directa con trama delictiva alguna. Un ejercicio de responsabilidad ante la «gravedad de las informaciones» que llenan de sospechas la financiación del PP regional.
Esta decisión es también un aviso a otros dirigentes de su partido como, por ejemplo, Rita Barberá. Una senda abierta para que la regeneración se haga sitio entre la maleza que, en forma de corruptelas, cierra los conductos del Partido Popular en los últimos tiempos. Ya lo dijo la propia lideresa el pasado viernes en la Asamblea de Madrid: «La corrupción nos está destrozando a todos». De ahí que a los populares les urja acometer una profundísima renovación tanto en el fondo como en las formas y también en los nombres que han de guiar la nueva etapa del que sigue siendo el partido más votado en Madrid ciudad, Comunidad Autónoma y, por supuesto, a nivel nacional donde, a pesar de dejarse 63 escaños en las últimas elecciones generales, son la referencia de la política española.
Por tanto, la comparecencia de Aguirre es, al mismo tiempo, una apuesta por el futuro de su partido y por el de nuestra vida pública. Una prédica asentada en el ejemplo, único modo de edificar realmente. Una Esperanza Aguirre que lo ha sido todo en su partido y referencia para la gran parte de los 800.000 militantes que conforman las bases políticas más numerosas de nuestro país. Con su renuncia, señala el camino propicio de gestión: tomar decisiones aunque éstas empiecen por uno mismo. Una manera que bien podría ser referencia en el propio Consistorio Municipal donde Aguirre seguirá haciendo oposición y en el que comparte espacio con Ahora Madrid, esa nueva política incapaz de asumir ni un solo error y, mucho menos, de tomar medidas al respecto.
El Partido Popular ha de erradicar su particular cáncer orgánico operando lo antes posible para que los delitos no hagan metástasis en una formación indispensable para el juego democrático en España. Más ahora, si cabe, ante el auge del populismo radical, que tanto rédito ha sabido sacar de los vicios que han salpicado con insistencia las paredes de Génova 13. Esperanza Aguirre renuncia sin temor a nada y lanza un mensaje a Mariano Rajoy y al resto de dirigentes del PP. Aquí sí dimite alguien: ella, que incluso ganó las últimas elecciones a las que se presentó. Hay, por tanto, posibilidad de hacer una nueva política real donde los actos derrumben el inmovilismo tradicional y también jueguen duro contra la demagogia del parole, parole, parole propia de los populistas. Aguirre ha señalado el camino. A ver quién lo sigue.
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