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Un agricultor de Burkina Faso venció al desierto con una técnica de cultivo tradicional: hoy tiene 60 especies distintas

El agricultor de Burkina Faso Yacouba Sawadogo logró frenar el avance del desierto en el Sahel gracias al zaï, una técnica de cultivo tradicional que hoy le permite mantener 60 especies distintas en una zona marcada por la sequía.  Su experiencia demostró que la agricultura podía sobrevivir donde muchos la daban por perdida.

Las sequías prolongadas, la deforestación y la pobreza extrema convirtieron antiguas sabanas en suelos endurecidos, incapaces de retener agua. En ese escenario, mientras la llamada revolución verde fracasaba en la región, un campesino decidió recuperar un saber ancestral.

Cómo el zaï permitió a Yacouba Sawadogo frenar la desertificación en el Sahel

El protagonista de esta historia es Yacouba Sawadogo, cuya labor fue difundida en 2010 a través de un documental del cineasta británico Mark Dodd, producido para la BBC. Su trabajo se desarrolla en Burkina Faso, dentro del Sahel, la extensa franja que se extiende entre el Atlántico y el mar Rojo y que actúa como transición entre el Sáhara y las zonas tropicales.

En 1980, sin estudios ni respaldo institucional, Sawadogo comenzó a aplicar el zaï, un sistema agrícola tradicional prácticamente abandonado. La técnica consiste en cavar pequeños pozos en la tierra seca, rellenarlos con estiércol y semillas, y prepararlos antes de la temporada de lluvias.

El procedimiento, aunque sencillo y económico, exige un enorme esfuerzo manual. Es incompatible con la agricultura mecanizada que impulsaban organismos internacionales como el Banco Mundial. Sin embargo, su lógica está perfectamente adaptada a las condiciones locales:

El estiércol cumple además una función clave: atrae termitas. Estos insectos descomponen la materia orgánica, liberan nutrientes y crean galerías subterráneas que facilitan la infiltración del agua. Así, el suelo endurecido recupera progresivamente su estructura y fertilidad.

De la burla inicial al reconocimiento internacional

Los comienzos no fueron fáciles. Mientras trabajaba la tierra en plena estación seca, muchos vecinos lo consideraban un excéntrico. Sin embargo, cuando las lluvias regresaban, sus campos eran de los pocos que producían mijo en una región devastada por la escasez.

Con el tiempo, otros campesinos comenzaron a interesarse por el método. La técnica no se mantuvo estática: fue perfeccionándose gracias al intercambio de experiencias y semillas entre agricultores de distintas zonas. Se generaron redes de colaboración para compartir recursos escasos y seleccionar variedades más resistentes.

Los resultados terminaron llamando la atención de expertos internacionales. Organismos como la FAO y el Banco Africano de Desarrollo reconocieron la eficacia del sistema. Según técnicos agrícolas nacionales, el método permite duplicar e incluso triplicar las cosechas.

Pero el zaï no se limita a una técnica productiva. Incluye una visión de equilibrio con el entorno: producir únicamente lo que la tierra puede sostener y evitar la sobreexplotación. Inspirado por esta filosofía, el movimiento asociado a Sawadogo ha plantado millones de árboles en áreas previamente deforestadas, contribuyendo a fijar humedad y restaurar la capa vegetal.

Hoy, su experiencia no solo ha permitido recuperar cientos de hectáreas y mantener decenas de especies agrícolas, sino que también ha fortalecido la autoestima de comunidades que durante décadas parecían condenadas a la emigración o al conflicto.