Opinión

Los amigos de mis enemigos son mis enemigos

Putin ha puesto en marcha una estrategia criminal para lograr que tenga éxito la invasión de Ucrania: masacres de civiles, destrucción de escuelas, hospitales infantiles y edificios de viviendas, ataques contra la mayor central nuclear de Europa, asedios a ciudades, el corte de energía eléctrica y de agua, el desabastecimiento en centros sanitarios…

Ante estos gravísimos hechos -que deberán llevar a Putin ante la Corte Penal Internacional por ser responsable de crímenes de guerra-, se vienen produciendo reacciones de dos tipos: la de quienes han reaccionado, con mayor o menor celeridad, del lado de los buenos, del lado de las víctimas, del lado de quienes están siendo aniquilados por el tirano ruso y la protagonizada por aquellos que o bien directamente apoyan al déspota asesino o buscan subterfugios dialécticos para repartir la responsabilidad a partes iguales entre el verdugo y/o sus víctimas.

Entre los primeros nos hemos encontrado con  miles de ciudadanos rusos que están saliendo a las calles de Rusia -con lo peligroso que eso resulta con un dictador como Putin- para exigir al sátrapa que cese en sus ataques a Ucrania y para reivindicarse como compatriotas de los ucranianos: «Son nuestros vecinos, son nuestros amigos, ellos somos nosotros…». Qué duda cabe que este hecho constituye el mayor signo de esperanza, no solo para acabar con la masacre, sino para derrotar al criminal en su propio territorio.

Entre los segundos, los aliados/defensores del sátrapa y de la masacre que está llevando a cabo contra víctimas inocentes y contra la libertad de todo un país –y por derivada, de todos aquellos que no sean conscientes de que ellos serán los siguientes-, están los que repiten los eslóganes de la propaganda rusa y se muestran “apenados” por la guerra a la vez que responsabilizan a las víctimas por el hecho de serlo. En el argumentario de toda esta tropa se repiten las consignas de Putin justificando la invasión y se insta a los ucranianos a rendirse “para que no muera más gente inocente”. La desvergüenza, la cobardía y la hipocresía de toda esta gentuza merece no ser olvidada; cuando esto acabe, los nombres y apellidos de quienes están pervirtiendo la realidad y aliándose con el criminal no deberán ser olvidados, todos ellos deberán permanecer en una lista pública que certifique y nos recuerde su infamia.

Entre los segundos están los que han explicitado su calaña en el Parlamento Europeo. Me refiero a quienes la semana en curso no han respaldado que se acelere la entrada de Ucrania en la UE. En esta tropa están los diputados anticapitalistas, como Miguel Urbán, los de Bildu, como Pernando Barrena y Sira Rego, o los de IU como Manu Pineda. En esta coalición política de apoyo a Putin están los diputados de IU que se han abstenido a la hora de pedir el debilitamiento del complejo industrial y militar ruso y también los diputados de Izquierda Unida, Bildu y Podemos que han votado en contra de ampliar las sanciones a Rusia.

Conozco el discurso de toda esta gentuza, pues los vascos constitucionalistas  lo hemos sufrido en nuestras propias carnes. Todos ellos repiten, casi palabra por palabra, el posicionamiento que los enemigos de la democracia tenían frente a  ETA mientras la banda terrorista  asesinaba sin piedad y expulsaba de Euskadi a decenas de miles de ciudadanos inocentes: que es por la paz, que algo habrá que darles, que hay que ceder, que tienen sus razones, que esto solo se acaba con el diálogo… Los españoles decentes que libraron la batalla contra los nacionalistas asesinos, enemigos jurados y mortales de la democracia, aprendimos la diferencia entre víctimas y verdugos; y también aprendimos que los que se dicen equidistantes son la hez de la sociedad, que los que se dicen buenos son lo peor. Y esa lección no se nos olvidará jamás.

Como digo, se repite la historia y hasta los argumentos utilizados para explicar la masacre y justificar a sus autores. Y también se repiten las personas y las ideologías de quienes, antes como ahora, defienden el mal frente a la justicia y la libertad. Los de “por la paz” y el “no a la guerra” frente a la invasión de Ucrania por Putin son los mismos que llamaban “conflicto vasco” al terrorismo de ETA, los mismos que justifican aún hoy a quienes asesinaron a 857  inocentes en nombre de “la paz”.

Pero, por eso de que todo lo que puede empeorar empeora, los españoles hemos de sufrir además el escarnio y la vergüenza de que todo el mundo se haya enterado  de que quienes se oponen a las sanciones a Rusia, niegan el derecho de Ucrania a tomar libremente sus decisiones, se oponen a acelerar el ingreso de Ucrania en la UE, son los socios de Pedro Sánchez Castejón, presidente a la sazón del Gobierno de España. Los españoles ya lo sabíamos, pero ahora todos nuestros aliados saben que Sánchez eligió como socios de Gobierno a quienes pretenden liquidar el orden constitucional desde dentro de las instituciones, lo que resulta una anomalía en la Europa democrática. Aunque quizá sea bueno a medio plazo que el traidor haya sido desenmascarado.

El Gobierno antisistema que preside Sánchez ha convertido España en un país irrelevante y en un socio poco fiable que no es llamado a consultas salvo cuando la ley obliga a reunir a todos los jefes de gobierno. Y los últimos acontecimientos y la posición renqueante del Presidente- obligado a prestar ayuda militar a Ucrania 36 horas después de negar que lo haría- ha puesto en evidencia ante el mundo la personalidad del tipo  que preside el Gobierno de España. Y, por si eso fuera poco, sus socios lo han explicitado con sus votaciones en el Parlamento Europeo –de eso no hay quien nos salve- y con sus manifestaciones diarias en España, único país de la UE y del mundo occidental que tiene activistas anti OTAN en el Consejo de Ministros.

Así las cosas, conviene que no nos despistemos. La culpa de nuestra irrelevancia como país, de la traición a los valores democráticos más esenciales, de la renuncia a ponernos con claridad en el lado bueno de la historia no la tienen ni los bildu etarras, ni los podemitas, ni los comunistas, ni los golpistas  que forman y/o apoyan al Gobierno de España. El máximo culpable es Pedro Sánchez; él ha nombrado ese Gobierno, él lo preside, él mantiene a todos sus  ministros. Y él mismo se ha retratado y ha quedado en evidencia al tener que rectificar a regañadientes su decisión autónoma de no apoyar a los ucranianos en su lucha por la libertad.  Es Sánchez quien ha colocado al Gobierno de España en el lado malo de la historia. Ojalá no olvidemos nunca que eso tiene consecuencias; y que los amigos de nuestros enemigos son nuestros enemigos.