Los biólogos no dan crédito: construyen turbinas para cambiar la energía y lo que pasa deja a todos sin palabras
Los científicos descubren que algunas estructuras han acabado siendo arrecifes artificiales
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Durante años, el fondo marino donde hoy se levantan grandes parques eólicos fue considerado poco más que una superficie estable sobre la que construir. Un espacio útil gracias a su profundidad y solidez, pero carente de interés desde el punto de vista biológico. Nadie esperaba encontrar vida allí ni mucho menos que pudiera prosperar. Sin embargo, algo está cambiando bajo las aguas del Mar del Norte, y lo está haciendo de manera discreta a la par que sorprendente. Lo que comenzó como un proyecto de energía renovable está revelando ahora un efecto inesperado: allí donde se instalan determinadas turbinas eólicas marinas, la vida empieza a abrirse paso. Y no de forma puntual, sino siguiendo patrones claros que los científicos ya están documentando.
Durante décadas, estas zonas alejadas de la costa fueron elegidas precisamente por lo que no tenían. Se trataba de un lecho marino plano, estable y sin grandes variaciones, ideal para anclar estructuras pesadas y resistentes al paso del tiempo. La prioridad era la ingeniería, no el ecosistema. Bajo el agua, el paisaje era monótono. Sin relieves, sin refugios y sin superficies a las que pudieran adherirse algas, moluscos o pequeños organismos. Los nutrientes pasaban de largo arrastrados por las corrientes y el entorno permanecía prácticamente estéril. No porque hubiera sido dañado, sino porque nunca se diseñó pensando en la vida. Durante años, esa ausencia se aceptó como algo normal. El fondo marino era visto como una base inerte, no como un espacio que pudiera transformarse. Sin embargo la situación ha cambiado, y el hallazgo que ha surgido sorprende a toda la comunidad científica.
Los biólogos no dan crédito: construyen turbinas para cambiar la energía
Todo empezó a modificarse con la llegada de nuevas estructuras asociadas a los parques eólicos marinos. Grandes piezas sólidas, colocadas alrededor de los cimientos de las turbinas, diseñadas inicialmente para protegerlas de la erosión y de la fuerza del mar. A simple vista, no parecían especiales. Pero su diseño incluía algo diferente: superficies rugosas, huecos, cavidades y espacios interiores que alteraban el movimiento del agua. Donde antes las corrientes barrían todo a su paso, comenzaron a formarse pequeñas zonas de calma. Y ese detalle marcó la diferencia.
La respuesta de la naturaleza no se hace esperar
Cuando el agua se ralentiza y aparecen superficies donde fijarse, los primeros organismos llegan rápido. Algas microscópicas, pequeños invertebrados y moluscos comienzan a asentarse. Poco después, otras especies encuentran en esas estructuras un lugar donde refugiarse. De este modo, los peces empezaron a utilizarlas como escondite. Los sedimentos se estabilizaron. La calidad del agua mejoró de forma progresiva. Y lo que durante años fue un espacio vacío comenzó a llenarse de movimiento. Pero este proceso no ha pasado de un día para otro. Es lento, casi imperceptible, aunque constante. Y precisamente por eso ha llamado la atención de los biólogos.
Qué hay realmente bajo estas turbinas
Estas estructuras se encuentran bajo las turbinas eólicas marinas del proyecto OranjeWind, en el Mar del Norte neerlandés, desarrollado por RWE y TotalEnergies. Se trata de los llamados Reef Cubes, bloques diseñados para rodear los cimientos de las turbinas.
Su función original era puramente técnica, pero su impacto va mucho más allá. Al actuar como arrecifes artificiales, están transformando el entorno inmediato en un hábitat marino funcional, algo que no estaba previsto en los diseños tradicionales. Los científicos están monitorizando estos espacios mediante cámaras submarinas, sensores y observaciones periódicas. Los datos muestran un aumento progresivo del número de especies y una mayor complejidad en las interacciones entre ellas.
Una lección inesperada para la energía renovable
Los resultados están obligando a replantear una idea muy extendida: que la infraestructura humana y la naturaleza deben mantenerse separadas. En este caso, la experiencia demuestra que, con un diseño adecuado, ambas pueden coexistir e incluso beneficiarse mutuamente. Sobre la superficie, las turbinas cumplen su cometido y generan electricidad limpia. Bajo el agua, están favoreciendo la recuperación de especies marinas y creando entornos vivos similares a arrecifes naturales. No se trata de un efecto inmediato ni espectacular, pero sí sostenido en el tiempo. Y eso es precisamente lo que más valoran los biólogos.
Cuando la energía limpia empieza a devolver vida
En el Mar del Norte, estos parques eólicos empiezan a mirarse con otros ojos. Hasta ahora se hablaba de ellos casi exclusivamente por su papel en la producción de energía y en la reducción de emisiones, pero lo que está pasando bajo el agua introduce un matiz nuevo. Las turbinas no sólo generan electricidad: están modificando el entorno inmediato en el que se apoyan.
Lo que ocurre alrededor de sus cimientos no es algo visible ni inmediato. No se aprecia desde tierra ni se traduce en grandes cifras de un año para otro. Sin embargo, los biólogos que siguen de cerca estos puntos coinciden en lo mismo: donde antes apenas había vida, ahora empiezan a aparecer refugios, especies y relaciones que no existían. Y eso obliga a replantear cómo se diseñan las infraestructuras energéticas en el mar.
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