Opinión

Rufián, sin coartada ante Feijóo

En la comisión de investigación de la DANA no hubo empate ni ruido inútil: hubo un ganador claro. Alberto Núñez Feijóo entró en la sala como quien lleva los deberes hechos y salió como quien ha dejado al adversario frente a su propio espejo, ese que tanto molesta porque no miente. Frente a él, Gabriel Rufián, portavoz profesional de la indignación selectiva, volvió a ejercer ese oficio tan suyo: acusar con furia cuando conviene y callar con disciplina cuando el señalado es de los suyos.

Feijóo no gritó. No necesitó el aspaviento ni el tuit fácil. Se limitó a algo hoy revolucionario en política: comparar, recordar y señalar incoherencias. Recordó cómo ERC fue extraordinariamente laxa con el Gobierno de Sánchez tras la DANA, cómo se evitó exigir responsabilidades reales, cómo se prefirió el silencio cómodo al ruido incómodo. Y lo hizo sin teatralidad, dejando que la contradicción se explicara sola.

Rufián, en cambio, hizo lo que mejor sabe: sobreactuar. Convertir la comisión en un plató, la tragedia en munición y el argumento en insulto. Mucho tono grave, mucha superioridad moral, pero una memoria política que dura lo que un titular. Porque el mismo Rufián que hoy se rasga las vestiduras con el accidente ferroviario de Adamuz y no apunta al ministro Óscar Puente, fue ayer indulgente, casi comprensivo, cuando el Gobierno de Sánchez gestionó desde su ámbito la catástrofe. Entonces no hubo furia. Ni comparecencias incendiarias. Ni exigencias implacables. Entonces tocaba sostener al Gobierno, es decir, su propio asiento. Pero lo que ignora toda ERC es que el PSOE está gobernando tan pésimamente mal el país, que Cataluña es cada vez más pobre.

Pero ahí estuvo Feijóo, preciso como un cirujano: si el rasero cambia según quién gobierne, no es ética; es conveniencia. Y esa frase, sin necesidad de pronunciarla, atravesó la sala. Y todo lo que ocurre en España para mal, es consecuencia de sostener al Gobierno sanchista PNV y ERC, como principales actores, luego está el resto.

El debate se amplía cuando se mira a Cataluña, ese territorio donde el dinero fluye, pero la gestión se evapora. Miles de millones comprometidos, inversiones anunciadas, nuevas financiaciones pactadas por un puñado de votos… y mientras tanto Rodalies sigue siendo un desastre estructural, una metáfora perfecta del independentismo institucional: mucho relato, poca administración. No se gobierna, se gesticula. No se gestiona, se culpa, e Illa, desaparece, por cierto.

Y aquí aparece otra contradicción que Feijóo dejó flotando en el aire como una pregunta incómoda: ¿cómo puede ERC exigir responsabilidades a nadie mientras sostiene un modelo que ha convertido los servicios básicos en símbolos del abandono? Cataluña recibe, pero no funciona. Y cuando no funciona, se vuelve a pedir más, no para arreglar, sino para tapar la rabieta independentista.

En este paisaje político de imposturas, sorprende —y se agradece— que alguien hable sin miedo a caer mal. Feijóo lo hizo. No para salvar a los suyos, sino para poner orden en el relato, para recordar que las tragedias no son banderas y que la coherencia no es negociable según el socio parlamentario del momento.

Rufián salió de la comisión como suele salir cuando le quitan el guion: enfadado, sobreactuado y vacío. Feijóo salió con algo más raro en el Congreso actual: autoridad moral. Y eso, en los tiempos que corren, es casi un acto de rebeldía.